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> <channel><title>Arte Libertino</title> <atom:link href="http://www.artelibertino.com/magazine/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" /><link>http://www.artelibertino.com/magazine</link> <description>Magazine</description> <lastBuildDate>Wed, 25 Apr 2012 23:45:58 +0000</lastBuildDate> <language>en</language> <sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod> <sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency> <generator>http://wordpress.org/?v=3.2.1</generator> <item><title>ESCRITORES E INTERNET &#8211; Elena Casero</title><link>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/04/escritores-e-internet-elena-casero/</link> <comments>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/04/escritores-e-internet-elena-casero/#comments</comments> <pubDate>Wed, 25 Apr 2012 23:45:13 +0000</pubDate> <dc:creator>Arte Libertino</dc:creator> <category><![CDATA[Elena Casero]]></category> <category><![CDATA[Opinion]]></category> <guid
isPermaLink="false">http://www.artelibertino.com/magazine/?p=3163</guid> <description><![CDATA[Muchas veces no somos conscientes del transcurso del tiempo hasta que te detienes y miras hacia atrás. Al  entrar a [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p
style="text-align: justify;"><strong><br
/> </strong></p><p
style="text-align: justify;"><a
href="http://www.artelibertino.com/magazine/?attachment_id=2109" rel="attachment wp-att-2109"><img
class="aligncenter size-large wp-image-2109" title="341" src="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/341-494x196.jpg" alt="" width="494" height="196" /></a></p><p
style="text-align: justify;"><a
href="http://www.artelibertino.com/magazine/2012/04/escritores-e-internet-elena-casero/dscn1881/" rel="attachment wp-att-3164"><img
class="aligncenter size-large wp-image-3164" title="DSCN1881" src="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/DSCN1881-247x494.jpg" alt="" width="247" height="494" /></a></p><p
style="text-align: justify;">Muchas veces no somos conscientes del transcurso del tiempo hasta que te detienes y miras hacia atrás.</p><p
style="text-align: justify;">Al  entrar a formar parte de esta magnífica revista recordé mis comienzos en la escritura. No hace tantos años y, sin embargo, han cambiado tanto las cosas. En especial todo lo que rodea a la liturgia de la escritura que parece de vértigo.</p><p
style="text-align: justify;">Comencé escribiendo a mano, con lápiz (costumbre que sigo manteniendo) en unas libretas que iba guardando, finalmente convertidas en manuscritos. Después utilizaba la máquina de escribir heredada de mi padre para poder enviar los cuentos a los concursos.</p><p
style="text-align: justify;">El descubrimiento de las ventajas del ordenador hizo que cambiara el modo de enfrentarme al papel en blanco. A partir de ese instante me vi frente a una pantalla que parecía observarme mientras parpadeaba. Debo reconocer que para mí fue algo más frío.  Entonces decidí seguir escribiendo sobre papel para resolver el comienzo de cada relato y usar el ordenador cuando tuviera el esquema más claro. Tal como sigo haciendo en la actualidad. Siempre hay frases que veo con mayor claridad si las escribo a mano.</p><p
style="text-align: justify;">Ahora pienso qué sería de muchos de nosotros, escritores desconocidos o conocidos entre unos pocos amigos, sin la rapidez de Internet. No solo ha cambiado el modo de escritura, también el de comunicación. Los relatos fluyen de un ordenador a otro, de unas personas a otras, de unos países a otros. Eso es una gran ventaja.</p><p
style="text-align: justify;">De esta manera se nos permite encontrarnos y coincidir con escritores de diversos países, entablar amistades que, de otra manera, sería impensable. O con escritores de tu propia ciudad a los que, a partir de un blog, o un libro, puedes ponerles rostro propio.</p><p
style="text-align: justify;">Gracias a publicaciones como ARTE LIBERTINO, nuestros escritos llegan a todas partes del mundo, lo que es muy de agradecer.</p><p
style="text-align: justify;">Muchas veces el imparable progreso tiene grandes ventajas.</p><p
style="text-align: center;">******</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/04/escritores-e-internet-elena-casero/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Del ruiseñor al ocaso &#8211; Patricia Nasello</title><link>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/04/del-ruisenor-al-ocaso-patricia-nasello/</link> <comments>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/04/del-ruisenor-al-ocaso-patricia-nasello/#comments</comments> <pubDate>Wed, 25 Apr 2012 23:38:37 +0000</pubDate> <dc:creator>Arte Libertino</dc:creator> <category><![CDATA[Opinion]]></category> <category><![CDATA[Patricia Nasello]]></category> <guid
isPermaLink="false">http://www.artelibertino.com/magazine/?p=3157</guid> <description><![CDATA[  “En voz baja, la arcilla dijo al alfarero que la amasaba: No olvides que fui como tú. No me [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p><strong><br
/> </strong></p><p
style="text-align: justify;"> <a
href="http://www.artelibertino.com/magazine/2011/07/opinion-patricia-nasello/patricia-nasello-copia/" rel="attachment wp-att-2768"><img
class="aligncenter size-large wp-image-2768" title="Patricia Nasello copia" src="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/Patricia-Nasello-copia-494x224.jpg" alt="" width="494" height="224" /></a></p><p
style="text-align: justify;"><em>“En voz baja, la arcilla dijo al alfarero que la amasaba: No olvides que fui como tú. No me maltrates”</em> CuartetaXLV, Rubayat, Omar Khayyam</p><p
style="text-align: justify;">Umar ben Ibrahim vivió en el siglo V de la Héjira, XI para los cristianos. Umar hijo del Fabricante de Tiendas es conocido y admirado en occidente como Omar Khayyam, científico y poeta.</p><p
style="text-align: justify;">Vivió en la ciudad de Nishapur —Irán—, donde nació; en Balj —Afganistán—, donde recibió de sus maestros la instrucción que serviría de base para escribir los tratados científicos con los que luego descollaría; en Marv —Turkmenistán—, única ciudad que llegaría a ser más populosa que Constantinopla donde dirigió la construcción de un observatorio astronómico, del que estuvo a cago durante años, por orden de su sultán Malik Shah I; y en la fabulosa, mítica y a la vez real Samarcanda —Uzbequistán— hoy declarada Patrimonio de la Humanidad, donde impartiría clases tanto de medicina como de filosofía, tanto de álgebra, geometría y astronomía, como de música e historia.</p><p
style="text-align: justify;">Se lo cree amigo en su juventud de Hassán ben Sabbán, luego fundador de la secta de los Hashishin —de allí nuestro vocablo asesinos—, los Consumidores de Hachís, acérrimos enemigos de los cruzados. Se lo sabe experto en las enseñanzas tanto de Plotino —Platón—, como de Pitágoras, de quien se supone además de asimilar sus conocimientos científicos habría adoptado su mística.  Como astrónomo desarrolló un calendario cuya exactitud sobrepasa al gregoriano y son invaluables sus aportes en el área de las matemáticas, campo donde algunos de sus conceptos deberían esperar 800 años para ser demostrados en occidente.</p><p
style="text-align: justify;">Luego de realizar la peregrinación a la Meca y ya fallecido su padre, su lúcida inteligencia desbordó hacia la poesía. Compuso numerosas obras entre las cuales destacó sus Rubaiyat —cuartetas—. El manuscrito más generoso le atribuye quinientas —el primer, segundo, y cuarto verso rimaban entre sí—, número escaso para que en la Persia de entonces se lo considerara poeta. Esta obra es disfrutada en forma masiva por los lectores occidentales a partir del siglo XIX, cuando el inglés Edward Fitzgerald las traduce y “organiza” de modo que al “principio estén las imágenes de la mañana, de la rosa y el ruiseñor, y al fin, las de la noche y la sepultura”.*</p><p
style="text-align: justify;">En sus Rubaiyat descubriremos su particular sentido religioso: Cuarteta XIV “En los monasterios, sinagogas y mezquitas se refugian los débiles temerosos del Infierno. Pero el hombre que ha experimentado el poder de Dios, no cultiva en su corazón las malas semillas del miedo y la súplica”. Su grito desesperado invitándonos a aprovechar el instante que es la vida: Cuarteta XXXV “Cuando tuve sueño, la Sabiduría me dijo: Las rosas de la Felicidad nunca han perfumado el sueño de nadie. En vez de abandonarte a este hermano de la Muerte, ¡bebe vino! ¡Tienes la eternidad para dormir!” Es de destacar el uso de mayúsculas para las palabras sabiduría, felicidad y muerte, mayúscula escatimada a la eternidad. Descubriremos así mismo los pozos de su fe o la falta de ella como muchos afirman: Cuarteta CLXIV “¡Infeliz: nunca sabrás nada! jamás resolverás ni uno solo de los misterios que nos rodean. Desde que las religiones te prometen el Paraíso, intenta crearte uno en esta tierra, porque el otro quizá no exista” Su pesimismo pero también su lucha y rebeldía: Cuarteta CLVII “Mira alrededor de ti. No verás más que aflicciones, desesperación y angustia. Tus mejores amigos han muerto. La tristeza es tu sola compañera. Pero ¡alza la frente! Y abre las manos para tomar lo que deseas y seas capaz de lograr. ¡Sepulta el cadáver de tu pasado!”. Su sentido de la felicidad y la belleza: Cuarteta LXXXIII “¿En qué meditas, amigo? ¿En tus antepasados? Polvo en el polvo. ¿En tu gloria? Déjame sonreír. Toma este cántaro y bebamos escuchando sin temor el gran silencio del Cosmos”.</p><p
style="text-align: justify;">En honor a sus méritos como astrónomo durante el siglo XX se nombró Omar Khayyam a un asteroide, de modo que ahora el poeta persa tiene una casa semejante a la del Principito. Canta su alegría el ruiseñor. Del mismo modo se bautizó con su nombre a un cráter lunar. Un cráter, un vacío de luna. El ocaso. Nada.</p><p>*El enigma de Edward Fitzgerald, Otras inquisiciones, Jorge Luis Borges, Edición especial para la Nación, Emecé Editores S.A. Pg 97</p><p>Rubaiyat, Omar Khayyam, Edicomunicación S.A., 1994, colección Fontana, traducción Pedro Ramírez Cueto</p><p>&nbsp;</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/04/del-ruisenor-al-ocaso-patricia-nasello/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Sherezade &#8211; Por: Patricia Nasello</title><link>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/03/sherezade/</link> <comments>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/03/sherezade/#comments</comments> <pubDate>Fri, 23 Mar 2012 14:06:27 +0000</pubDate> <dc:creator>Arte Libertino</dc:creator> <category><![CDATA[Opinion]]></category> <category><![CDATA[Patricia Nasello]]></category> <guid
isPermaLink="false">http://www.artelibertino.com/magazine/?p=3146</guid> <description><![CDATA[Corre el sofocante último verano en esta Córdoba del cono sur que habito, cuando la escritora española Elena Casero me [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p
style="text-align: justify;"><a
href="http://www.artelibertino.com/magazine/2011/07/opinion-patricia-nasello/patricia-nasello-copia/" rel="attachment wp-att-2768"><img
class="aligncenter size-large wp-image-2768" title="Patricia Nasello copia" src="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/Patricia-Nasello-copia-494x224.jpg" alt="" width="494" height="224" /></a></p><p
style="text-align: justify;">Corre el sofocante último verano en esta Córdoba del cono sur que habito, cuando la escritora española Elena Casero me hace un regalo. Aquél mágico, especular, que es el más preciado para mí: un libro. Elena Casero me obsequia su libro de cuentos “Discordancias”, editado por Talentura.</p><p
style="text-align: justify;">Discordancias, que debió atravesar el Atlántico para llegar a mis manos, es el Atlántico. Tempestuoso por su contenido, bello por su prosa limpia. Puesto que me confirma en mi vocación lectora,  lo juzgo imprescindible.</p><p
style="text-align: justify;">Como una Sherezade del siglo XXI, Elena Casero escribió un libro de cuentos que es todos los libros de cuentos, donde los personajes somos nosotros. Los que fuimos, los que vamos a ser, los que podríamos o quisiéramos haber sido. Logra que el lector se sienta inconmensurable como el Atlántico; se adivine impar, peligroso, rechazado como un monstruo marino, se reconozca  predecible como sus corrientes y, sin embargo, también una maravilla imprevisible y evanescente como los reflejos de la espuma de su oleaje.</p><p
style="text-align: justify;">Discordancias está compuesto por diecinueve cuentos, diecinueve ficciones cuya función es interpelar. Aquí está el arte de narrar, en la cuidada construcción de estos diecinueve laberintos levantados para perdernos hasta dar con nuestras debilidades: “…será mejor dejar salir un porqué detrás de otro antes de que me arrastren en su corriente y me ahogue en mi propia angustia”. Laberintos que se yerguen, incluso, para hacer blanco en el afuera, en el paisaje que aún compartido cada cual ve a su modo. “Un bar donde la gente va a ahogarse en alcohol y vomitar el dolor en una esquina. Así noche tras noche, día tras día hasta que en uno de los vómitos el corazón es arrastrado por la bilis”.</p><p
style="text-align: justify;">Desde luego y como el espejo de vida que es y del que hablábamos al comenzar esta breve reseña, en Discordancias hay lugar para la ironía fina y el humor, quizá amargo, pero humor al fin: “¡Cuán imbéciles somos los hombres al creer que, con al edad, ya tenemos derecho a titularnos como especialistas!”</p><p
style="text-align: justify;">Diecinueve argumentos que, tanto en clave realista como fantástica, son el argumento del discurrir humano.</p><p
style="text-align: justify;">Propongo un juego, con los ojos cerrados imaginemos un cielo nocturno, un claro en un bosque y un fuego. Imaginémonos junto a otros, en cuclillas, dispuestos en rueda alrededor del fuego. Una sencilla piel curtida cubre nuestra desnudez. La piel nos protege del frío, el fuego de la oscuridad y algunos amuletos tallados en cobre, hueso o marfil, de los demonios hostiles. La voz del anciano narrador de historias es, sin embargo, la mejor protección. Esa voz, la única   que  perfora la noche, nos resguarda de nosotros mismos.</p><p
style="text-align: justify;">Abro los ojos. “Cada vez que la veo sentada en el borde del sofá, con las manos cruzadas sobre el regazo en actitud de que el mundo la consuele…” La primera frase del primer cuento de Discordancias alza vuelo.</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/03/sherezade/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Espejos &#8211; Patricia Nasello</title><link>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/02/espejos/</link> <comments>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/02/espejos/#comments</comments> <pubDate>Thu, 16 Feb 2012 17:19:21 +0000</pubDate> <dc:creator>Arte Libertino</dc:creator> <category><![CDATA[Opinion]]></category> <category><![CDATA[Patricia Nasello]]></category> <guid
isPermaLink="false">http://www.artelibertino.com/magazine/?p=3137</guid> <description><![CDATA[ – Patricia Nasello Sin advertirlo, fui creando en mi vida un espacio para llaves sin dueño, para llaves que no [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p
style="text-align: right;"><span
style="color: #888888;"><strong><a
href="http://www.artelibertino.com/magazine/2011/07/opinion-patricia-nasello/patricia-nasello-copia/" rel="attachment wp-att-2768"><img
class="aligncenter size-large wp-image-2768" title="Patricia Nasello copia" src="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/Patricia-Nasello-copia-494x224.jpg" alt="" width="494" height="224" /></a></strong></span></p><p
style="text-align: right;"><span
style="color: #888888;"><strong> – Patricia Nasello</strong></span></p><p
style="text-align: justify;">Sin advertirlo, fui creando en mi vida un espacio para llaves sin dueño, para llaves que no abren ninguna puerta o, en todo caso, sólo abren las de la memoria. Una de ellas por ejemplo, abre, abriría, mi casa. La casa donde viví desde los 3 años hasta los 17. Donde aprendí a leer, donde me visitaba mi novio, donde fui a pasar un verano con mi esposo y mi hijita recién nacida. Mi hijo menor no la conoció, ya se había vendido.</p><p
style="text-align: justify;">La casa donde aprendí a amar todo lo que aún amo y a ser generosa y paciente con esos amores, al principio, sólo  nos tenía a nosotros: papá, mamá y yo. Era la única en nuestra manzana. Alrededor, el monte, y un poco más allá, las sierras que mirábamos desde las ventanas. En verano, verdes, azules en invierno.</p><p
style="text-align: justify;">Para impedir que entraran los burros papá plantó tras la cerca, baja, de ladrillos, un arbusto de madera muy dura, espinoso, que producía unos frutos minúsculos de un color rojo encendido, venenosos. Llamábamos gratevus a tal arbusto. Hace pocos años supe a través de un artículo publicado por la escritora Cristina Bajo, que su nombre botánico es Crateaus, nombre latino de Kratevas, médico, asesino y escritor que vivió en el siglo I a de C. Kratevas experimentaba con venenos que usaba en esclavos o enemigos de su rey, Mitrídates del Ponto. Luego describía los horrorosos padecimientos de sus víctimas con una prosa elegante y poética. Leerlo, contemplar esta aventura maravillosa que es el hombre desde su costado más oscuro y siniestro, es sumirme en la más profunda desesperanza. Y también respetar, y temer, y apiadarme, de esa desconocida que me mira desorbitada desde el espejo. </p><p
style="text-align: justify;">Tras la cerca, en la vereda, ganaban altura tres olmos. La calle, entonces de tierra apisonada,  lleva por nombre Monteagudo. Bernardo de Monteagudo,  otro escritor. Revolucionario, periodista, político feroz y militar independentista argentino del siglo XIX. Autor del primer ensayo para lograr una Federación de los Estados Hispanoamericanos.  Murió a los 35 años, asesinado en Perú por quienes odiaban tanto la radicalización de sus ideas como su denodada pasión para llevarlas a término. Si toda vida es una odisea, una lucha esforzada por llegar donde sentimos, sabemos, nos corresponde; Monteagudo, viajero incansable a través de esta América Latina que soñaba unida sin importar el costo, su controversial figura, es un ejemplo paradigmático de ello. Este mártir con mácula, serena mi reflejo y me reconcilia con él: demuestra que la oscuridad está pero no es irreductible.</p><p
style="text-align: justify;">Así como las sierras, de un color y de otro. Así como una casa solitaria pasa a ser otra más en la ciudad recién estrenada. Así como el departamento donde escribo estas líneas soñando volver a un hogar que ya no existe. Así  como esta llave cuya inutilidad no le impide tener un peso determinado sobre mi palma y entibiarse al contacto de mi piel. Así como se aprende, aprehende, que el amor y el recuerdo del amor son el mismo sentimiento. Así como el monte, cualquiera puede advertirlo en las grietas del asfalto, espera paciente el retorno de su tiempo. Así, ves, de esta materia ambivalente, contradictoria, cambiante y, sin embargo, circular, ha sido hecha la vida y su reflejo.</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/02/espejos/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Credo</title><link>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/01/credo/</link> <comments>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/01/credo/#comments</comments> <pubDate>Thu, 19 Jan 2012 14:50:11 +0000</pubDate> <dc:creator>Arte Libertino</dc:creator> <category><![CDATA[Opinion]]></category> <category><![CDATA[Patricia Nasello]]></category> <guid
isPermaLink="false">http://www.artelibertino.com/magazine/?p=3123</guid> <description><![CDATA[Me asomo a la a la ventana infinita que es la red y veo, en distintos sitios y momentos, cuatro imágenes. [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p
style="text-align: justify;"><a
href="http://www.artelibertino.com/magazine/2011/07/opinion-patricia-nasello/patricia-nasello-copia/" rel="attachment wp-att-2768"><img
class="aligncenter size-large wp-image-2768" title="Patricia Nasello copia" src="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/Patricia-Nasello-copia-494x224.jpg" alt="" width="494" height="224" /></a></p><p
style="text-align: justify;">Me asomo a la a la ventana infinita que es la red y veo, en distintos sitios y momentos, cuatro imágenes.</p><p
style="text-align: justify;">—Una hamaca vacía y su sombra, foto en blanco y negro.</p><p
style="text-align: justify;">—Una niña que se columpia sobre cierta ciudad, la cual se adivina imponente a sus pies. La hamaca cuelga de un cielo límpido, profundamente azul. Ella se ve de espaldas, remera rosa.</p><p
style="text-align: justify;">-—En un bosque denso, oscuro, tétrico, una joven, sentada sobre una hamaca quieta, aferra sus manos a sendas cadenas que se sostienen de una rama. Viste túnica blanca. El dibujante la ha retratado de frente, descalza, con la cabeza gacha y el cabello sobre el rostro.</p><p
style="text-align: justify;">—Una mujer duerme acurrucada sobre una hamaca. A sus espaldas se observa un enorme reloj antiguo cuyas horas se señalan con números romanos. Sueño diferentes realidades, posibles e imposibles. Espero que el destino venga a mi encuentro. Me dejo estar. Que trabajen otros. Anestesio el dolor hasta que los recuerdos se amansen. Mientras aguardo que Zeus decida preñarme de un héroe, tomo una siesta. No logro quitar esta pesadilla, me adormece, me cubre como una manta.</p><p
style="text-align: justify;">El hocico húmedo, afilado, maloliente de la noche; no me amenaza, no me asusta, no tengo nada que perder. El agujero negro de la culpa ordena guarde silencio. Reunión de alimañas, han olfateado a mi fantasma. Podría levantar cabeza, si quisiera.</p><p
style="text-align: justify;">Con la frente en alto bebo el mundo de un trago. El universo, amable y bello, gira en torno de mí. Disfruto. No camino, me deslizo. Tengo quien me cubre las espaldas. Soy la Cenicienta de última hora, la que se calza el zapato que gentilmente ofrece el paje. Liviana como una pluma, sólo mi corona de reina hará peso.</p><p
style="text-align: justify;">Estuve aquí, desconozco por qué no salgo en la foto. Estuve aquí hace mucho tiempo, no recuerdo haber sido feliz. Estuve aquí, esperándote. Estuve aquí aunque no me creas. Estuve aquí una mañana hermosa, el globo naranja del sol se levantaba tras la sierra.</p><p
style="text-align: justify;">Estuve aquí con mi hija, su mano pequeña en la mía. Estuve con mi hijo, cantábamos un tema de La Renga. Estuve aquí con vos.</p><p
style="text-align: justify;">Estuve aquí hace mucho tiempo, desde entonces no soy feliz. Estuve aquí, la sombra asiente. Mi sombra. Mi sombra sola. Ausencia.<br
/> Creo que el arte me representa. Creo que el arte me representa siempre. Creo en el “ba”, energía personal imperecedera, del que hablaban los antiguos egipcios. El ba de un faraón era su poder, el de un sabio, su espíritu. Creo que el mío es la imaginación.</p><p
style="text-align: justify;">yoyoyoyoyoyoyoyooyoyoy…</p><p>“Me celebro y me canto a mí mismo. / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, / porque lo que yo tengo lo tienes tú / y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también. / … y no terminaré mi canto hasta que muera.” Walt Whitman</p><pre></pre>]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://www.artelibertino.com/magazine/2012/01/credo/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Navidad (Erika Maya)</title><link>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/navidad-erika-maya/</link> <comments>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/navidad-erika-maya/#comments</comments> <pubDate>Mon, 19 Dec 2011 18:58:48 +0000</pubDate> <dc:creator>Arte Libertino</dc:creator> <category><![CDATA[Cuentos de Navidad]]></category> <category><![CDATA[Relatos]]></category> <category><![CDATA[Cuentos]]></category> <category><![CDATA[Erika]]></category> <category><![CDATA[Maya]]></category> <category><![CDATA[Navidad]]></category> <guid
isPermaLink="false">http://www.artelibertino.com/magazine/?p=3029</guid> <description><![CDATA[Desde hacía varios meses no paraba de llover, el cielo estaba oscuro con un eterno manto gris que cubría el [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p
style="text-align: justify;"><a
href="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/navidad.png"><img
class="alignnone size-full wp-image-3110" title="navidad" src="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/navidad.png" alt="" width="480" height="180" /></a></p><p
style="text-align: justify;">Desde hacía varios meses no paraba de llover, el cielo estaba oscuro con un eterno manto gris que cubría el techo de la pobre casita en lo alto del cerro; chorreaba el agua por las descompuestas tejas desembocando en el huerto.</p><p
style="text-align: justify;">Palidecían los sembrados, lerdas florecillas asomaban y se extendían por los alrededores de la casa; surcaban de amarillo y rosa todo a su paso.</p><p
style="text-align: justify;">Al interior la abuela mecía sus noventa; absorta en el silencio de la casa, buscando eternidad en los ojos más allá de la ventana.</p><p
style="text-align: justify;">Vertida en el letargo de las horas que parecían no acabarse nunca igual que la lluvia.</p><p
style="text-align: justify;">Dos niños, con las uñas crecidas arañaban la tierra; su carita quemada por el frío invierno.  Rescataban del huerto las pocas viandas que mamá  convertía en pasteles y bocados para vender en la plaza.</p><p
style="text-align: justify;">Se deslizaban en el barro, trepaban el único árbol justo en frente de su casa.  Desnudo de hojas, abrazado al suelo en posición de fortaleza les permitía creerse gigantes trepando el castillo donde un hada miniatura prometía futuro.</p><p
style="text-align: justify;">En las mañanas de domingo montados en la copa se morían de la risa viendo como se hacia pequeñita su madre en su descenso camino al pueblo.</p><p
style="text-align: justify;"> No iban a la escuela, pero conocían el evangelio; se pasaban las noches reza que reza al lado de su abuela, esperando que en esa noche de diciembre tocaran a su puerta con los regalos mas hermosos del mundo.</p><p
style="text-align: justify;">A ese padre que jamás conocerían.  Un día se interno en el bosque sin regreso; desde entonces alumbra una tenue velita esperando, esperando.</p><p
style="text-align: justify;">Apilonaban maderos para atizar el fogón, desteñidos como si su tiempo no fuera ahora, mas bien una caricatura cuadraplejica de la infancia, paralelos a ese mundo de color que venía en las revistas.</p><p
style="text-align: justify;">A escasez de dulces; imaginaban zarzamoras cual si fueran algodones azucarados o bolitas de chicle, caramelos deshechos en sus boquitas agrietadas y muecas.  Sedientas de verdades, tan llenas de necesidad, con el eco ausente a expensas del tiempo, de nadie; de la nada.</p><p
style="text-align: justify;">Mamá desparramaba su llanto camino a la plaza, empapada su tristeza.  Allá arriba solo era mariposa, más que sonrisas para sus dos “carisucios” como los llamaba.  Sostenía su corazón a punto de esperanzas pero muy en el fondo conocía su condición y sabía que pocas eran las oportunidades de cambio.</p><p
style="text-align: justify;">Le regalaban atados de ropita que más tarde eran convertidos en  fina pieza, delicadamente reconfeccionados a la medida.  Los escondía en la cómoda de la abuela.</p><p
style="text-align: justify;">Llegó entonces la víspera de la navidad, en bolsitas plásticas envolvió la ropita, un caramelo, una muñeca despeinada con los ojos fijos, preñados de pobreza y un carrito con luces tatuadas, piloteando la nave una figurita de madera.</p><p
style="text-align: justify;">En la tarde, el enorme árbol fue abordado de aves.  Palomas blancas, tórtolas infladas dejando su canto, despistadas golondrinas iban y venían y un inmenso pavo real abría su cola en lo alto de la copa.</p><p
style="text-align: justify;">Al caer la noche, dos chiquilines adherían su niñez a las bolsitas plásticas, una viejecilla ascendía a los cielos.  En su sueño eterno se despedía de la vida que poco a poco fue tiñendo en su rostro una sonrisa de descanso.</p><p
style="text-align: justify;">La vela se hizo llama; una mujer dejaba caer su ternura por la ventana y en el árbol seres de alas dormitaban.</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/navidad-erika-maya/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Cuento de Navidad (Julian Silva)</title><link>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/cuento-de-navidad-julian-silva/</link> <comments>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/cuento-de-navidad-julian-silva/#comments</comments> <pubDate>Mon, 19 Dec 2011 18:57:58 +0000</pubDate> <dc:creator>Arte Libertino</dc:creator> <category><![CDATA[Cuentos de Navidad]]></category> <category><![CDATA[Relatos]]></category> <category><![CDATA[Cuentos]]></category> <category><![CDATA[Julian]]></category> <category><![CDATA[Navidad]]></category> <category><![CDATA[Silva]]></category> <guid
isPermaLink="false">http://www.artelibertino.com/magazine/?p=3028</guid> <description><![CDATA[Mi abuelo murió 15 días antes de navidad.  Mamá lloraba día y noche al igual que la abuela.  Mis hermanas [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p
style="text-align: justify;"><a
href="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/CUENTO-DE-NAVIDAD.png"><img
class="alignnone size-full wp-image-3108" title="CUENTO-DE-NAVIDAD" src="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/CUENTO-DE-NAVIDAD.png" alt="" width="480" height="180" /></a></p><p
style="text-align: justify;">Mi abuelo murió 15 días antes de navidad.  Mamá lloraba día y noche al igual que la abuela.  Mis hermanas pedían oraciones en lugar de regalos y mi papá desaparecía para siempre en las turbulentas calles de Buenos Aires.  Las vísperas del 24 de diciembre se sumían en una enfermedad llamada melancolía.  El dolor traspiraba por la boca de toda mi familia.</p><p
style="text-align: justify;">El abuelo Gessen, El caminante, el médico que una vez en su juventud aprendió los secretos de la magia indígena para curar sin la ayuda de bisturíes o escalpelos, fue quien me enseñó rezos secretos, el tarot, invocaciones del más allá y la manera adecuada de hablar con la gente mientras duerme.  También a él le debo mi capacidad para ver las sombras de la gente que desaparece de este mundo, la energía escapando del cuerpo frío y la briza cálida que te sacude el pelo cuando deciden visitarte.  Tal vez fue por ello que no sentí gran tristeza cuando se murió.  De hecho, me encontraba emocionado pensando en los regalos del árbol de navidad.  Era lo único que me pasaba por la cabeza y así se lo decía a mamá.  Pero nade tenía ánimos de celebrar nada.</p><p
style="text-align: justify;">El árbol continuaba desarmado entre cajas y demás basurillas en el garaje.  La lista de regalos continuaba sobre la mesa de noche de mamá.  La abuela no me preguntaba qué deseaba para navidad tampoco.  El tío Manuel se emborrachaba todos los días fuera de la casa y no aparecía sino hasta la madrugada.  A nadie le importaba adornar la casa, las guirnaldas, la nieve falsa.  Sin embargo, yo seguía esperando con ansias la noche de navidad.  Sabía que aunque mi familia estuviera triste, papá Noel dejaría muchos regalos bajo el árbol de navidad, total, le tendría sin cuidado la muerte de uno más de los capullos del mundo.</p><p
style="text-align: justify;">En todo caso, sin importar lo mucho que sufriera mi familia, la noche del 24 llegó.  Todos se acostaron temprano, antes de las 10.  Yo hice lo humanamente posible por mantenerme despierto con tal de descubrirlo a él, a papá Noel, dejando los regalos y tomando el vaso con leche que dejé en el comedor.  Pero de nada fui capaz.  Mi energía infantil desfallecía en las noches y algo tan simple como esperar la media noche superaba todas mis fuerzas.</p><p
style="text-align: justify;">Así fue como pasaron horas y horas hasta que llegó la madrugada.  Afuera llovía y las nubes tapaban las primeras birlas del sol.  Hacía mucho frío, y aunque estuviera cómodo y caliente bajo las cobijas, recordé a papá Noel y salí corriendo a la sala que era donde antes poníamos el árbol.  Había como niebla o algo parecido, bruma o de la forma en que se le llame, y los pájaros de la mañana guardaban silencio así como el gato de la casa.  Nada se movía u oía diferente a mi respiración y la imagen de mi abuelo con su bata de médico haciendo como si acomodara regalos en el rincón.</p><p
style="text-align: justify;">Permanecí en silencio mucho tiempo; mi corazón palpitaba tan fuerte que creí despertaría a todo mundo.  “Así que este es papá Noel” me dije.  No se parecía nada al de la TV y las propagandas.  “¿Y la ropa roja, la barba y los carajos renos?”.  Mi abuelo era delgado y alto como una viga.  Además, tenía el pelo negro y los ojos color miel.  Parecía más un pirata español que un gordo bonachón de Escandinavia.  De todas formas me pregunté qué sería lo que dejaba en el rincón, qué tipo de regalos se suponía eran para mí.</p><p
style="text-align: justify;">“Papá Noel –pregunté-, mi lista de regalos, ¿la recibiste?”.</p><p
style="text-align: justify;">Nada.  Miraba de un lado a otro, sonriendo para sí.</p><p
style="text-align: justify;">“¡Carajo, abuelo!, ¿son esos mis regalos?”.</p><p
style="text-align: justify;">Esta vez miró pero dio media vuelta y salió volando por la ventana del patio hasta desaparecer entre el azul del cielo.  Recuerdo que le grité: “¡Hey, pendejo!, ¿dónde pusiste los regalos?”.  Hice esto varias veces hasta que la abuela apareció de la nada.  Me agarró de una oreja y preguntó a quién le gritaba.</p><p
style="text-align: justify;">“¡A papá Noel!” respondí.</p><p
style="text-align: justify;">“¡Esas cosas no existen! –me dijo rabiosa-, y tampoco el ratón Pérez ni el niño Dios&#8230; son tus papás los de los regalos, métetelo en la cabeza y ¡a ver si maduras de una buena vez!”.</p><p
style="text-align: justify;">No salió de su cuarto después de eso, hasta bien entrado enero.  Tuvieron que alimentarla con una sonda dada su negativa a comer.  En su terrible lapso depresivo repetía una y otra vez que el abuelo se convirtió en papá Noel después de morir, y que si no lo creían, debían preguntarme a mí.  Desde luego, yo les decía que en efecto vi al abuelo volar por los cielos pero no estaba seguro de que fuera papá Noel.  Mi mamá y los demás escuchaban sin prestar verdadera atención y regresaban a sus rezos y a sus iglesias y a las misas que pagaban en nombre del abuelo.</p><p
style="text-align: justify;">No recibí los regalos de esa víspera pero al año siguiente me dieron una bicicleta y fui verdaderamente feliz.  Sabía que se trataba de mi mamá y el propio tío Manuel en medio de sus eternas borracheras quienes acomodaban los regalos bajo el árbol, pero no me importaba nada de eso.  En mi mente lo imaginaba a él, al abuelo Gessen, bajando de una nube con un costal de juguetes en el hombro.  No tenía barba blanca ni ropas rojas, pero era a quien realmente deseaba encontrar.  Debía verse muy gracioso con su pelo color carbón y su tez morena como la de un pirata español, junto a papá Noel, compitiendo ambos por darme los mejores regalos del mundo, trepados ambos en una estrella incandescente a la velocidad del tiempo y gritando “HO, HO, HO” a través de la inmensidad del cielo infinito.</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/cuento-de-navidad-julian-silva/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>La luz y las aristas (Patricia Nasello)</title><link>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/la-luz-y-las-aristas-patricia-nasello/</link> <comments>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/la-luz-y-las-aristas-patricia-nasello/#comments</comments> <pubDate>Mon, 19 Dec 2011 18:55:16 +0000</pubDate> <dc:creator>Arte Libertino</dc:creator> <category><![CDATA[Cuentos de Navidad]]></category> <category><![CDATA[Relatos]]></category> <category><![CDATA[Aristas]]></category> <category><![CDATA[Cuentos]]></category> <category><![CDATA[Luz]]></category> <category><![CDATA[Nasello]]></category> <category><![CDATA[Navidad]]></category> <category><![CDATA[Patricia]]></category> <guid
isPermaLink="false">http://www.artelibertino.com/magazine/?p=3027</guid> <description><![CDATA[Se subió a la silla, bajó el pino de la baulera y lo puso sobre la mesa del comedor. Yo [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p
style="text-align: justify;"><a
href="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/La-luz-y-las-aristas.png"><img
class="alignnone size-full wp-image-3103" title="La-luz-y-las-aristas" src="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/La-luz-y-las-aristas.png" alt="" width="480" height="180" /></a></p><p
style="text-align: justify;">Se subió a la silla, bajó el pino de la baulera y lo puso sobre la mesa del comedor. Yo le dije, es muy chico, va a quedar mejor encima del piano. Pero no me escuchó, lo miraba como un juez. Salió de la casa sin dar explicaciones, regresó con varias bolsas llenas de adornos nuevos para el pino viejo. Y un pesebre de plástico. Por eso la navidad del año pasado olía a juguete —recuerda.</p><p
style="text-align: justify;">A través de la ventana mira ansiosa hacia la calle. Todas las tardes se distrae observando a los turistas que pasan camino al río. Todas las tardes excepto hoy.</p><p
style="text-align: justify;">Vuelve los ojos hacia la habitación y comprueba lo que ya sabe: está sola. Cuenta los meses de soledad marcándolos con los dedos. Siete, desde junio. Junio fue el mes de las ofensas, de los reproches y los gritos.</p><p
style="text-align: justify;">—El dolor no se termina, sólo cambia de forma —dice en voz alta.</p><p
style="text-align: justify;">Este veinticinco de diciembre la encuentra sin pino y sin pesebre. Extraña el Niño Dios de porcelana que mucho tiempo atrás le regalara su abuela, pero decide que ya es tarde para buscarlo.</p><p
style="text-align: justify;">Escucha pasos que se acercan por la vereda, durante unos momentos contiene la respiración, vuelve a creer, pero el caminante no se detiene en su puerta. Comprende que no debe demorarse, esperar imposibles puede ser peligroso. Toma el teléfono y pide un taxi.</p><p
style="text-align: justify;">El auto está esperándola. En el momento que va a tomar un bolso para abandonar la casa, una imagen acude nítida a su memoria, entonces, con gesto torpe, abre un armario. Al fondo del tercer estante, allí está el Niño. Lo besa, le ruega su protección y lo coloca sobre el piano.</p><p
style="text-align: justify;">El taxista la ayuda a subir al coche.</p><p
style="text-align: justify;">—¿Hacia dónde? —la voz del hombre, sin urgencias.</p><p
style="text-align: justify;">Los rasgos de ella están contraídos y sus manos húmedas se cierran con fuerza contra el pequeño equipaje, sin embargo la mirada está limpia, llena de luz.</p><p
style="text-align: justify;">—Al hospital, ya nace mi hijo.</p><p><a
href="http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/la-luz-y-las-aristas-patricia-nasello/olympus-digital-camera-4/" rel="attachment wp-att-3034"><img
class="aligncenter size-large wp-image-3034" title="OLYMPUS DIGITAL CAMERA" src="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/P-Klee-La-luz-y-las-aristas-4-494x361.jpg" alt="" width="494" height="361" /></a></p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p
align="right"><span
style="color: #888888;">“La luz y las aristas”</span></p><p
align="right"><span
style="color: #888888;">Paul Klee</span></p><p
align="right"><span
style="color: #888888;">(pintura de acuarela sobre papel montada en cartón)</span></p><p
align="right"><span
style="color: #888888;">1935</span></p><p
align="right"><span
style="color: #888888;">Fundación Klee, Kunstmuseum, Berna.  </span></p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/la-luz-y-las-aristas-patricia-nasello/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Ángeles y Estrellas (Bee Borjas)</title><link>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/angeles-y-estrellas-bee-borjas/</link> <comments>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/angeles-y-estrellas-bee-borjas/#comments</comments> <pubDate>Mon, 19 Dec 2011 18:54:17 +0000</pubDate> <dc:creator>Arte Libertino</dc:creator> <category><![CDATA[Cuentos de Navidad]]></category> <category><![CDATA[Relatos]]></category> <category><![CDATA[Angeles]]></category> <category><![CDATA[Arte]]></category> <category><![CDATA[Bee]]></category> <category><![CDATA[Borjas]]></category> <category><![CDATA[Cuentos]]></category> <category><![CDATA[Estrellas]]></category> <category><![CDATA[Navidad]]></category> <guid
isPermaLink="false">http://www.artelibertino.com/magazine/?p=3026</guid> <description><![CDATA[De pronto, el oscuro cielo se había iluminado por completo. Los sonidos de la noche claudicaron y un silencio respetuoso se [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p><a
href="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/ANGELES-Y-ESTRELLAS.png"><img
class="alignnone size-full wp-image-3101" title="ANGELES-Y-ESTRELLAS" src="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/ANGELES-Y-ESTRELLAS.png" alt="" width="480" height="180" /></a></p><p>De pronto, el oscuro cielo se había iluminado por completo. Los sonidos de la noche claudicaron y un silencio respetuoso se apoderó del lugar. Tendidos bajo la luz de la luna, sonrieron asombrados ante la belleza de aquel espectáculo.</p><p>-¿Qué son abuelo? –preguntó Milagros con ansiedad.</p><p>El anciano miró a su nieta con entrañable ternura y sin vacilar, aseguró:</p><p>-Son ángeles guardianes que bajan a la tierra para cuidar al Niño Jesús.</p><p>Un resplandor de ilusión brilló en los oscuros ojos de la niña, quien con voz tenue susurró:</p><p>-Ángeles de la Guarda…</p><p>&nbsp;</p><p>A pocos kilómetros de allí, el comunicado del Centro Nacional de Astronomía, emitió un informe especial.</p><p><em>&#8220;Las Gemínidas, partículas de un cometa que se disuelven al ingresar en la atmósfera, </em><em>atravesaron el espacio terrestre a las 12.00 de la noche.&#8221;</em></p><p>&nbsp;</p><p>El vocero de turno, acostumbrado a la observación de aquella clase de episodios, suspiró habituado:</p><p>-Estrellas fugaces…</p><p>&nbsp;</p><p
style="text-align: right;"><span
style="color: #808080;">Más allá de las creencias personales y sin distinción de razas y religiones, </span></p><p
style="text-align: right;"><span
style="color: #808080;">les deseo de corazón  a todos los lectores y a la gran familia de Arte Libertino, </span></p><p
style="text-align: right;"><span
style="color: #808080;">todo el bienestar y la </span><span
class="Apple-style-span" style="color: #808080;">felicidad del mundo.</span></p><p
style="text-align: right;"><span
style="color: #808080;">Con cariño,</span></p><p
style="text-align: right;"><span
style="color: #808080;">Bee Borjas.-</span></p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/angeles-y-estrellas-bee-borjas/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> <item><title>Mos maiorum (Carlos Miguel García Jané)</title><link>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/mos-maiorum-carlos-miguel-garcia-jane/</link> <comments>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/mos-maiorum-carlos-miguel-garcia-jane/#comments</comments> <pubDate>Mon, 19 Dec 2011 18:50:59 +0000</pubDate> <dc:creator>Arte Libertino</dc:creator> <category><![CDATA[Cuentos de Navidad]]></category> <category><![CDATA[Relatos]]></category> <category><![CDATA[Carlos]]></category> <category><![CDATA[Cuentos]]></category> <category><![CDATA[Garcia]]></category> <category><![CDATA[Jane]]></category> <category><![CDATA[Miguel]]></category> <category><![CDATA[Navidad]]></category> <guid
isPermaLink="false">http://www.artelibertino.com/magazine/?p=3025</guid> <description><![CDATA[Toda vida bien vivida exige una muerte digna. Una buena historia acaba en cambio con una muerte infame. La muerte [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p
style="text-align: justify;"><a
href="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/Mos-maiorum.png"><img
class="alignnone size-full wp-image-3095" title="Mos-maiorum" src="http://www.artelibertino.com/magazine/wp-content/uploads/Mos-maiorum.png" alt="" width="480" height="180" /></a></p><p
style="text-align: justify;">Toda vida bien vivida exige una muerte digna. Una buena historia acaba en cambio con una muerte infame. La muerte de María M. llegó pasadas las navidades y el año nuevo, un largo enero y un aún más immutable febrero hasta que el último frío se convirtió en sol al mediodía y una risa amable de niño esperando en el andén del tren a la costa y al barrio del puerto. Entonces María M. se dio cuenta de que tras febrero llega marzo y hambre y tras abril llega viento y mierda y tras mayo llega sed y peste y tras junio calor y pena y tras julio soledad y pereza y tras agosto dolor y tristeza y así hasta llegar de nuevo a navidad y año nuevo. Pero María M. no vivió para ver amanecer más soles ni ver sonreir a sus propios hijos.</p><p
style="text-align: justify;">María M. murió sola bajo las ruedas del tren que iba a la costa, tren que tomaba a diario. María M. murió como siempre había vivido: atropellada, violentada, violada. Vivió tiempos dificiles. Vivió tiempos de guerra en una provincia olvidada por el tiempo y la codicia. Sin la gloria de encontrarse entre los victoriosos ni la virtud de pertenecer a sociedad ni familia casta, a María M. no le quedó otra que fingir embarazos y esconder bajo sus faldas artículos de contrabando, víveres, cosas muy necesarias, leche condensada, nueces. María no podía sino fingir que no tenía hijas ni hijos, esconderlos en casa, alimentarlos a tientas, educarlos a garrotadas de compasión y pena con los libros que su abuelo dejara atrás. Todo lo presente pertenece al pasado. Todo lo que sucede sucede en el pasado. María M. no vive una vida sino que la lleva a cuestas. María M., estraperlista, mantenía de esa manera una familia de muchos y muchas más bocas de familias de otros. Muchas tostadas secas. Mucha sopa aguada.</p><p
style="text-align: justify;">María M. había escuchado en diversas ocasiones historias de mujeres embarazadas que tomaban el tren a la costa pronto por la mañana, incluso a veces más de un viaje al día. De repente, un buen día, alguna desaparecía. Se rumoreaba que quedaban embarazadas por marineros de otras aguas, que era por eso que cada día paseaban sus encantos por bahías y playas desiertas los mediodías de marzo contra el gris del mar Atlántico, que por esa razón cada día acudían al encuentro de un amante nuevo, de un pescador, o de su amante, tanto da. Embarazo de un sólo día. Es por eso que llegaban soñolientas y regresaban entristecidas. El amor o nunca llegaba o pasaba de largo y de él tan sólo quedaba el polvo de las vías y el silbato de partida riéndose de nuestro retraso. Todo tren llega tarde para unos, pronto para otros, nunca para muchos. El tren siempre, sin embargo, puntual como el hambre. El suyo era, pero, el cuento de la lechera. Sísifo hecho lechera. Una vez ídas a nadie se le ocurría buscar bajo las ruedas, lugar donde sólo mierda cabía, perros perdidos y gatos muertos. Ratas. Una vez ídas a nadie se le ocurría buscar al final del puerto, donde las olas contra las rocas chocan. Esos son lugares secretos. Ahí es donde esas mujeres parían el embarazo del silencio, los ojos caídos, la boca llena de disgustos, los ojos llorosos y abultados, llenos de rencor, sal y carbón.</p><p
style="text-align: justify;">Dos generaciones me separan de María M. Por navidad nos leemos cuentos los unos a los otros. Nos acordamos de lo sucedido un año ha, dos años ha, y aun más allá del ahora y del entonces. Escuchamos las historias de mi madre que son historias de su madre que son las historias de su abuela, y aun más. María M. ya casi no se nombra. María M. no se recuerda. María M. no tiene rostro. A María M. me la imagino con un delantal azul como gris es el Atlántico norte, con la sonrisa alegre de quien pone un plato de sopa a la mesa y bromea un instante para que nadie se queme la lengua , diciendo que antes de sorber la sopa hay que pensar en las nubes que en el horizonte se forman y soplar para que se vayan lejos, muy lejos, y dibujar un beso en los labios que espante con un soplido el frío, y esperar resignados el regreso de los pescadores que tan lejos quedan del puerto. Una de los niñas sopla tan fuerte que las velas se apagan. Entonces sólo se escucha el rechinar de las cucharas, el sorbido de las sopas y el silbido del viento que reivindica las ventanas. María M., la casa a oscuras, la familia atenta, canta surrurrando una canción de las de antes.</p><p
style="text-align: justify;">Canta como un niño, lloroso y añorado, echa de menos a un padre pescador en un mar desierto de peces y a una madre estraperlista en una tierra de frutos falta. Canta como el niño resuelto a recuperar una niñez jamás vivida sopla un susurro apenas para así sorber la sopa. Canta como el niño envalentonado, enfrentado a las olas, sopla tan fuerte que no sólo espanta las nubes, sino que se lleva consigo el viento y, con éste, los barcos de los pescadores, las velas llenas de odio.</p><p
style="text-align: justify;">Una de las hijas de María M. discute que quizás las velas no estén llenas de odio, sino de esperanza. María M., vieja entonces a su pronta edad todavía, aconseja sabia que los dioses castigan con condena eterna  a los entusiasmados, a los endiosados, a los esperanzados, a los que odian, a los que codician. Los dioses, en cambio, conceden una muerte digna, a aquellos que aventuran que aquella vida es suya, que dios quizás sea testigo pero no rival.</p> ]]></content:encoded> <wfw:commentRss>http://www.artelibertino.com/magazine/2011/12/mos-maiorum-carlos-miguel-garcia-jane/feed/</wfw:commentRss> <slash:comments>0</slash:comments> </item> </channel> </rss>
