Cuento de Navidad (Julian Silva)

Mi abuelo murió 15 días antes de navidad.  Mamá lloraba día y noche al igual que la abuela.  Mis hermanas pedían oraciones en lugar de regalos y mi papá desaparecía para siempre en las turbulentas calles de Buenos Aires.  Las vísperas del 24 de diciembre se sumían en una enfermedad llamada melancolía.  El dolor traspiraba por la boca de toda mi familia.

El abuelo Gessen, El caminante, el médico que una vez en su juventud aprendió los secretos de la magia indígena para curar sin la ayuda de bisturíes o escalpelos, fue quien me enseñó rezos secretos, el tarot, invocaciones del más allá y la manera adecuada de hablar con la gente mientras duerme.  También a él le debo mi capacidad para ver las sombras de la gente que desaparece de este mundo, la energía escapando del cuerpo frío y la briza cálida que te sacude el pelo cuando deciden visitarte.  Tal vez fue por ello que no sentí gran tristeza cuando se murió.  De hecho, me encontraba emocionado pensando en los regalos del árbol de navidad.  Era lo único que me pasaba por la cabeza y así se lo decía a mamá.  Pero nade tenía ánimos de celebrar nada.

El árbol continuaba desarmado entre cajas y demás basurillas en el garaje.  La lista de regalos continuaba sobre la mesa de noche de mamá.  La abuela no me preguntaba qué deseaba para navidad tampoco.  El tío Manuel se emborrachaba todos los días fuera de la casa y no aparecía sino hasta la madrugada.  A nadie le importaba adornar la casa, las guirnaldas, la nieve falsa.  Sin embargo, yo seguía esperando con ansias la noche de navidad.  Sabía que aunque mi familia estuviera triste, papá Noel dejaría muchos regalos bajo el árbol de navidad, total, le tendría sin cuidado la muerte de uno más de los capullos del mundo.

En todo caso, sin importar lo mucho que sufriera mi familia, la noche del 24 llegó.  Todos se acostaron temprano, antes de las 10.  Yo hice lo humanamente posible por mantenerme despierto con tal de descubrirlo a él, a papá Noel, dejando los regalos y tomando el vaso con leche que dejé en el comedor.  Pero de nada fui capaz.  Mi energía infantil desfallecía en las noches y algo tan simple como esperar la media noche superaba todas mis fuerzas.

Así fue como pasaron horas y horas hasta que llegó la madrugada.  Afuera llovía y las nubes tapaban las primeras birlas del sol.  Hacía mucho frío, y aunque estuviera cómodo y caliente bajo las cobijas, recordé a papá Noel y salí corriendo a la sala que era donde antes poníamos el árbol.  Había como niebla o algo parecido, bruma o de la forma en que se le llame, y los pájaros de la mañana guardaban silencio así como el gato de la casa.  Nada se movía u oía diferente a mi respiración y la imagen de mi abuelo con su bata de médico haciendo como si acomodara regalos en el rincón.

Permanecí en silencio mucho tiempo; mi corazón palpitaba tan fuerte que creí despertaría a todo mundo.  “Así que este es papá Noel” me dije.  No se parecía nada al de la TV y las propagandas.  “¿Y la ropa roja, la barba y los carajos renos?”.  Mi abuelo era delgado y alto como una viga.  Además, tenía el pelo negro y los ojos color miel.  Parecía más un pirata español que un gordo bonachón de Escandinavia.  De todas formas me pregunté qué sería lo que dejaba en el rincón, qué tipo de regalos se suponía eran para mí.

“Papá Noel –pregunté-, mi lista de regalos, ¿la recibiste?”.

Nada.  Miraba de un lado a otro, sonriendo para sí.

“¡Carajo, abuelo!, ¿son esos mis regalos?”.

Esta vez miró pero dio media vuelta y salió volando por la ventana del patio hasta desaparecer entre el azul del cielo.  Recuerdo que le grité: “¡Hey, pendejo!, ¿dónde pusiste los regalos?”.  Hice esto varias veces hasta que la abuela apareció de la nada.  Me agarró de una oreja y preguntó a quién le gritaba.

“¡A papá Noel!” respondí.

“¡Esas cosas no existen! –me dijo rabiosa-, y tampoco el ratón Pérez ni el niño Dios… son tus papás los de los regalos, métetelo en la cabeza y ¡a ver si maduras de una buena vez!”.

No salió de su cuarto después de eso, hasta bien entrado enero.  Tuvieron que alimentarla con una sonda dada su negativa a comer.  En su terrible lapso depresivo repetía una y otra vez que el abuelo se convirtió en papá Noel después de morir, y que si no lo creían, debían preguntarme a mí.  Desde luego, yo les decía que en efecto vi al abuelo volar por los cielos pero no estaba seguro de que fuera papá Noel.  Mi mamá y los demás escuchaban sin prestar verdadera atención y regresaban a sus rezos y a sus iglesias y a las misas que pagaban en nombre del abuelo.

No recibí los regalos de esa víspera pero al año siguiente me dieron una bicicleta y fui verdaderamente feliz.  Sabía que se trataba de mi mamá y el propio tío Manuel en medio de sus eternas borracheras quienes acomodaban los regalos bajo el árbol, pero no me importaba nada de eso.  En mi mente lo imaginaba a él, al abuelo Gessen, bajando de una nube con un costal de juguetes en el hombro.  No tenía barba blanca ni ropas rojas, pero era a quien realmente deseaba encontrar.  Debía verse muy gracioso con su pelo color carbón y su tez morena como la de un pirata español, junto a papá Noel, compitiendo ambos por darme los mejores regalos del mundo, trepados ambos en una estrella incandescente a la velocidad del tiempo y gritando “HO, HO, HO” a través de la inmensidad del cielo infinito.