Navidad (Erika Maya)

Desde hacía varios meses no paraba de llover, el cielo estaba oscuro con un eterno manto gris que cubría el techo de la pobre casita en lo alto del cerro; chorreaba el agua por las descompuestas tejas desembocando en el huerto.

Palidecían los sembrados, lerdas florecillas asomaban y se extendían por los alrededores de la casa; surcaban de amarillo y rosa todo a su paso.

Al interior la abuela mecía sus noventa; absorta en el silencio de la casa, buscando eternidad en los ojos más allá de la ventana.

Vertida en el letargo de las horas que parecían no acabarse nunca igual que la lluvia.

Dos niños, con las uñas crecidas arañaban la tierra; su carita quemada por el frío invierno.  Rescataban del huerto las pocas viandas que mamá  convertía en pasteles y bocados para vender en la plaza.

Se deslizaban en el barro, trepaban el único árbol justo en frente de su casa.  Desnudo de hojas, abrazado al suelo en posición de fortaleza les permitía creerse gigantes trepando el castillo donde un hada miniatura prometía futuro.

En las mañanas de domingo montados en la copa se morían de la risa viendo como se hacia pequeñita su madre en su descenso camino al pueblo.

 No iban a la escuela, pero conocían el evangelio; se pasaban las noches reza que reza al lado de su abuela, esperando que en esa noche de diciembre tocaran a su puerta con los regalos mas hermosos del mundo.

A ese padre que jamás conocerían.  Un día se interno en el bosque sin regreso; desde entonces alumbra una tenue velita esperando, esperando.

Apilonaban maderos para atizar el fogón, desteñidos como si su tiempo no fuera ahora, mas bien una caricatura cuadraplejica de la infancia, paralelos a ese mundo de color que venía en las revistas.

A escasez de dulces; imaginaban zarzamoras cual si fueran algodones azucarados o bolitas de chicle, caramelos deshechos en sus boquitas agrietadas y muecas.  Sedientas de verdades, tan llenas de necesidad, con el eco ausente a expensas del tiempo, de nadie; de la nada.

Mamá desparramaba su llanto camino a la plaza, empapada su tristeza.  Allá arriba solo era mariposa, más que sonrisas para sus dos “carisucios” como los llamaba.  Sostenía su corazón a punto de esperanzas pero muy en el fondo conocía su condición y sabía que pocas eran las oportunidades de cambio.

Le regalaban atados de ropita que más tarde eran convertidos en  fina pieza, delicadamente reconfeccionados a la medida.  Los escondía en la cómoda de la abuela.

Llegó entonces la víspera de la navidad, en bolsitas plásticas envolvió la ropita, un caramelo, una muñeca despeinada con los ojos fijos, preñados de pobreza y un carrito con luces tatuadas, piloteando la nave una figurita de madera.

En la tarde, el enorme árbol fue abordado de aves.  Palomas blancas, tórtolas infladas dejando su canto, despistadas golondrinas iban y venían y un inmenso pavo real abría su cola en lo alto de la copa.

Al caer la noche, dos chiquilines adherían su niñez a las bolsitas plásticas, una viejecilla ascendía a los cielos.  En su sueño eterno se despedía de la vida que poco a poco fue tiñendo en su rostro una sonrisa de descanso.

La vela se hizo llama; una mujer dejaba caer su ternura por la ventana y en el árbol seres de alas dormitaban.