Los Justos Seran Los Primeros

El día de ayer debí permanecer más de ocho horas en una entidad de salud solicitando unos documentos para el trámite de mi contrato.  “Para que le demos una certificación, consigne esta cantidad, joven”.  Fui a tres bancos diferentes.  En ninguno conocían el número de cuenta de la entidad.  Llamé a los números que aparecen en el directorio pero me contestó una grabación muy molesta hablando de la celeridad del servicio y demás virtudes de la atención al cliente.  Ahora bien, lo primordial para mí era el tiempo teniendo en cuenta que supuestamente, regresaría en un par de horas a la oficina, pero viéndome imposibilitado para obtener atención en un banco, debí dirigirme a una cooperativa financiera muy conocida por sus terribles demoras.  De manera que llegué, totalmente sorprendido al ver semejante cosa.  “¡Dios de los cielos!” grité al ver la fila.  Hombres, mujeres y niños debían aparcarse en la esquina de la calle esperando su turno.  “¿Hay algo en lo que no se deba hacer fila en Colombia?” dije en voz alta.  La gente me miró fastidiada.

¡El sol! 33 grados sin sombra.  Una señora se tambaleó en su puesto.  Alguien la agarró antes de que cayera.  12:45 PM.  No se movía nadie.  La señora permanecía sentada o inconsciente o muerta.  Lo ignoro.  Si de algo estoy seguro es de esto: cuando regresé de almorzar, veinte personas aguardaban su turno.  Me ubiqué en el último puesto pendiente de la hora: 1:30 PM.  No avanzaban.  Esperé y esperé y lo hice quejándome en voz alta.  Alguien me insultó.  No quise preguntar la procedencia del insulto habida cuenta de la expresión de maldad en el rostro de todos los presentes.  Finalmente llegué a la caja y pagué.  “Diríjase por favor a la oficina (…)” me dijo la señorita.  Así lo hice.  Regresé a la instalación donde debí hacer una nueva fila de 45 minutos.  “¿Usted todavía aquí?” preguntó la joven que me atendió en la mañana.  “Si hay una fila entonces sí, continúo en Colombia” respondí.

Pagué lo que me pidieron: dos cuartas partes de mi sueldo a la EPS (entidad promotora de salud) en la cual no coticé durante los meses anteriores por falta de trabajo y obviamente, de dinero.  Dos cuartas partes de mi sueldo por un servicio que no recibí.  Pero de necesitar una curación o lo que fuera, ¿entonces qué? ¡Pues nada! Sin un centavo en el bolsillo, resultaría debiendo una millonada.  Es cierto, con la cabeza abierta o una pierna rota, debían atenderme, eso por mandato de ley.  Pero luego qué.  ¿Cuánto debería pagarles una vez me encontrara mejor? ¡Una, dos, tres millonadas! Sin dinero en los bolsillos, trabajo o lo que sea: ¿cómo se puede pagar por algo que no se recibió y mucho menos, cuando no se cuenta con los medios para hacerlo? Sin embargo no me partí una pierna.  No me dio cáncer.  No padecí de un dolor de muelas.  No podía darme el lujo.  Sabía que no cotizaba salud y por consiguiente, tenía en claro que no era merecedor del servicio.  Pero ¡oh instituciones colombianas!, ¿cuánto les debo por algo que no obtuve? ¡La mitad de mi sueldo! Como un banco: interese por mora, inactivación del sistema: “Señorita, vengo a pagar mi pensión y salud de este mes en base a mi nuevo contrato” le dije a quien me atendió.  “Primero debe pagar lo que debe”.  Así lo hice: trámites interminables, filas y filas de pobres diablos pagando lo que no tienen para acceder a la salud, intereses de mora, gente detrás de ventanillas enviándote a otra fila para que te repitan lo mismo que en la anterior.  No tener trabajo es malo por aquello de carecer de lo mínimo para subsistir y dar de comer a los tuyos, pero conseguir un contrato y pagar la cuarta parte del valor del mismo para recibir atención médica y cotizar una pensión que la recibirán quienes lleguen a la edad de Matusalén, es una mutilación a las posibilidades de cada persona de aspirar a una mejor calidad de vida.  Lo mínimo para no morirse de hambre.  A eso se puede acceder.  ¿Y los pobres, los pobres de verdad? ¡Bah! Se arrastran por las calles ante nuestra mirada indiferente.  Pero no quisiera ahondar en ese tema ahora.  Después de todo, no soy ni mejor ni peor que la mayoría.  Aunque no soy una maravilla.  Pero tampoco lo son ustedes.