Mos maiorum (Carlos Miguel García Jané)

Toda vida bien vivida exige una muerte digna. Una buena historia acaba en cambio con una muerte infame. La muerte de María M. llegó pasadas las navidades y el año nuevo, un largo enero y un aún más immutable febrero hasta que el último frío se convirtió en sol al mediodía y una risa amable de niño esperando en el andén del tren a la costa y al barrio del puerto. Entonces María M. se dio cuenta de que tras febrero llega marzo y hambre y tras abril llega viento y mierda y tras mayo llega sed y peste y tras junio calor y pena y tras julio soledad y pereza y tras agosto dolor y tristeza y así hasta llegar de nuevo a navidad y año nuevo. Pero María M. no vivió para ver amanecer más soles ni ver sonreir a sus propios hijos.

María M. murió sola bajo las ruedas del tren que iba a la costa, tren que tomaba a diario. María M. murió como siempre había vivido: atropellada, violentada, violada. Vivió tiempos dificiles. Vivió tiempos de guerra en una provincia olvidada por el tiempo y la codicia. Sin la gloria de encontrarse entre los victoriosos ni la virtud de pertenecer a sociedad ni familia casta, a María M. no le quedó otra que fingir embarazos y esconder bajo sus faldas artículos de contrabando, víveres, cosas muy necesarias, leche condensada, nueces. María no podía sino fingir que no tenía hijas ni hijos, esconderlos en casa, alimentarlos a tientas, educarlos a garrotadas de compasión y pena con los libros que su abuelo dejara atrás. Todo lo presente pertenece al pasado. Todo lo que sucede sucede en el pasado. María M. no vive una vida sino que la lleva a cuestas. María M., estraperlista, mantenía de esa manera una familia de muchos y muchas más bocas de familias de otros. Muchas tostadas secas. Mucha sopa aguada.

María M. había escuchado en diversas ocasiones historias de mujeres embarazadas que tomaban el tren a la costa pronto por la mañana, incluso a veces más de un viaje al día. De repente, un buen día, alguna desaparecía. Se rumoreaba que quedaban embarazadas por marineros de otras aguas, que era por eso que cada día paseaban sus encantos por bahías y playas desiertas los mediodías de marzo contra el gris del mar Atlántico, que por esa razón cada día acudían al encuentro de un amante nuevo, de un pescador, o de su amante, tanto da. Embarazo de un sólo día. Es por eso que llegaban soñolientas y regresaban entristecidas. El amor o nunca llegaba o pasaba de largo y de él tan sólo quedaba el polvo de las vías y el silbato de partida riéndose de nuestro retraso. Todo tren llega tarde para unos, pronto para otros, nunca para muchos. El tren siempre, sin embargo, puntual como el hambre. El suyo era, pero, el cuento de la lechera. Sísifo hecho lechera. Una vez ídas a nadie se le ocurría buscar bajo las ruedas, lugar donde sólo mierda cabía, perros perdidos y gatos muertos. Ratas. Una vez ídas a nadie se le ocurría buscar al final del puerto, donde las olas contra las rocas chocan. Esos son lugares secretos. Ahí es donde esas mujeres parían el embarazo del silencio, los ojos caídos, la boca llena de disgustos, los ojos llorosos y abultados, llenos de rencor, sal y carbón.

Dos generaciones me separan de María M. Por navidad nos leemos cuentos los unos a los otros. Nos acordamos de lo sucedido un año ha, dos años ha, y aun más allá del ahora y del entonces. Escuchamos las historias de mi madre que son historias de su madre que son las historias de su abuela, y aun más. María M. ya casi no se nombra. María M. no se recuerda. María M. no tiene rostro. A María M. me la imagino con un delantal azul como gris es el Atlántico norte, con la sonrisa alegre de quien pone un plato de sopa a la mesa y bromea un instante para que nadie se queme la lengua , diciendo que antes de sorber la sopa hay que pensar en las nubes que en el horizonte se forman y soplar para que se vayan lejos, muy lejos, y dibujar un beso en los labios que espante con un soplido el frío, y esperar resignados el regreso de los pescadores que tan lejos quedan del puerto. Una de los niñas sopla tan fuerte que las velas se apagan. Entonces sólo se escucha el rechinar de las cucharas, el sorbido de las sopas y el silbido del viento que reivindica las ventanas. María M., la casa a oscuras, la familia atenta, canta surrurrando una canción de las de antes.

Canta como un niño, lloroso y añorado, echa de menos a un padre pescador en un mar desierto de peces y a una madre estraperlista en una tierra de frutos falta. Canta como el niño resuelto a recuperar una niñez jamás vivida sopla un susurro apenas para así sorber la sopa. Canta como el niño envalentonado, enfrentado a las olas, sopla tan fuerte que no sólo espanta las nubes, sino que se lleva consigo el viento y, con éste, los barcos de los pescadores, las velas llenas de odio.

Una de las hijas de María M. discute que quizás las velas no estén llenas de odio, sino de esperanza. María M., vieja entonces a su pronta edad todavía, aconseja sabia que los dioses castigan con condena eterna  a los entusiasmados, a los endiosados, a los esperanzados, a los que odian, a los que codician. Los dioses, en cambio, conceden una muerte digna, a aquellos que aventuran que aquella vida es suya, que dios quizás sea testigo pero no rival.