Del ruiseñor al ocaso – Patricia Nasello


 

“En voz baja, la arcilla dijo al alfarero que la amasaba: No olvides que fui como tú. No me maltrates” CuartetaXLV, Rubayat, Omar Khayyam

Umar ben Ibrahim vivió en el siglo V de la Héjira, XI para los cristianos. Umar hijo del Fabricante de Tiendas es conocido y admirado en occidente como Omar Khayyam, científico y poeta.

Vivió en la ciudad de Nishapur —Irán—, donde nació; en Balj —Afganistán—, donde recibió de sus maestros la instrucción que serviría de base para escribir los tratados científicos con los que luego descollaría; en Marv —Turkmenistán—, única ciudad que llegaría a ser más populosa que Constantinopla donde dirigió la construcción de un observatorio astronómico, del que estuvo a cago durante años, por orden de su sultán Malik Shah I; y en la fabulosa, mítica y a la vez real Samarcanda —Uzbequistán— hoy declarada Patrimonio de la Humanidad, donde impartiría clases tanto de medicina como de filosofía, tanto de álgebra, geometría y astronomía, como de música e historia.

Se lo cree amigo en su juventud de Hassán ben Sabbán, luego fundador de la secta de los Hashishin —de allí nuestro vocablo asesinos—, los Consumidores de Hachís, acérrimos enemigos de los cruzados. Se lo sabe experto en las enseñanzas tanto de Plotino —Platón—, como de Pitágoras, de quien se supone además de asimilar sus conocimientos científicos habría adoptado su mística.  Como astrónomo desarrolló un calendario cuya exactitud sobrepasa al gregoriano y son invaluables sus aportes en el área de las matemáticas, campo donde algunos de sus conceptos deberían esperar 800 años para ser demostrados en occidente.

Luego de realizar la peregrinación a la Meca y ya fallecido su padre, su lúcida inteligencia desbordó hacia la poesía. Compuso numerosas obras entre las cuales destacó sus Rubaiyat —cuartetas—. El manuscrito más generoso le atribuye quinientas —el primer, segundo, y cuarto verso rimaban entre sí—, número escaso para que en la Persia de entonces se lo considerara poeta. Esta obra es disfrutada en forma masiva por los lectores occidentales a partir del siglo XIX, cuando el inglés Edward Fitzgerald las traduce y “organiza” de modo que al “principio estén las imágenes de la mañana, de la rosa y el ruiseñor, y al fin, las de la noche y la sepultura”.*

En sus Rubaiyat descubriremos su particular sentido religioso: Cuarteta XIV “En los monasterios, sinagogas y mezquitas se refugian los débiles temerosos del Infierno. Pero el hombre que ha experimentado el poder de Dios, no cultiva en su corazón las malas semillas del miedo y la súplica”. Su grito desesperado invitándonos a aprovechar el instante que es la vida: Cuarteta XXXV “Cuando tuve sueño, la Sabiduría me dijo: Las rosas de la Felicidad nunca han perfumado el sueño de nadie. En vez de abandonarte a este hermano de la Muerte, ¡bebe vino! ¡Tienes la eternidad para dormir!” Es de destacar el uso de mayúsculas para las palabras sabiduría, felicidad y muerte, mayúscula escatimada a la eternidad. Descubriremos así mismo los pozos de su fe o la falta de ella como muchos afirman: Cuarteta CLXIV “¡Infeliz: nunca sabrás nada! jamás resolverás ni uno solo de los misterios que nos rodean. Desde que las religiones te prometen el Paraíso, intenta crearte uno en esta tierra, porque el otro quizá no exista” Su pesimismo pero también su lucha y rebeldía: Cuarteta CLVII “Mira alrededor de ti. No verás más que aflicciones, desesperación y angustia. Tus mejores amigos han muerto. La tristeza es tu sola compañera. Pero ¡alza la frente! Y abre las manos para tomar lo que deseas y seas capaz de lograr. ¡Sepulta el cadáver de tu pasado!”. Su sentido de la felicidad y la belleza: Cuarteta LXXXIII “¿En qué meditas, amigo? ¿En tus antepasados? Polvo en el polvo. ¿En tu gloria? Déjame sonreír. Toma este cántaro y bebamos escuchando sin temor el gran silencio del Cosmos”.

En honor a sus méritos como astrónomo durante el siglo XX se nombró Omar Khayyam a un asteroide, de modo que ahora el poeta persa tiene una casa semejante a la del Principito. Canta su alegría el ruiseñor. Del mismo modo se bautizó con su nombre a un cráter lunar. Un cráter, un vacío de luna. El ocaso. Nada.

*El enigma de Edward Fitzgerald, Otras inquisiciones, Jorge Luis Borges, Edición especial para la Nación, Emecé Editores S.A. Pg 97

Rubaiyat, Omar Khayyam, Edicomunicación S.A., 1994, colección Fontana, traducción Pedro Ramírez Cueto