La luz y las aristas (Patricia Nasello)

Se subió a la silla, bajó el pino de la baulera y lo puso sobre la mesa del comedor. Yo le dije, es muy chico, va a quedar mejor encima del piano. Pero no me escuchó, lo miraba como un juez. Salió de la casa sin dar explicaciones, regresó con varias bolsas llenas de adornos nuevos para el pino viejo. Y un pesebre de plástico. Por eso la navidad del año pasado olía a juguete —recuerda.

A través de la ventana mira ansiosa hacia la calle. Todas las tardes se distrae observando a los turistas que pasan camino al río. Todas las tardes excepto hoy.

Vuelve los ojos hacia la habitación y comprueba lo que ya sabe: está sola. Cuenta los meses de soledad marcándolos con los dedos. Siete, desde junio. Junio fue el mes de las ofensas, de los reproches y los gritos.

—El dolor no se termina, sólo cambia de forma —dice en voz alta.

Este veinticinco de diciembre la encuentra sin pino y sin pesebre. Extraña el Niño Dios de porcelana que mucho tiempo atrás le regalara su abuela, pero decide que ya es tarde para buscarlo.

Escucha pasos que se acercan por la vereda, durante unos momentos contiene la respiración, vuelve a creer, pero el caminante no se detiene en su puerta. Comprende que no debe demorarse, esperar imposibles puede ser peligroso. Toma el teléfono y pide un taxi.

El auto está esperándola. En el momento que va a tomar un bolso para abandonar la casa, una imagen acude nítida a su memoria, entonces, con gesto torpe, abre un armario. Al fondo del tercer estante, allí está el Niño. Lo besa, le ruega su protección y lo coloca sobre el piano.

El taxista la ayuda a subir al coche.

—¿Hacia dónde? —la voz del hombre, sin urgencias.

Los rasgos de ella están contraídos y sus manos húmedas se cierran con fuerza contra el pequeño equipaje, sin embargo la mirada está limpia, llena de luz.

—Al hospital, ya nace mi hijo.

 

 

“La luz y las aristas”

Paul Klee

(pintura de acuarela sobre papel montada en cartón)

1935

Fundación Klee, Kunstmuseum, Berna.