Crónicas del Brandy II

(Continuación de la edición anterior)

En todo caso, así me desagradara la manera como lo trataba, siempre se portó bien conmigo, la novia.  Hablábamos cuando me sentía triste y bailábamos cada vez que podíamos.  Por eso aprovechaba un descuido de mi primo para sacarla a bailar.  En esas estábamos cuando se me acercó molesto:

“¡Pero si sólo estamos bailando!” –le dije-.

“¡Te conozco pendejo, y sé lo desesperado que estás!”.

Era cierto.  Llevaba meses sin tener un acostón y con el corazón roto por la chica que me abandonó.  De manera que cuando alguien me prestaba atención, en especial una chica hermosa, olvidaba al mundo entero y resultaba enamorándome en cuestión de minutos.  Pero este no era el caso.  Seguro, me gustaba la novia de mi primo y en algún momento sentí cierta “energía” de su parte; no obstante, jamás pasaría nada, de eso estaba seguro.  Aun y con todo disfrutaba lo indecible tomado de su mano, escuchándola decir lo mucho que le fastidiaba salir con mi primo.

“¡Es un borracho de miedo!” –aseguraba-.

“Pero te ama mucho”.

“¿Y eso qué? ¡Yo también lo amo pero no por eso deja de ser un animal cuando bebe!”.

Sentí lástima por él.  Se encontraba realmente prendado de ella pero su inseguridad jamás le permitía mantenerse sobrio en su presencia.  Entretanto, Edgar permanecía solo en la mesa.  Segundos antes vi cómo lo cacheteaba una chica.

“Le ofrecí este reloj a cambio de una mamada” –me dijo-.

“¿Por eso le pegó?”.

“¡Nah! Si hasta me preguntó la marca”.

“¿Entonces?”.

“Me pegó porque al final le dije que incluso la correa del reloj valía más que ella, por puta y por regalada”.

Reímos hasta atragantarnos, y Edgar, el grandísimo Edgar reía aun más que yo al poner en evidencia a las chicas del bar, algunas de ellas tan codiciosas como para entregarse a cambio de un Citizen.  Pero no todo era alegría.  Al ver a Ximenita, al Rey (el amigo de mi primo se fue sin despedirse), a mi primo borracho y a su novia, me sentí más solo que nunca, además, me fastidiaba la actitud chambona de Edgar con cuanta chica pasara por la mesa.  A una de ellas, una preciosura de ojos verdes con la cual crucé miradas de euforia, le preguntó luego de informarle que yo lo había enviado, cuánto cobraba por un trío.

“¡Edgar, cabrón! ¿Por qué le preguntó semejante cochinada?”.

“¡Todas son unas putas!”.

“¡No todas! Además esa me gustaba”.

“¡Nah! Jamás le habría hecho caso”.

“¿Por qué no?”.

“Porque usted, mi amigo, es un fracasado en todo el sentido de la palabra”.

Me molesté por lo de la chica, pero más que todo por aquello de ser un fracasado.  “Anda Fabián –me decía a mí mismo-, que el que pierde todo es capaz de hacerlo todo”.

Por aquellos días me daba alientos repitiendo a modo de mantra las palabras del grandísimo Chuck Palahniuk con respecto a tocar fondo y justificar el fracaso del individuo y más aún, el de la colectividad.  Pero eso era en aquellos días cuando todavía no me encontraba condicionado a los caprichos del “deber ser”.  En todo caso, lo reconozco ahora, fue una época de grandiosa libertad… Es cierto, contaba con dinero y cierta posición en el mundo, y sin embargo me las arreglaba para gastar mi paga antes de la quincena bebiendo como un marinero.

Pero no todo era una alegría infinita porque me encontraba junto a Edgar y sus insultos.  Edgar.  El enorme pervertido.  Sus palabras evidenciaban un tipo de fracaso que no me gustaba reconocer: mi incapacidad para retener a una chica bella que quisiera darme besos cariñosos y acunara mis razones como si fueran las suyas.  Evidentemente, era yo un rastrojo de inseguridades luego de que mi antigua chica decidiera irse con una versión mejorada de mí.  En consecuencia, no podía cruzar palabra con una muñeca demente de ojos verdes porque me llegaban sus palabras como un eco del año anterior, terribles eran, dolorosas y asquerosamente reales, sus palabras:

“Dices que quieres ser el mejor poeta de la historia pero no haces más que ver la TV y hablar de lo increíble que sería llevar tus ideas al mundo”.

De manera que cuando Edgar abrió la boca, un odio acérrimo se apoderó de mi voluntad y por ende, de mis palabras.  Viéndolo allí sentado, con su barriga abultada de hombre de mediana edad pseudo – exitoso, ahogado en su propio ego, gerente de oficina, feo, calvo, borracho y bruto, sentí el súbito deseo de reventarle la botella en la cara y arrastrar su jeta de marrano tiernón por la pista de baile.  Edgar.  Tu nombre significa ignorancia y por ello abriré tus ojos a la realidad de tu horrorosa vida.

“Mi amigo –le dije con un tono frío y pausado-, nadie quería que usted viniera”.

“¿Cómo dice, joven?”.

“Eso mismo.  Por lástima accedieron, pero también para burlarse de usted”.

Dejó de sonreír.  Le quité la burla de un tajo.  “¡Eso es Fabián! –me dije orgulloso-. No lo dejes ir ahora, es el momento, enséñale una buena esta vez”.

“¡Cómo se atreve, joven! Sus palabras”…

“¡Pederasta Edgar!”.

“¿Disculpe?”.

“Así lo llaman todos a sus espaldas: Pederasta Edgar o, el Fantástico y mórbido Edgar”.

“¡Pederasta! ¡Jamás! Soy un hombre decente, además, niño, esa chica era mayor de edad”.

El aplomo de antes desapareció dejando tras de sí la vergüenza de un hombre que había hecho demasiadas estupideces en su vida como para acordarse de todas.

“¡Eso no importa Edgar!” –continué sin piedad-.  Todos lo ven y piensan: Ése cerdo sería capaz de cualquier cosa. Y lo chistoso es eso “Mórbido Edgar”, que todos lo imaginan capaz de cualquier cochinada… Sí, yo sé que todo es una especie de burla, eso dice usted, pero nadie la entiende, la broma, y no por ello le tienen lástima”.

“Mire jovencito –habló con un temblor muy ridículo en la garganta-, si usted ha seguido en su puesto no es por otra cosa que para evitar el papeleo, porque lo que es su actitud y rendimiento, dejan mucho que desear, ¡una ameba! Porque, hablando de apodos, así lo llaman a usted… ¡Ameba Fabián!”.

Empezó a reír estruendosamente y, de repente, se levantó de la silla para lograr una dificultosa respiración.  Debí golpearlo en la espalda pero nada que respiraba.

“¡Edgar, Edgar!” –le gritaba sin dirigirme a él-.

La gente no se percataba de la batalla de Edgar por respirar.  Yo gritaba dentro de mi cabeza ¡Mórbido Edgar, por favor no te mueras! Mis palmas eran ahora puños violentos contra su espalda… ¡Agresivos, en realidad!! Toda mi frustración y mis carencias desaparecían en medio de sus omóplatos tasta que olvidaba por qué lo golpeaba.

“Fabián ¿qué haces?” –preguntó mi primo-.

“¡Se ahoga, alguien ayúdelo!” –respondí-.

Pero Edgar yacía en el suelo arrodillado, dando bocanadas de aire y sobándose la cabeza.

“¡Está vivo, se ha salvado!” –grité con las manos en posición de rezo-.

Todos sonreíamos, nos abrazábamos y dábamos pequeños bailecitos junto a la mesa, alrededor de Edgar.

“¿Qué pasó?”.

Era el Rey quien preguntaba junto a Ximenita.

“No pasa nada –hablé yo-, todo está bien ahora, de aquí en adelante todo estará bien”.

El Rey pidió una botella de brandy para celebrar las buenas nuevas.  Mi primo y su chica se abrazaban felices y el Rey y Edgar se caían de la silla inconscientes por la borrachera.  Todo era paz y amor, los malos ratos desaparecían entre los sopores del glorioso Moneda de oro, la noche era nuestra y los besos de las chicas bellas iban y venían.  La novia de mi primo se me pegaba con lascivia y Ximenita desaparecía con mi primo fuera del bar quién sabe adónde.

“¿Por qué no vamos a tu casa?” –preguntó ella, la novia-.

“Pero mi primo…”

“Él se fue con la zorra de Ximena, además nos ha visto y le ha parecido bien”.

“Pero… ¿y tú? Me dijiste hace rato que lo amas mucho”.

“Eso es verdad, lo amo, pero él nunca será todo lo que yo espero que sea”.

“¿Y yo?”.

“No espero nada de ti después de esta noche, así que me importa un carajo lo que te pase el día de mañana”.

Me dolieron sus palabras, no puedo decir que no, pero ante la expectativa de acostarme con una chica bella cualquier insulto era poco.  Además, llevaba mucho tiempo sin sentir un buen par de piernas enredadas en mi cintura, eso sin mencionar el triste hecho del gusto que sentía hacia ella, una especie de apego tonto al que los seres asustadizos llamamos amor cuando nos han hecho una mala jugada, alguna bajeza indecible por cuenta del egoísmo repugnante que llevamos todos nosotros por dentro, el individualismo que algunos llaman, en fin, la cochinada de las gentes entre sí, nuestra redomada estupidez en últimas.

Pero en fin, cada uno aprende a encontrar lo suyo, un aliciente que le haga seguir marchando sin mirar atrás más de lo necesario.  Como el bueno de Edgar que decidió olvidar la noche en cuestión.  Ahora somos muy buenos amigos.  Claro que prefiero no beber con él por lo bruto que se pone.  Podría morir de un insulto bien dado y no creo que pueda vivir con la muerte de un hombre a cuestas por más animal que éste sea.

En cuanto a la chica de mi primo, jamás hablamos del acostón de esa noche.  Nadie le pidió cuentas a nadie y las cosas volvieron a ser como antes.  Cada cual a lo suyo, borrón y cuenta nueva.  A los demás no me preocupé de saludarlos nunca más, al Rey o a la enamoradiza de Ximena.  En todo caso mi contrato terminó y me largué para siempre de ese horrible banco.  Ahora me dedico a lo mismo pero por cuenta propia.  No tengo jefes pero sí debo rendir informes cada mes.  Eso sí, salgo de cuando en cuando con la gente que paga mis honorarios pero no bebo más de la cuenta.  Muchas cosas pueden salir mal y que patatín y que patatán, PLUM, PLAM, BANG y todo lo demás.