MIGHTOR (Ivan Wielikosielek)

Mightor luchaba con los Hombres Buitre mientras mi abuelo tomaba la leche

Quizás porque no lo haya vuelto a ver desde mi infancia y aún así lo extrañe, mi superhéroe favorito siempre fue Mightor.

A pesar de que a sus historias no las pasaron mucho tiempo en la televisión, aún recuerdo aquellas tardes. Yo salía de la escuela y una vez en casa hacía la leche para mí y mi abuelo, que cerraba durante unos minutos su negocio en ruinas. Y así, en la desolada cocina del pueblo me ponía a ver los dibujos animados mientras él, casi ciego, merendaba a mi lado en silencio.

Por ese entonces, los dibujos más populares eran “Los autos locos”, “El inspector ardilla”, “La pantera rosa”, “Moby Dick”, “Los Superamigos”, “Don gato y su pandilla” y “Tom y Jerry”. Pero hoy, esas tiras se me presentan difusas en la sucia pantalla de mi melancolía; como si más que haberlas visto me las hubieran contado los compañeros de sexto grado al otro día.

De lo que nunca me pude olvidar, en cambio, fue del primer episodio de Mightor que vi en mi vida. En la cima de un precipicio de la prehistoria, un muchacho defendía a un viejo del ataque de un dinosaurio. El muchacho mantenía a raya al monstruo con un palo hasta que con una estocada certera lo desbarrancaba en el abismo. Entonces el viejo, como agradecimiento eterno a quien le había salvado la vida, le regalaba un garrote. Se trataba de un palo parecido al as de basto de la baraja pero con poderes mágicos. Desde aquel entonces y con sólo levantar aquel mazo al cielo, el joven Tor se convertía en “El Poderoso Mightor”, prefigurando al He-Man de los años´80. Entonces su cuerpo se volvía fuerte como el de un guerrero adulto y un extraño casco cubría su cabeza; uno que combinaba los cuernos del paleolítico, el antifaz del Llanero Solitario y la cofia de los cruzados, esa que se volvía capa de piel de animal en un diseño parecido al traje de Batman. Y así, Mightor defendía su aldea del ataque de los Hombres Tigre o los Hombres Buitre, del ejército del malvado Brutor o de los Cazadores Gigantes. Pero una vez pasadas las rudas batallas, Mightor volvía a ser Tor, el tímido muchacho enamorado de Sheera (la hija del rey de la aldea) y amigo inseparable de su mascota Tog, un minidinosaurio con forma de iguana y alas de pterodáctilo.

Muchos años después, me pregunté qué era lo que me fascinaba tanto de aquel superhéroe único para mí, pero que visto desde cierto ángulo no tenía nada de original. De hecho, Mightor repetía el modelo social de Superman: el héroe que podía volar y pulverizar malvados pero que en la vida cotidiana era un hombre común, el tímido periodista Clark Kent enamorado de su colega Luisa. Por otro lado, Mightor combinaba la figura de Batman (su máscara, su capa, sus movimientos) con los cuernos de la mitología nórdica y la zaga de Thor, el dios del Trueno (pero a esto lo sabría mucho tiempo después, tras mi breve paso por la facultad y algunas clases sobre los dioses de los pueblos bárbaros). Al igual que sucedía con sus colegas Batman y Superman, nadie podía reconocer al héroe en el rostro del tímido Tor, quien era convocado por la “seguridad civil” (ya no por el alcalde de Ciudad Gótica o Metrópolis) cuando las fuerzas del mal desbordaban la guardia oficial.

Creo que una de las claves de mi fascinación por aquel dibujo animado tenía que ver, antes que nada, con el paisaje donde se desarrollaba la acción; una prehistoria despojada de toda contaminación “civilizada”. Y pienso ahora, casi en términos psicoanalíticos, que este detalle retrospectivo ya configuraba mi carácter agriado, mi ulterior fobia social, mi vocación de automarginado que vendría unos años después.

Sin embargo, a la razón más profunda de mi amor por Mightor debo buscarla, sin lugar a dudas, en aquel primer episodio que nunca olvidé. El muchacho que defendía a un pobre viejo del ataque de un dinosaurio y que todavía no era un superhéroe. Hoy creo que todo lo que pasaba cuando Tor levantaba su garrote y se volvía “El Poderoso Mightor”, no me interesaba demasiado. Y por eso es que Los Hombres Buitres o Brutor no son en mi memoria más que episodios borrosos también, y no un enemigo tan fuerte como una casa en ruinas, un abuelo envejeciendo como un cadáver o una madre psicótica que sólo paraba de gritar cuando a la tarde (a la hora de los dibujos) se iba a hacer las compras y la paz volvía a la casa.

Cuando pensaba en todas estas cosas, lo miraba al viejo tomando la leche a mi lado con su cara arrugada sobre la taza humeante, casi ciego, bordeando, a su modo, otros precipicios. Y yo sin ser Mightor, sin poder darle un garrote mágico para salvarlo de su destino, de su viudez, de los hombres buitres, de los gritos de mi madre, del negocio en ruinas y de la muerte, que al igual que un monstruo prehistórico silencioso por esos días ya había empezado a caminar a su lado.