ROBIN (Julian Silva)

Desde la torre del grupo Williams se ve podía ver toda ciudad Gótica: su caos, su enfermedad, la maldad de gentes… Nosotros las protegemos de sí mismas, evitamos que cometan los actos más atroces aun en contra de su fuerza de voluntad. Claro que en la mayoría de los casos nunca logramos salvarlas… ya se han infectado. No creo que podamos llevarlas a la luz.

Teníamos una vista de águila desde el asta de la bandera. Podíamos ver todo lo que sucedía a nuestros pies sin siquiera movernos un centímetro. Sin embargo las corrientes de aire amenazaban con aventarme por los cielos. Yo me agarraba y rezaba para que no se me fueran a resbalar las manos, pero Batman el “siempre poderoso” lo hacía con una sola mano, sosteniendo sus binoculares con la otra sin esforzarse siquiera por mantener su equilibrio y prorrumpiendo aquellos molestos “humm, ah, ¡ajá!”.

Entretanto yo, Robín el joven maravilla, guardaba silencio mientras fantaseaba con mis días como acróbata: las luces, los aplausos, el reconocimiento de la gente, los viajes en tren, los animales, las bellas bailarinas y mis constantes amores de verano. Era una vida pura y bella la que llevaba antes, una vida en la carretera. Pero como siempre sucede la existencia te da tres vueltas sin que puedas hacer nada para evitarlo. Ya no vuelves a ser el mismo y el escenario cambia de manera irremediable.

“¡Qué moridero! –reflexioné al recordar la ola de suicidios ocasionados por el doctor Crane, más conocido como el Espantapájaros-. Fue su maldito invento, el “Inducidor del miedo”, lo que ocasionó todas esas muertes hace unas cuantas semanas…. Tanta violencia y destrucción para qué, me pregunto; ¿poder, locura, control? ¡Bah! Nunca podré saberlo. No soy como ellos”.

“¡Robín, allí, mira!” –Batman señaló un tumulto en algún callejón oscuro en las faldas del edificio-.

En efecto, había algún tipo de pelea que debimos apaciguar al instante. De manera que bajamos zarandeándonos de edificio en edificio, silenciosamente, hasta dar con tres hombres enormes y una mujer agazapada al final de la calle.

“¡Alto ahí, maleantes!” –gritó Batman-.

Ellos intentaron defenderse pero Batman los apaleó sin problemas en cuestión de segundos. Entretanto permanecí con la mujer manteniéndola protegida, consolándola, hasta que sentí una punzada en el hombro, un rasguño nada más pero seguramente con intenciones letales al cuello, eso lo tengo por seguro. Instintivamente me eché para atrás con los brazos en posición de defensa pero únicamente la vi a ella, a la mujer, con una navaja en la mano amenazando con sacarme los intestinos, demente, asesina, decidida a lo que fuera.

“¡Quítale esa navaja!” –ordenó Batman-.

Así lo hice sin ningún problema no sin antes preguntarme por qué alguien haría semejante cosa en contra de sus salvadores. Pero al mirar la esquina del callejón noté a un hombre recogido como una serpiente. Estaba muerto. Un corte de navaja al cuello fue contundente. La chica intentó huir pero Batman la detuvo de un golpe certero a la cara. Ella chilló obscenidades a la vez que se tapaba la nariz para detener la hemorragia.

“Fue un robo –dijo Batman dirigiéndose al viento-. La chica lo llevó al callejón para que los otros dieran cuenta de él”.

“¡Me quería violar –gritó la chica-, por eso me trajo a lo escondido!”.

“Tal vez sea cierto Batman” –dije-.

“¡Silencio borrego! –gritó el caballero de la noche-. A ver si la dejas bien amarrada para cuando venga la policía”.

Nos alejamos de allí trepando a los edificios más altos para continuar con el patrullaje. Batman me llevaba la delantera como siempre, brincando más alto, arriesgándose, actuando con mayor precisión a la hora de disparar el arnés retráctil. Una vez allí, en la cima de un edificio, me detuvo con el poder de su voz pastosa:

“¡Carajo Robín! A la próxima vez que quieras dar tu opinión frente a los criminales, te parto el culo ¿entendido?”.

No me atreví a decir nada. Por experiencia propia sabía que lo mejor era asentir cuando ladraba de semejante manera.

“¡Apura niño, continúa trepando!”.

Últimamente andaba de afanes por encontrarse con Gatúbela la “reformada”, nuestro informante, el amor secreto de Batman. De cuando en cuando hacía “trabajos” por su cuenta, Gatúbela: espionaje empresarial, sabotaje o extorciones a empresarios multimillonarios como el mismo Bruce. Batman lo sabía todo, una treta, el supuesto deseo de trabajar del lado de la justicia. Pero decidía hacerse el de la vista gorda. Estaba perdido.

“Hace más bien que mal –decía para excusarse-. Por eso la dejamos salirse con la suya. Además, si la llegáramos a coger acabaríamos con una relación beneficiosa para ambos”.

“Y para ciudad Gótica, ¿verdad Batman?”.

“¿Te atreves a recordármelo niño?” –gritó con furia, fuera de sí-.

“No quise decir eso Batman, únicamente…”.

Levantó su mano dispuesto a golpearme pero se detuvo en el último instante.

“Mira niño… Llevo haciendo este trabajo tiempos antes de que fueras el Joven Maravilla” –apretó los puños y se tapó luego la cara-.

“Batman, únicamente quise…”.

“¡Me quieres juzgar!”.

No conocía la respuesta. Lógicamente debía decirle “No soy nadie para juzgarte”, pero podría verlo como una señal de debilidad de mi parte, y bien sabía yo su manera de castigar tales faltas.

“No dije nada con eso –continué diciéndole-; sólo que me pareció que debíamos hablar en nombre de ciudad Gótica, tú sabes, excluirnos por su bien, nuestros intereses y todo lo demás, ya me lo has dicho: La austeridad del héroe en cuanto a sus propios sentimientos”.

Permaneció de piedra con esa cara suya tan dura, sin expresión, ausente de vida. Sabía que no debía dejar de mirarlo a los ojos por aquello de estar siempre “alerta”, no bajar la guardia, su más importante lección. No obstante, me encontraba tan atemorizado que casi sentía a las lágrimas salir de mis ojos.

“Es mejor bajar la guardia a que me vea llorando” –pensé-. Pero ¡qué tan grande sería mi sorpresa al escucharlo decir!:

“Te estás convirtiendo en un hombre, joven Maravilla”.

Creí que acompañaría sus palabras con una patada a la cara, más sin embargo dio la espalda diciendo:

“Tenemos una cita con nuestro soplón, ¡andando!”.

Fuimos balanceándonos de edificio en edificio hasta llegar al lugar convenido.

“Robín –habló Batman en cuanto llegamos a la azotea de un gigantesco rascacielos- creo que deberías dejarme solo con ella. Tú sabes cómo se pone cuando estás con nosotros”.

“No lo había notado Batman, pero si quieres yo puedo…”

“¡Te crees mejor que todos nosotros!” –gritó de repente y tan fuera de lugar que temí por mi vida-.

“¡Dios santo Batman, nunca dije eso!”.

“Pero lo piensas niño, yo lo sé, puedo verlo en esa maldita cara tuya y también Gatúbela puede verlo, me lo ha dicho, siempre juzgándonos, hablando a nuestras espaldas, ¡el rey Salomón!, el gran juez”.

“¡No soy ése, el rey Salomón!… ¡anda Batman, yo nunca dije que fuera ningún juez!”.

“¿Acaso vas a partirme en dos como a un puerco? ¿Es eso lo que vas a hacerme, como el rey Salomón con aquellas mujeres y el bebé, para que a última hora se echen para atrás? ¿Eso vas a hacer, darles a escoger, tanto así te crees de justo?”.

Decía tantas barbaridades juntas que no sabía por dónde empezar.

“Mira Batman –dije con toda la humildad de la que pude hacer uso, casi llorando-, te juro que no tengo esa cara que tú dices, de verdad yo no juzgo a nadie, me refiero a ¿quién soy yo para decir lo que está bien o mal?”-

“¡Exacto! No se te vaya a olvidar que yo te saqué de un circo mugroso en donde brincabas de aquí para allá como un mono”.

Empezó a reír después de recordarme mis gloriosos días en el trapecio; pero era una risa aterradora y más si retumbaba en la cima del mundo. “Ahora sí se volvió loco” –pensé-, y de inmediato me dispuse a hacer lo que toda persona cuerda haría en presencia de un loco furioso: reír junto a él. Así lo hice, reír de mala gana pero convenciéndolo al mismo tiempo de que comprendía con exactitud sus ataques de euforia.

“Oye Bruce –le dije con la mayor serenidad posible-, creo que voy a patrullar un poco más antes de ir a la mansión ¿está bien?”.

“Haz lo que tengas que hacer” –respondió antes de entregarse al cobijo de las sombras de una ciudad perdida bajo nuestros pies junto con sus santos y sus pecadores, ignorantes de los terrores de las calles, el mal que nunca descansa, el demonio mismo habitando en los corazones de cada alma perdida en el universo infinito. Nadie más lo sabía pero Batman nos conduciría a la salvación de nuestras conciencias así fuera por cuenta de la ignorancia ajena, el mundo incluso, yo mismo, Gatúbela o su leyenda sempiterna.