Frankestein – Carlos Garcia Jane

Un héroe es una persona digna de admiración por haber llevado a cabo un acto de valentía, por haber conseguido algo excepcional. Tradicionalmente héroes eran aquellos de gran coraje y proeza, especialmente en batallas, ejemplos de moral y de conducta, personas a seguir, aunque difícilmente imitables. Los héroes no lo son en abstracto: siempre lo son para alguien. El héroe de un pueblo, el héroe en una batalla. En una novela, el héroe es normalmente asociado con el personaje principal y, generalmente, se enfrenta a un villano, su antagonista. No hay héroe sin posesivo; sólo tus héroes lo son.

La palabra héroe procede del latín heros, a su vez del griego ἥρως. Etimológicamente significa servir, proteger. Los héroes eran hijos de la unión entre un dios o una diosa y un humano. Aunque abocado al fracaso, propongo el origen de la palabra en el griego ἔρως, amor, porque, al fin y al cabo, todos amamos a nuestros héroes. De eso se sigue que un superhéroe (palabra que por cierto no se encuentra en el diccionario de la Real Academia de la Lengua), es un héroe pero todavía más. Sus poderes son extraordinarios y sus capacidades difíciles de limitar. Técnicamente sólo los personajes de Marvel y DC Comics son superhéroes ya que superhéroe es una marca registrada en los Estados Unidos.

Quizás por todo eso mi elección del monstruo de Frankenstein como mi superhéroe puede resultar extraña, si no equivocada, o por lo menos fuera de lugar. De todas maneras, desde que tengo uso de razón, el monstruo ha estado ahí, ofreciendo no sólo protección sino sobre todo inspiración y paradoja.

No me avergüenza reconocer que al pensar en Frankenstein siempre asumí que ese nombre era el del monstruo. No fue hasta que cumplí veinte años que entendí que Frankenstein era el doctor y que la criatura no era más que eso, un producto, un monstruo. Entonces no solo había leído el libro sino que había visto el monstruo aparecer incontables veces en la televisión y en el cine. Para mí el héroe siempre fue el monstruo, nunca fue el doctor.

A pesar de la continua fascinación que he sentido por el monstruo, durante una temporada toda mi atención fue concentrada en el doctor, en sus esfuerzos sobrehumanos por crear vida, por hacer que la ciencia avance, por acercar el fuego divino a los hombres, por convertirse en Prometeo. El título de la obra de Mary Shelley es Frankenstein o el moderno Prometeo. Cuando caracterizo el personaje, me parece que el monstruo se acerca más a Prometeo que el doctor. Posiblemente, Prometeo se identifique con los dos, ya que ambos están condenados para siempre. Prometeo, junto con otros titanes de la mitología antigua, Ixión, Ticio, Tántalo y Sísifo, entre otros, debe pagar un castigo eterno por un delito cometido contra un dios: hubris, orgullo, arrogancia. El delito del doctor es el haberse atrevido a crear vida, a asimilarse a dios. Pero, ¿cuál es el delito del monstruo? Todavía me esfuerzo por encontrar semejanzas entre Prometeo y el monstruo. Lo que sí me parece cierto es que Mary es ambos el doctor y el monstruo en tanto que autora de uno y resultado del otro. Mary llamaba al monstruo “Adam” y de esa manera, al definir el crimen, definía la condena.

Muchos superhéroes presentan una máscara. La máscara mantiene una distancia entre la gente ordinaria y ellos. La máscara les permite ocultarse del mundo y así ser vistos por lo que representan, sus poderes, sus proezas. El monstruo, en cambio, debe ocultarse del mundo debido a su cuerpo horrible. Tan sólo se muestra (mostrar y monstruo comparten etimología) ante aquel que no puede verle, el ciego, ante aquellos que matará, o ante su creador, que no le mira, sino que le examina, fascinado de sí mismo. El monstruo necesita desenmascararse y ser libremente en el mundo. Pero para eso tendrá que desenmascarar a su creador, denunciar un delito impune. El monstruo es la máscara visible de su creador. El monstruo se esfuerza por mostrar su horrible cara en un lugar donde la belleza no existe, solo dolor, soledad y muerte. Sin origen, cuya búsqueda le anima a encontrar a Frankenstein, y sin destino, ya que no conoce otra razón de su existir que el cumplimiento del delito divino del doctor, el monstruo reside en un mundo sin dicotomías, sin opuestos, sin antihéroes. El doctor y la criatura son el mismo personaje.

A medida que el monstruo aprende, las dicotomías aparecen. Los opuestos se hacen evidentes. La belleza existe como existe la felicidad. Todo lo bueno del mundo le es negado. El monstruo sabe que tiene un padre, el doctor, que no le reconoce, y así niega la posibilidad de que el monstruo sea completo. El monstruo asume que ser humano es aprender, nombrar cosas, experimentar sentimientos, tener anhelos. Para eso el monstruo necesita a su creador, para que le nombre, para que le dé un nombre. El Golem necesita ser animado por la palabra hebrea emet, o verdad. Adam fue creado por Dios de la misma manera que el Golem fue creado por el hombre. El monstruo conoce la alegría porque él siente solo sufrimiento. Conoce el amor porque se sabe solo. Frankenstein nos ofrece la dicotomía como modelo de comprensión: una palabra define otra palabra, una persona define a otra. El doctor es el monstruo. Al fin y al cabo cada uno es su peor enemigo. Creador y criatura cumplirán su pena juntos. Esa es la solución que creo que Mary Shelley ofrece. Esta obra, escrita por mí, ya no es mía, pero es yo. Frente al espejo, tú no eres el reflejo, pero el reflejo eres tú.

Puede parecer que el héroe siempre es otro. El monstruo de Frankenstein, como Arlequino (cuya etimología refiere al nombre de un diablo), existe más allá de su novela porque existe en todas las novelas. O como Hamlet, que tan sólo puede existir en su condición. Ninguno somos Arlequino porque nuestro mundo no es tan ancho. No somos Hamlet porque nuestra condición particular no es concreta. Todo superhéroe se enfrenta a sus orígenes. Todo Odiseo regresa a su tierra. Todo héroe se vuelve villano. Frankentein no se vuelve héroe porque se le impide amar. La novia del monstruo muere al nacer. La esposa del doctor muere en su noche de bodas.

Hamlet pierde a Ofelia. Dante pierde a Beatriz cuando ésta tenía veinticinco años. Todas las novias viven en un futuro que nunca será, el de la ficción.

Frankenstein no está solo. El monstruo cuenta con criaturas semejantes, como Olympia, la muñeca mecánica de Hoffman, al Golem de las historias rabínicas, los homunculus y los doppelgängers, entre otros. Cito estos ejemplos para recalcar que Mary no solo se convirtió en su monstruo, sino que ya lo era antes. Su marido Percy murió ahogado en un lago en Italia poco antes de cumplir los treinta, una semana después de que Mary perdiera un hijo antes de nacer. Percy sostuvo que antes de este evento había conocido a su doble. Percy murió de la misma manera que el monstruo mató a una víctima: ahogándola en el lago. Resulta curioso que James Whales, director de Frankenstein (1931) y La Novia de Frankenstein (1935) se suicidara ahogándose en la piscina de su casa. El monstruo se sabe cuando se refleja en el agua del lago. En el lago el monstruo mata a una víctima. Narciso, mesmerizado por su belleza en el lago, muere ahogado. La Ofelia de Hamlet se ofrece a las aguas.

Finalmente el monstro se presenta no como aquel que cumplirá su condena sino como aquel cuya expiración de sus pecados conducirá a la salvación, a la iluminación. La historia del monstruo y del doctor acaba con ambos caminando hacia el horizonte helado del Polo Norte, hacia una tierra vacía. Me gusta la idea de que el monstruo se convierte en un ser iluminado, en un Buda. El monstruo conoce, como todos lo hacemos, el sufrimiento, la enfermedad, la soledad, el envejecimiento, el dolor, la muerte. El monstruo sabe que no poder tener lo que quiere acarrea más sufrimiento. El monstruo vive que perder lo amado trae sufrimiento. El monstruo se da cuenta de que la pasión de amar y ser amado, de vivir y saber quién o qué es, el deseo de acabar con su vida y unirse con su creador, todo anhelo es el origen del sufrimiento. Y que este anhelo es la razón de que su vida se repita, el eterno retorno de lo idéntico. Por lo tanto, cuando el monstruo hace que su anhelo sea el del doctor entonces encuentra una manera de cesar su anhelo, de separarse de él a la vez que se identifica con él. El monstruo no puede liberarse a no ser que libere al doctor a la misma vez. El doctor, siempre alejado del mundo, jamás podrá regresar. El monstruo, que jamás ha estado en el mundo, ha aprendido a rechazarlo.

En la búsqueda por encontrar el alma de hecho podemos perderla. Quizás la trascendencia proceda de mirarnos en el espejo suficientemente hasta no vernos reflejados. Al final, cuando doctor y monstruo caminan hacia el horizonte, uno ya no persigue al otro, sin pausas ni ventajas, crónicamente condenados a una muerte inacabada.