Crónicas del Brandy – Cont…

Cuando nos pasamos de tragos poca significancia tiene el salario que ganamos, nuestro nombre, los diplomas o el tamaño de un cubículo en la inmensidad del mundo financiero.  Bien podemos vestir con trajes de sastre de lunes a viernes, usar un lenguaje muy pausado y muy elegante para disimular nuestra educación chambona, conocer los lugares de moda, hablar cuatro idiomas, salir con la chica de nuestros sueños o cualquier honor bien o mal merecido, igual, la cochinada y la bajeza que comprende el conjunto de nuestros actos saldrá a relucir inexpugnablemente, sin adornos o excusas de cualquier tipo, la verdadera naturaleza de nuestra alma, nuestra procedencia mediocre… No es nada divertido tener conciencia de esto, pero sí lo es en mayor medida cuando sales a beber con la gente de la oficina, el atajo aquél, tus compañeros de infortunios y demás calamidades.

Era viernes en la noche y un primo que trabajaba conmigo en la entidad financiera bebía con la gente de sistemas.  Él, a diferencia mía, era muy popular entre todos ellos por ser naturalmente simpático, jugar al futbol los fines de semana, salir a sus fiestas de cumpleaños y cosas por el estilo.  En cambio yo no les caía demasiado bien; no era que hiciera nada en específico, simplemente prefería beber con una chica que tenía por aquellos días a extender la semana laboral saliendo con ellos y hablando de lo que hacíamos de lunes a viernes, el sueldo, la cabronería del jefe, etc.  Pero llegó el momento en que me quedé sin nada qué hacer cuando la chica de la que hablo se fue de la ciudad dejándome tan solo como aburrido.  De manera que empecé a salir con estas personas que nada me querían a sus fiestas, partidos de futbol y bautizos.  Al principio me aburría tanto como imaginé, pero después de un tiempo empecé a notar que toda la pedantería de la que estaban hechos no era otra cosa que su básico temor a ser menospreciados por el jefe, tomados por ignorantes o lo que era peor, el infierno sobre la tierra para nosotros los asalariados: ser despedidos.

No se me entienda mal.  Era mi temor también.  Pero a diferencia suya, lo que me movía no era el deseo de escalar posiciones en el mundo del derecho financiero o ser admirado por una chica que ya no tenía.  Simplemente no sabía qué otra cosa hacer conmigo, cómo hacer para ganar dinero y de qué forma ocupar mi tiempo.  Además, tenía un apartamento cuyo contrato vencía en siete meses (incumplimiento de contrato) y un montón de cosas compradas con tarjeta de crédito (demandas, procesos ejecutivos) de las cuales debía cancelar una serie de cuotas cada mes.  De manera que estaba totalmente atrapado al igual que ellos.  Si cometía un error, si dejaba que notaran mi falta de motivación, me vería acosado por personas que como yo, se ganaban la vida demandando en nombre de un banco a los pobres diablos que se endeudaban hasta los ojos; recibiría las mismas llamadas repletas de fría cortesía de parte de las chicas con las que trabajaba: “Buen día señor, llamo del Banco (…) y quisiera recordarle que de no cancelar la cuota de este mes, nos veremos en la obligación de llamar a su codeudor para avisarle que deberá responder en su nombre, además… ”. Por lo general el codeudor o “fiador” es la mujer de éste pobre miserable quien no ve la manera de explicarle a la señorita del banco, la que hace la llamada, que si su mujer se llega a enterar de dicho incumplimiento lo abandonará sin mayor contemplaciones, el “strike tres” que es como casi siempre lo llaman, la última oportunidad, la copa que rebasó el vaso.

Y entonces allí estaba yo, temblando de miedo igual que ellos un viernes por la noche, incómodo por mi ridícula timidez, bebiendo hasta hablar pastoso.  Ellos no lo notaban porque bebían aún más rápido que yo.  Lo presentes era: Aurelio, Ximenita, Edgar, mi primo y su novia, un amigo en común y yo.  Aurelio era el jefe de sistemas y se hacía llamar a sí mismo el Rey, por su disposición para fecundar a tantas mujeres como le era posible.  Ximenita era la secretaría de Gerencia y su tópico de siempre eran las dietas que nunca le funcionaban y las novelas de la noche.  Edgar era el gerente de una de las oficinas; un buen tipo si se exceptúa la fea costumbre que tenía de hablarle a las chicas como si estuviera negociando un polvo con ellas.  Mi primo es un hombre decente así como lo es su novia y el amigo de él.  Yo soy Fabián Santa y no soy más de lo que puedo ser el día de hoy.

Ocupábamos una mesa en una discoteca cualquiera.  El Rey y Ximenita no hacían más que restregarse en la pista de baile y Edgar miraba con descaro las tetas de la novia de mi primo.  Yo hablaba con el amigo de mi primo y mi primo no sabía si encarar a Edgar ya que era su jefe directo.  La novia, más adelante en la noche, lo trató de cobarde por no velar por su honor vapuleado: “No voy a pelear con él sólo porque te mira” –dijo mi primo-, a lo que ella contestó: “¡Pero si me ofreció plata por acostarme con él!”.  Ni mi primo ni su novia hicieron algo.  Se limitaron a pelear en una esquina junto al baño.  Su amigo hablaba con Ximenita y el Rey los miraba desde la mesa con un aire homicida en los ojos.  Edgar y yo empinábamos trago tras otro y reíamos de su proposición hecha a la novia de mi primo: “Entonces Santa, le dije que podía darle un par de areticos de fantasía si se decidía a salir conmigo, y como se negó haciéndome una cara indignada, me fui de una con doscientos dólares a cambio de un polvo en el parqueadero”.  Reímos hasta caernos de la mesa porque la suya no era una propuesta verdadera, un chiste, eso era todo, reírse de la chica que tan digna se mostraba todo el tiempo regañando además a mi primo por cualquier cosa, una “castradora” que era como la llamaba Edgar, una mujer Generala.  “Cuando son amables las trato como a mi propia mamá, pero mírela Santa, sólo lo intimida, todo el  tiempo, y lo trata como si fuera un niño”.  De manera que su grosería era fingida, un truco para sacarlas de su seguridad artificiosa.  De todas formas, me agradaba la novia de mi primo.   Era una buena chica.  Nada más que suponía al mundo como una cosa de su pertenencia y a la gente que lo habitaba también.