La belleza que vale la pena

Vivir en Europa me ha permitido pasar por un proceso de transformación personal que a mi parecer está estrechamente relacionado a la libertad. No, no me refiero a ese momento en el que uno se ve libre de ojos conocidos, pudiendo hacer lo que se le venga en gana sin preocuparse de aquel que ve. Para nada. Hablo de la emancipación del ser, de la terminación de la esclavitud a la que nos somete el cuerpo, sobre todo cuando vienes de una sociedad tan preocupada por el exterior como la latinoamericana.

El mes pasado leí una columna en donde Florence Thomas, una reconocida defensora de los derechos de la mujer en Colombia, le escribía una carta abierta a la diva por excelencia de mi país, para pedirle que dejara de promocionar y perpetuar imaginarios de belleza y juventud prácticamente inalcanzables y dañinos. A raíz de ésta y la polémica que causó por criticar a aquella que pareciera ser el ideal en lo que a ser mujer se refiere, recordé cómo ese kilo de más me parecía tragedia cuando vivía en Bogotá, a veces hasta determinando mi vida con la excusa de no tener las medidas que se suponía tenía que tener. Y cómo no, si las calles y canales del país cafetero no son sino escaparate de una competencia para ver quién es la más joven y la futura top model que evita la edad a punta de bisturí, gimnasio y/o inanición; todo ello con la aceptación y celebración de hombres y mujeres.

Valiente Thomas por decir lo que piensa siendo mujer y viviendo en una sociedad que a veces vive demasiado de superficialidades y en donde el imaginario de la belleza femenina ha alcanzado los límites de la locura, excluyendo a la que no puede parecérsele, así como al que no puede alcanzarlo. Desde las tiendas que sólo venden ciertas tallas y ciertos estilos porque todas debemos medir y vernos de la misma manera, hasta las conversaciones femeninas y masculinas que parecieran en muchas ocasiones girar alrededor únicamente de lo tangible: qué tan flac@, cuál carro, cuál casa, cuál marca. Valiente porque más de un@ la llamará envidiosa sencillamente por hacer un llamado a la realidad para que dirijamos la mirada hacia aquello que tiene peso y verdaderamente importa.

Claro, todas queremos vernos bien, pero ¿a qué precio? Muchas y muchos creerán que estoy resentida porque nunca he sido material de pasarela actual, pero no hay nada de eso, sino que creo que lograr ser joven y despampanante eternamente es un trabajo pesado que te quita tiempo de vivir y hasta de sentir. No  veo cómo es imposible disfrutar la vida cuando no se puede explotar al máximo el sentido del gusto y mucho menos cuando entre el trabajo y la casa sólo hay gimnasio o postoperatorio, a menos que estos últimos sean el objetivo en particular de las personas envueltas en ese imaginario inalcanzable de exteriores eternamente perfectos. No, gracias, no es para mí.

No es que desdeñe la belleza, porque a fuerza de observación he aprendido a encontrarla en variados formatos y estilos por ver cosas distintas, aceptándolas y apreciándolas desde la hermosura de su diferencia. También encuentro lo bello que cada año de nuestra existencia aumenta a nuestra piel, inflexión de voz, sonrisa, arrugas de reflexión; todo ello reflejos de cómo has vivido, ojalá con suficiente satisfacción y sabiduría para soltar al cuerpo y dejarse únicamente ser. No se trata de no buscar la belleza, se trata de saber cuál es el tipo de ésta que vale la pena encontrar.

En el “viejo mundo” he aprendido que es cierto eso de mantenerse joven en espíritu, manteniendo las ansias de descubrir el mundo, de aprender y aportar. Creo que eso es lo que significa no ser viejo, un estiramiento de la mente y el espíritu, no de la piel. También pienso que de esta vitalidad, alegría y constante búsqueda es de donde surge la verdadera belleza, el perfeccionamiento del ser.

En tierras europeas también hay quienes dejan que su cuerpo los esclavicen, pero no creo que hoy en día un medio como BBC radio abriera espacio en horario principal para que la diva nacional se defendiera de lo que fue interpretado como un ataque. Quizá porque aquí no es sólo una persona la que, a voz abierta, critica y se rebela contra ese modelo. Además este mundo está demasiado cabeza abajo para centrarse en tantas trivialidades.

Me pregunto si después de tanto revuelo con la “polémica” columna se consiguió que la gente se enterara que las palabras allí escritas, y de muchas otras que estamos de acuerdo con ella,  van más allá de un asunto de envidia, de belleza o de ansias por la eterna juventud. Es un asunto de fondo, de amor a la vida, a las experiencias de la vida, al escoger lo pesado por encima de lo ligero, combatiendo los mensajes perversos que refuerzan ese imaginario dañino que la sociedad promociona y al que nosotros mismos, como perpetuos masoquistas, le hacemos el marketing gratuito.