Vagabundo

Por: Julian Silva Puentes

Imagina que eres un vagabundo que va por la calle caminando según el ánimo de tu espíritu… el color de tu pelo es blanco como las nubes del cielo, eres tan pequeño que podrías caber en el bolso de alguna de esas chicas ricas de la televisión, tu aliento huele a croquetas, eres suave, afelpado y mullido.

Ahora imagina que absorbes una infinidad de olores fascinantes que para los humanos son repulsivos.  Tienes al mundo a tus pies y las posibilidades son infinitas.  Bien puede llover o hacer calor, viento de vendaval, carros amenazadores gritando desde el asfalto promesas de muerte bajo sus terribles pasos… incluso te pueden golpear por el mero hecho de que existas, la gente terrible, la gente que tan violenta y maligna es, ellos mismos, la gente, las personas gritando maldiciones desde sus carros a un millón de velocidades por segundo.  Pero tú continúas en lo tuyo, prestando atención al ladrido de algún perro vagabundo como tú en la inmensidad de la calle, la promesa de una aventura, una historia sin contar.

Supón que saliste corriendo de tu casa en un momento de descuido de tus amos mientras peleaban con la señora de la leche.  Imagínalos gritando ajenos a lo que sucedía a sus pies, pero tú mirabas a las estelas luminosas de la calle brillar bajo el reflejo del sol y no lo pensaste dos veces: te pegaste a la pared, acompasaste tus pasos con los latidos de tu corazón, dejaste de respirar, diste un último vistazo a la cara arrugada de tu amo y notaste su expresión de batalla… la señora también contraía la jeta, hacían muecas muy feas, de ataque, de mordisco y de sangre.

No querías más su compañía, sus sonrisas o sus caricias; tal vez lo dudaste por la niña.  A ella es a quien extrañas desde que escapaste y sabes que tu ausencia le causará un gran dolor.  Pero piensas cada vez menos en esas cosas… una pila de basura distrae tus remordimientos y olvidas poco a poco la vida que algún día tuviste.  A lo mejor ellos te olvidaron a ti también; quizás te reemplazaron por un gato somnoliento o se hicieron de un perro más grande que tú para cuidar de la casa, una de esas bestias brutas que tanto le gustan al papá.

A ése lo extrañarás menos, al grandísimo cabrón… tan malo que fue siempre contigo: golpeándote cuando nadie lo veía y amenazándote con abandonarte en algún lugar lejano a la primera excusa.  Era él quien peleaba con la señora de la leche, siempre haciendo caras de guerra, gritando todo el tiempo, buscando razones para lastimarte.  No es un hombre feliz.  Tal vez está triste por algo y no sabe cómo hacer para sentirse mejor.  En la casa todos le teníamos miedo, especialmente la niña.  Cuando la llamaba al llegar en las noches, me agarraba por las costillas para ir a esconderse conmigo en el closet.  Su corazón palpitaba desesperado al igual que el mío.

“¿Y la niña?” –preguntaba a su mujer-.

“Debe estar por ahí amor, anda, tú sabes lo emocionada que se pone de oírte llegar”.

Eran mentiras y ambos lo sabían.  Especialmente el padre.  Pero se hacía el tonto porque reconocer que su hija le temía era tan duro como saberse incapaz de ganarse el aprecio de su familia.  Por consiguiente todos lo pasaban mal en esa casa, incluyéndome a mí que conocí tan bien la suela de sus botas militares.  Y lo hacía él, patearme el culo, con una sonrisa de satisfacción pintada en la jeta.  Tanto sería su deleite, que en ocasiones me engañaba con un trozo de pan para ir donde él estaba y sorprenderme con un puntapié muy curiosillo: no tan fuerte como para matarme, pero sí lo suficiente como para hacerme chillar de dolor.  Se reía el muy desgraciado, disfrutaba de mi ingenuidad perruna, y más cuando luego de golpearme volvía a engañarme una vez más con el mismo pedazo de pan.

Ahora imagina que correteas a un grupo de palomas en el parque.  No piensas lastimarlas, aunque todo caso nunca lograrás agarrarlas.  Son muy listas para ti, además, saben volar y ese es un truco que jamás aprenderás.  Quisieras hacer lo que ellas: volar hasta los confines infinitos del universo.  Pero tus patas enclenques nunca podrán moverse a la velocidad de sus alas.

En todo caso ignoras los secretos de las nubes y del cielo y comprendes que antes de emprender semejante aventura imposible deberás andar el mundo del que viniste, la tierra y sus innumerables complicaciones, aquel ladrido perdido en la lejanía, el basurero del lado norte de la ciudad, cruzando el parque, en donde seguramente te esperan un millar de tesoros ocultos debajo de los desperdicios del hombre a los que tú llamas “oportunidad”, sus olvidos, su comida malograda, árboles de navidad marchitos, luces de olores rotas, guaridas mullidas al interior de cacharros malogrados… El reino de las pequeñas cosas, aquellas que se pasan por alto a diario y que comprenden la alegría máxima de la existencia: vivir una vida sin alusiones de grandeza, ambición desmedida o nociones de un éxito superfluo.

Ahora escucha atento, escucha bien: la lluvia empieza a caer sobre las criaturas de este mundo y del otro.  Tienes frío y hambre.  Extrañas las caricias de la niña y la comida caliente, pero las luces del parque se encienden y las estrellas en la noche mágica iluminan un firmamento oscuro y eterno… la lluvia cesa de pronto y la gente sale a caminar y la música estridente llega quién sabe de dónde.  Te gusta el movimiento, te gusta el pequeño caos del parque.  Ya no sientes frío, y el hambre, la del cuerpo, esa que te lleva a vivir en una casa de bestias desalmadas para procurarte un día más de energías que al fin y al cabo terminarás desperdiciando, se apacigua con un trozo de pan al final de una caneca cualquiera en la misma ciudad que te mata de un momento a otro… Pero una rata veloz pasa por tu lado y la persigues sin pensarlo a través de arbustos y escondrijos secretos.  Es más rápita que tú pero la persigues de todas formas.  A lo mejor la alcances y tengas la barriga llena hasta la mañana, o quizás desaparezca para siempre de tu vida y debas buscar otra manera de alimentar las entrañas… ¡Bah! En todo caso el mundo dejará de existir algún día y tú con él; por eso es que corres hasta que las fuerzas te abandonan sin mirar atrás, y lo haces por mares y montañas y en medio de la luna y las estrellas, porque lo único que importa en el mundo es correr y nunca parar, sin decir adiós o intentar explicarte… porque lo único que debes hacer es huir con todas tus fuerzas, y debes hacerlo corriendo hasta reventar.