Temporada baja

Por: Bee Borjas

Faltaban pocos minutos para las 12.30 del mediodía y las gafas oscuras lo protegían de la brillante luz del sol. Inclinado sobre la mesa del  bar, saboreaba una exquisita cerveza rubia que le helaba ligeramente la garganta.

Estaba nervioso y lo sabía.

Detestaba los días de Febrero. Ese mes se le tornaba penosamente amargo. La ciudad se hallaba vacía. La mayoría de la gente estaba de vacaciones, por ende él casi no tenía trabajo Ya no era una cuestión económica. Al fin de cuentas, después de tanto tiempo, su oficio se había convertido en una innegable necesidad.

Le dio una pitada postrera al cigarro y arrojó la colilla dentro del cenicero. Sus oscuras pupilas, escondidas tras los cristales ahumados, escrutaban a cada uno de los personajes que pasaban por allí.

Intentaba distenderse observando a las decenas de turistas que desfilaban por las elegantes calles de la ciudad. El crisol de razas y exóticos idiomas le recordaban de manera contundente que aquella no era su mejor época del año.

Intentando contener una incipiente crispación, introdujo su mano en el bolsillo del pantalón y el frío roce del metal logró distender su nerviosismo. El corazón comenzó a latirle más lentamente y recuperó con dificultad el ritmo natural de su respiración. Una mueca cínica se le dibujó en los delgados labios. La mesera se le acercó de manera cordial.

-¿Gusta otra cerveza? – le insinuó la joven con un mohín felino.

Aceptó la propuesta y dejó que su mirada recorriera con placer la sensual figura que se alejaba hacia el interior del bar. Suspiró con desgano y sorbió un buen trago de cerveza, de pronto y como si se tratara de un mensaje proveniente del infierno, el celular comenzó a vibrar de modo insistente. Atendió la llamada con sofocada ansiedad.

Los datos fueron precisos. No necesitaba más.

Pagó la cuenta del bar y se dirigió con paso acelerado hacia la zona del bajo. Cruzó la Avenida 9 de Julio y bajó por la calle Paraguay hasta Paseo Colón. El edificio de piedras grises se elevaba majestuoso a pocos metros de allí. Ingresó al hall. Estaba desierto. Sin duda todos los empleados se encontraban en su hora de almuerzo. Subió las escaleras con decisión. No le costó mucho tiempo identificar la oficina que estaba buscando.

Golpeó la puerta del despacho y esperó.

-¡Adelante! –ordenó una voz desconocida.

Detrás de un escritorio, un hombre de mediana edad, ni siquiera le dedicó una ligera mirada. Mientras discutía por teléfono, bebía café y fumaba un habano que intoxicaba con el denso humo todo el lugar.

El hombre finalizó la conversación y lo observó por primera vez. La adrenalina empezó a transitar su cuerpo a una velocidad inusitada.

-No es personal. –dijo sin el menor atisbo de pesar.

El disparo se incrustó en medio de la frente. El voluminoso cuerpo cayó de bruces sobre el atestado escritorio.

Cuando salió de la oficina, sólo se escuchaba en la radio una vieja canción de los 90.

“Me verás volar por la ciudad de la Furia, donde nadie sabe de mí, Y yo soy parte de todos”

Cinco minutos más tarde abandonó el edificio, marcó un número telefónico y lo dejó sonar 3 veces. El encargo ya estaba realizado, sólo le restaba cobrar el trabajo.

Por fin comenzaba la época de cacería, la temporada baja había terminado.