Diosas de la noche, Carne para las Hienas

Por: Diana Beláustegui

María y Cándida trabajan limpiando las oficinas del Sector C de administración. Es viernes y entre risitas comentan los planes nocturnos. El pago semanal se hará a las seis de la tarde y tienen siete horas más para ir de compras y pasar de ser cenicientas a princesas rabiosas de poder.

Con el escaso sueldo que cobran se las arreglarán para comer algo liviano y comprarse unos zapatos que figuran en liquidación. Están seguras que esa noche será “la noche”. Le brindarán al oscuro submundo de la algarabía el perfecto espectáculo de dos diosas adolescentes deseosas de aventuras, amores y bailes lujuriosos.

Mientras se visten, Juan llega con una botella de cerveza.

¡Juan es lindo! Tiene esos ojos azules que martirizan a cualquier niña y una charla que se adecua a cualquier edad.

Ellas lo han escuchado hablar de cirugía de alta complejidad con unos médicos del Sector C de administración y luego conversar con ellas del rock chabón que se mastica los viernes a la noche para relajar la mandíbula que se tensa durante la semana. Juan, es un buen tipo. Se muestra atento, ha llegado hasta la casilla que comparten para ahorrar gastos y les lleva cerveza antes de salir a bailar, contentas, y con toda la “buena onda”.

¡Sí!, Juan es un tipo que tira buena vibra.

Les ofrece llevarlas y en el auto hay más bebidas. Unas azules de sabor dulzón, otras verdes que queman y un polvo blanco que él les invita a aspirar.

María y Cándida son dos niñas con suerte, esa noche serán mujeres de pechos perfectos que doblegaran a cuanto hombre se cruce en sus caminos. María y Cándida se ríen divertidas y prueban el fruto prohibido que les abrirá los ojos a una dimensión desconocida de placer carnal.

Saltan, se avientan a ello. Nada en este mundo les será negado. Son diosas de la noche con mirada gatuna. Ninguna quiere arruinar la noche de la otra. Ninguna acepta que los mareos son cada vez mayores y que el estómago está a punto de reventar.

Los ojos gatunos se pierden en un sueño conciliatorio. Un pequeño descanso y estarán como nuevas. Sólo basta cerrar los ojos unos minutos.

María se despierta con la voz de Cándida que la llama. No logra reconocer el habitáculo donde se encuentra o el lugar desde donde le llega la voz de su amiga. El dolor que el cuerpo le manda, como ondas destructoras a su cerebro, es algo que a duras penas logra controlar.

Se incorpora, está en una cama maloliente, con un líquido pegajoso en la zona abdominal.

El dolor es profundo. Llora. Corre la sábana y descubre una herida suturada con un cosido rústico en la zona derecha de su vientre. Un alarido agudo le lastima la traquea en un intento por entender.

La aguja aun está clavada en un punto que no fue cerrado en su totalidad.

-María no grites- le susurra Cándida, regresándola a la realidad brutal. La busca con la mirada paciente, tratando de encontrar su rostro en la penumbra.

Se levanta como puede, camina hacia la entrada, la pieza es pequeña, oscura y huele a muerte. La puerta se abre y reconoce la silueta de su amiga.

Llora al verla y le extiende los brazos para abrazarla, pero Cándida la detiene.

-No te acerques. No me mires- le ruega -Vamos a salir de aquí.

-¿Qué te hicieron? – llora la niña, intentando alcanzar a su amiga que se aleja presurosa, tropezando en la oscuridad del pasillo, buscando la salida a esa trampa mortal.

Le duele la herida, camina con dificultad, pone la mano arriba de la enorme aguja para que no se enganche con nada, intenta no mirar y llora.

- Mami- grita desesperada.

- Mami- solloza en un intento sobrehumano por responder con fuerzas y no sucumbir al dolor y la sensación de perdición.

- No grites María- le ruega la niña que va delante.

Llega a la puerta y la abre, afuera está la salvación, una oscura noche rodea el lugar y la calle está desierta, ¡pero es la salida!

María se ajusta la sábana a su cuerpo desnudo y herido. Sale.

Aún no le ha visto el rostro a Cándida, siempre se mantiene en los ángulos oscuros y su silueta tiembla, no atraviesa el umbral.

-Vamos- la incita y le tiende la mano.

-No María, hasta aquí llego, corre y busca ayuda.

La muchacha se horroriza ante la idea de dar un paso más allá sin su compinche. Quiere acercarse y Cándida cierra la puerta y le grita.

-¡Corre María! pueden estar por regresar, corre y busca ayuda.

Un auto se acerca.

El desespero se apodera de la adolescente que llora adolorida y sumida en un trauma profundo cruza la calle alienada, gritando a rabiar, corriendo ya sin sentir como la aguja se enreda en la sábana y tira de los puntos haciéndola sangrar.

Contarte como María consiguió ayuda está  de más.

Tú, lector, lo puedes imaginar: el horror, el dolor, el instinto de sobrevivencia, la fuerza de una adolescente y sus ganas de vivir.

La casa estuvo rodeada por la policía en menos de una hora. La ambulancia, con ella en su interior, se trasladó al lugar para rescatar a la otra niña que seguía prisionera. Le hablaron del tráfico de órganos y que tendrían que hacerle una serie de estudios para saber cual faltaba en su interior.

La sola idea de que le podían haber robado un pedazo de su cuerpo no tenía cabida en esa mente de niña inocente, como tampoco el hecho de que su amiga había tenido una suerte peor. Cándida estaba muerta.

Le habían sustraído el hígado, riñones y globos oculares con tanta saña que su cuerpo estaba prácticamente destrozado. La doctora que intentaba calmarla le explicó que era imposible que Cándida la hubiese ayudado en el escape, porque la niña llevaba muerta varias horas.

¡La niña! ¡La niña muerta! ¡La niña muerta hacía varias horas!

No era posible, estaba segura de que su amiga se había arriesgado a todo para salvarla.

La aguja se insertó en el brazo y la calma llegó en cuentagotas. Se desdibujó su entorno. Sentía como la doctora le acariciaba el cabello y pudo verla detrás.

¡Su Cándida la miraba desde atrás!

Intentó levantar el brazo para señalarla y que los otros pudieran verla también, que estaba viva, que era su ángel guardián… pero el sopor de un tranquilizante endovenoso la sumió en el más profundo y triste de sus sueños.

La pesadilla había comenzado y tardaría en terminar.