VILLA MARÍA DESDE EL BUS

Por: Ivan Wielikosielek

Cuando el colectivo va llegando a la ciudad, siempre hago el mismo ejercicio de la imaginación: mirar por la ventanilla como si llegase aquí por primera vez. Me pregunto si me fascinaría por lo mismo que ahora me fascino, por esas pobres postales entrevistas de manera fugaz y que a nadie interesan salvo a mí. Por la visión nocturna del cementerio judío, por ejemplo, con su oxidada estrella de David contra un paredón de cal donde se mueven las sombras de los eucaliptos. O el caserío de barrio Sáenz Peña con sus taperas blancas y las luces azules de sus almacenes arruinados. También me pregunto si de pasar por primera vez por esta ciudad me detendría a mirar la estación de servicio de la curva y su comedor repleto de familias vestidas como para ir al cine, esas familias que cenan milanesas y mirando partidos codificados bajo tubos fluorescentes. O si me daría vueltas para ver (hasta que el ángulo me lo permita) la casa abandonada frente al molino en la curva de Vélez Sársfield; aquella casa de ladrillo y puerta celeste que está igual desde que yo era chico. ¿Qué cosas miraría yo si tuviera ojos de turista cuando el colectivo entrase a una chata ciudad de la llanura llamada Villa María? ¿Qué imágenes de las que hoy son esenciales para mí dejarían de tener interés y qué otras serían importantes, de pasar yo por primera vez por la ciudad? Estas son las cosas que me pregunto en un vano intento por vivir otras vidas posibles desde otras miradas posibles. Pero hete aquí que el bus dobla por Bulevar España y al perfilarse hacia la terminal me deja entrever la línea de luces verdes del alumbrado; sus palmeras que no son salvajes y que duermen desmelenadas hacia abajo, la esquina del almacén de Perossi y la parada de bus de calle Santa Fe con un puñado de almas esperando en el frío. Y un poco más adelante fotografío con la vista un desnudo pasillo a la intemperie: es la calle en la que vivo. Me bastan menos de dos segundos para ver, de un solo golpe, la luz del kiosco de Celia que justo sale a sacar la basura, el cartel celeste de la panadería de Mario y Nadia y la silueta lejana del auto de Silvio, un Chevy modelo ´78 que hace meses está muerto sobre el asfalto mientras su dueño le hace chapa y pintura. ¿Qué podría significar esa calle para un pasajero desprevenido? Pero ahora que por unos segundos me he olvidado de quién soy; ahora que miro por primera vez una calle que al fondo se hace de tierra y luego se vuelve camino y más atrás se convierte en campo, he sentido una extraña nostalgia. Como si ese pedazo urbano de universo que se abarca en menos de dos segundos, guardara en el fondo algo que me pertenece por encima de todos los paisajes. Y así es como mis ansias de ser otro se vuelven melancolía por dejar de ser el que soy. Y repentinamente he sentido un extraño cariño por esa calle, mi calle, la única en donde habito en este universo.

Y al bajar del colectivo y remontar el boulevard he ingresado en la calle. Y he visto, efectivamente, la bolsa de basura que ha sacado Celia en un canasto. Y a la madre de Celia también, una pobre vieja al fondo de su almacén vacío dando vueltas con unas tazas en torno del televisor prendido. Y he visto al Chevy verde de Silvio cubierto con papel de diario y marcas de antióxido y una puerta que ha dejado como nueva. Y al pasar frente a la panadería del barrio, Mario me ha saludado: “¡Ehhhh, Gringoooooo!”. Siempre me dice así y yo le sonrío levantando la mano de lejos. Como cada vez que paso en bici y Mario está cerrando la persiana y Nadia, que está embarazada de ocho meses, apaga la luz y sale con una bolsa.

Y a pesar de que no tengo una familia (aunque la tuve) y a pesar de que hace años que estoy solo (aunque una vez viví acompañado), he sentido una súbita felicidad por estar otra vez aquí y no ser ese hombre del bus, que miró esta calle por primera vez y sin acusar recibo la cruzó para siempre. He sentido una súbita felicidad de haber recuperado la melancolía que me correspondía. Y entonces he abierto la puerta de casa, he prendido la luz y esta vez no he pensado en Helena que ya no está. Sino que pensé en la madre de Celia haciendo un té, en Silvio y su auto, en Mario, Nadia y su hijito por venir, y me he sentido extrañamente acompañado. Por eso es que lleno la pava con agua, prendo la hornalla de la cocina y, mientras miro esa margarita azul de pétalos de fuego, le digo “buenas noches” a todos. Incluso a los que pasan a lo lejos en el bus y esta calle no les dice que están llegando a casa.