Salud

La única luz presente se filtraba en el pequeño espacio que separaba la puerta del piso del baño; los codos apoyados sobre la rodillas, el frio en la espalda, el sabor amargo del vodka y la cabeza a punto de estallar. Allí estaba ella, su imagen. Los ojos con el maquillaje manchado a causa del sudor y el llanto. La noche se había presentado de manera dramática para los dos y tal vez fue por eso que encontramos, sólo en el alcohol, una nueva forma de expresión.

Bebimos hasta el amanecer, hicimos el amor una y otra vez hasta que nuestras mentes volvieron, por una u otra razón, a la dura realidad. Allí estábamos, amándonos, mientras a ella la esperaba su futuro esposo en algún rincón de la ciudad. Él, escritor y músico, la imaginaba siguiendo instrucciones del jefe de turno. Esta vez las instrucciones venían del amante, las instrucciones las dictaba yo.

Nuestro amor se fugó por la ventana en busca de la primavera, el dolor tocó a nuestra puerta y nos enseñó a olvidar. Me fui, nos fuimos, cada uno por su lado. Hasta ese día, cuando por casualidad nos encontramos comprando artesanías baratas en el centro de la ciudad.

Nos sabíamos anónimos, de otro lugar, tal vez por eso se hizo fácil tomarla de la mano y susurrarle al oído lo mucho que la había extrañado. Le susurré también lo mucho que aún la amaba y las ganas, tremendas, de recorrer su cuerpo con mis besos. Ella, por su parte, me dijo que el amor era el más oscuro de nuestros colores, que la pasión la confundimos con las ganas y que ella, también, moría por estar una vez más en medio de mis sabanas. Así fue, nos olvidamos de él y de ella, para entregarnos al amor. Aunque éste fuera sólo una casualidad.

Llegamos a mi apartamento por caminos separados, la locura la dejaríamos por supuesto para nuestra intimidad y guardaríamos, aunque no lo quisiéramos, lo poco que aún quedaba de apariencia. Nos entregamos a los besos, a las caricias, al deseo. Hicimos el amor por vez primera como si fuera esta la primera vez, luego comenzamos a llorar. El recuerdo de todo lo que fuimos nos encontró desnudos en la misma cama que tantas noches nos vio amarnos. La nostalgia se presentó radiante con el llanto en la maleta.

Brindamos una y otra vez por el pasado, por los dos cuando fuimos sólo uno. Brindamos con lágrima en los ojos y dolor en el corazón. Lo nuestro, nosotros, éramos parte de un pasado irremediable, de un amor vegetal a punto de morir. Lo nuestro era sólo recuerdo.

Antes del amanecer pidió un taxi, nos fumamos un último porro y se despidió sin articular palabra. Me dejó, una vez más, como nos hemos ido dejando año tras año en nuestras vidas.

Allí, en el banio de mi apartamento, luego de una noche absurda, una pequeña luz se filtraba por debajo de la puerta. Es la luz del futuro, pensé. Es momento ya de albergar nuevas esperanzas, de admirar otras luces, otros colores. Fue así como sin pensarlo dos veces me levanté dispuesto a acabar con la penumbra del encierro y también con su recuerdo. Encendí la luz para terminar de una vez por todo aquello y fue entonces cuando vi, escrito de rojo en el espejo, lo que era noche fue su despedida: “No me digas que me fui, cuando siempre estoy de regreso”.