Crónicas del Brandy

Despertar luego de que tu banda tocó tan mal la noche anterior es casi igual de malo que abrir los ojos con la brumosa conciencia de saberte junto a alguien en la madrugada, una chica sin rostro, de quien no recuerdas absolutamente nada.  Sé que entré con ella y sé que nos revolcamos hasta que uno de los dos vomitó entre las cobijas.  No recuerdo quién fue el autor de la vomitona porque el sabor a enfermedad es el mismo de siempre que bebo brandy, no importa si me hace daño o no, igual amanezco con la sensación de morir un poco, consciente además de todo lo que me rodea pero sin las energías suficientes como para levantarme y hacer algo al respecto.

Es duro amanecer de esta manera, con recuerdos vagos de la noche anterior (victorias y errores, peleas, revolcones prohibidos…), y más cuando se padece de la paranoia de la borrachera posterior, aquella que insinúa un millón de errores desconocidos, como el de aquella vez, cuando tenía 18 años y me aventuré con una ex compañera del colegio de mi hermana.  Se trataba de alguien cuatro años mayor que yo (diferencia enorme cuando se tiene 18 años), y aunque no quería cambiarme por nadie en el mundo entero, en el momento en que toqué sus labios, tuve la seguridad de besar a mi hermana en lugar de a la chica en mención.  Sentí ganas de vomitar y de gritar al mismo tiempo (ambos estábamos borrachos), sin embargo, el sexo era un asunto escaso para mí en aquella época y una oportunidad como esas rara vez se me presentaba.  Por eso seguí adelante pese a que mi libido se transformó en una euforia terrorífica, de esa misma que produce consecuencias de potencia en el aparato del hombre, la virilidad, el aparato averiado, en fin, cuanta cosa se quiera.  Balbuceé algo con respecto a que los tragos me impedían funcionar como era debido, asunto del que sin ningún temor se ocupó usando sus manos y su boca, hasta que por un instante se “paró” una vez más, dispuesto a lo que fuera, pero mi persona, mi “yo” moral, la conciencia que le llaman, esa misma, la que durante unos pocos minutos cedió el control al cerebro REPTILIANO (llámesele instinto), y todo por encontrarme experimentando la que fue mi primera chupada, recobró su presencia de ánimo cuando intenté abrirme paso entre sus piernas.

Fui consciente al fin de lo que hacía, aterrado hasta lo indefinible, y ésta, la chica a quien sentía tan cercana a mi hermana, ella misma, al verme así de confundido, me empujó hasta dar de lleno en el interior de sus entrañas.  Mi primera reacción fue la de permitir al placer embargarme hasta la médula, pero la imagen de mi hermana continuaba en el lugar que le correspondía a la dueña del cuerpo que recién conocía.  Intenté disfrutar a pesar de las terribles alucinaciones que padecía, moviéndome de atrás para delante, persiguiendo el estallido que cegaría todos los problemas del mundo.  Sin embargo, la culpa fue más grande que una futura explosión orgásmica, y en lugar de concentrarme en lo que realmente buscaba, presté atención a la voz de mi madre proveniente de algún lugar del mundo… La culpa, la vergüenza de saberla atenta a mis pecados y la condenación eterna en sus ojos inquisitivos, la turbación de la borrachera, la confusión máxima, en fin, imagínese usted lector, hágase la idea de creer escuchar la voz de su madre mientras lo “hace” con alguna chica en la infinidad de la nada… La infinidad del mundo del borracho, su prisión, la salvación del mundo.

No recuerdo con exactitud qué sucedió después.  Desperté solo, eso es seguro.  La chica se largó en algún momento dado tal vez mientras lloraba arrepentido, o quizás cuando caí inconsciente.  Sobra decir que nunca más hablamos.  Sentía demasiada vergüenza como para explicarme, además, ella pensaría que estaba loco.  En todo caso se trató de una confusión agravada por el brandy, una simple alucinación, un espejismo aterrador.

Pero en esta ocasión el peligro fue más grande que ser consciente por primera vez en mi vida del complejo que me aqueja, el edípico, con respecto a mis hermanas y a mi madre (no soporto acostarme con una mujer mayor que yo).  Fue más complejo que eso, algo mucho peor, algo trágico si llegaba a saberse, especialmente por mi novia, mi chica, la muñeca de la noche por excelencia.  Es ella el tipo de persona que no da segundas oportunidades, especialmente si se trata de una traición.  Ahora bien, como no sabía con exactitud lo que había hecho en la noche, opté por no llamarla para tener tiempo de averiguar qué tanto sabría ella.  De manera que salí como pude, sin bañarme, y con la expresión de sociópata que da el exceso de alcohol en la cabeza.

Fui hasta su casa pero nadie abrió.  Entonces la imaginé mirándome desde la ventana, oculta detrás de las cortinas, odiándome en silencio y observando con asco cada uno de mis movimientos.  “¡Te odio maldito cretino! –imaginé que diría- ¡Y te odiaré hasta el final de mis días!”.

Entonces recordé mis días antes de conocerla: las borracheras infinitas, una constante soledad entre las cuatro paredes de mi cuarto y la TV como única compañía, el asco que sentía hacia mí mismo, etc.  Recordé también aquella vez cuando decidí dormir en la orilla de la carretera, harto de todo, oculto entre los matorrales frondosos en la madrugada lluviosa, arropado con las ramas y rogando al cielo por un momento de tranquilidad.  Hice memoria de todo ello allí, mientras caminaba, e imaginé lo que sucedería si llegaba a enterarse.  No es ningún misterio, su abandono tácito en cuanto supiera, y con ello, de manera definitiva, mi vida miserable de antes: el borracho Santa.  Así me llamarían de nuevo, en la ciudad, en cuanto nos vieran pasar con la mona Angélica y el mártir de Carreras, tambaleándonos por la calle, cayéndonos de cara y gritando estupideces al cielo.  Mi madre lloraría de nuevo y mis hermanas mandarían a sus esposos para que intentaran razonar conmigo: “El perdido de Fabián –dirían-, el imbécil ése”.  Todo lo malo de mi vida volvería, una equivocación más, la estupidez sin vuelta de hoja de mi vida.  En todo caso siempre hay algo que me ayuda con los problemas sin solución, siempre, sin falta: un trago de brandy.

Compré un litro y corrí a mi casa para bebérmelo de un sorbo.  Puse algo de Psicodelia Bop para entrar en ambiente y me dispuse a tomar el primer trago.  En esas estaba, empinando la botella, cuando vi entrar a mi chica muy sonriente sosteniendo unas bolsas de mercado.  No supe qué hacer… me refiero a que estaba aterrado, además ¿qué le diría? Pero ella me besó a modo de saludo y arrugó la cara al ver la botella.

“¿Qué carajos haces con esa botella? –preguntó-.

“Pensé que estabas brava” –respondí-.

“Bueno, sí, estabas tan borracho que te vomitaste en las sábanas; pero tú sabes que cuando tienes concierto no me molesta que tomes; eso sí, Fabián, niño, que ahora te pongas a beber después de lo de anoche… mejor dicho, si me quieres ver brava de verdad toma un trago de ese veneno… ¡A ver, te reto!”.

Sonreí aliviado y tapé la botella.  Encendí la TV mientras ella hacía el desayuno y dormí hasta que el olor a huevos con jamón me sacó de la modorra que trae consigo una noche de tragos.