Estar de paso

“Hay gente que es de un lugar, no es mi caso.

Yo estoy aquí de paso”

Jorge Drexler

“Este país me gusta porque tengo trabajo”. Esta fue la frase que escuché en un bus de Londres cuando mis oídos curiosos, llamados por el español, sintonizaban la ‘radio gente’ y recibían el comentario de una ecuatoriana recién llegada de Londres, proveniente de España.

Últimamente me he topado con más de una persona que se ha visto obligada a emigrar doblemente. En el colegio en el que trabajo, cada vez que debo asistir a un latino en su proceso de aprendizaje del inglés, encuentro un adolescente de parecer hispanoamericano que de sesear entiende muy poco. Estos pequeños dicen que vienen de España, aunque reconocen su país latinoamericano de nacimiento como tal; y aunque cada vez que pueden van de vacaciones a la madre patria, en donde sus padres dejaron su casa, les gusta la capital inglesa y se fascinan con todo lo que ésta tiene para ofrecerles.

Esta situación me hace pensar en muchas cosas: en la increíble capacidad de los niños de hacerse parte del ambiente sin importar sus orígenes, en cómo los adultos se adaptan a cualquier situación siempre y cuando puedan sobrevivir;  sobre todo me hace pensar en qué tan difícil debe ser verse forzado a abandonar la tierra que uno se ha acostumbrado a llamar suya. Ese lugar que te ha moldeado a fuerza de crecer allí, en donde te sientes entendido y entiendes a los demás.

Me da tristeza esta gente que sin realmente quererlo ha arrancado sus raíces para buscar un nuevo lugar, pero más, siento admiración. Me maravilla la fortaleza de ser capaz de empacar su vida en unas cuantas cajas y maletas, agarrar a sus hijos de la mano y embarcarse en una aventura de la que no saben nada más que uno u otro dato. Se enfrentan a climas distintos, una lengua de la que apenas entienden el “Hola”, y a una gente que a sus ojos se comporta de manera extraña. Debe ser complicado verse obligado a llamar casa al pedazo de tierra en donde tienes qué comer, aunque no tenga  nada que ver contigo y ni si quiera te enteres de lo que la gente ande hablando.

Termino también pensando en mí, en cómo por opción personal escogí alimentarme de nuevas tierras, y aun así, habiéndolo hecho con toda la alegría del mundo, los suelos cafeteros a veces me llaman. No alcanzo a imaginar qué se siente tener que irse porque no hay otra opción. Entiendo entonces a aquellos inmigrantes que tiendo a juzgar porque no salen  de su círculo y pueden vivir en un lugar sin jamás aprender el idioma o probar el plato de la región. En ese momento lo entiendo, porque quieren recrear ese país en el que no pudieron encontrar lo que necesitaban, pero que aun así los define y hace parte definitiva de quienes son.

Sin embargo, enseguida vuelvo a los niños. Los veo mezclados de una parte y de la otra, cambiando entre inglés y español sin dudarlo un segundo, comportándose como un pequeño colombiano, valenciano y ahora londinense, todo al mismo tiempo y en unos pocos minutos. Ellos se sienten de todas partes y de ninguna.

Creo que sin que ellos mismos lo entiendan, han alcanzado un estado superior, en donde se han liberado de las etiquetas, tomando lo bueno de todo lo que alguna vez los ha rodeado y de lo que los va a rodear, sin dejarse atrapar por sus orígenes.

En mis mejores días me doy cuenta de lo afortunada que he sido, y me siento como uno de estos niños, libre de escoger cómo soy por lo que he aprendido, y de abrazar al planeta sin rótulos ni juzgamientos de origen. Ser feliz “no siendo de un lugar, sino estando allí de paso”.

El asunto es, quizá,  ser más como un niño para dejar de ver al mundo como si estuviera organizado en archivos rígidos, y verlo como lo que es: un ente cambiante y flexible en donde puedes aceptar lo que viene, lo bueno de lo diferente, y tomar la decisión de disfrutarlo al máximo, más allá de la simple sobrevivencia.