Karma

Por: Gabriel Tormo

Permítame que me presente.

Mi nombre es Lara. Vivo con mis padres adoptivos. Mi hermana les llama sus amos, pero para mi son de verdad, famllia.

Creo en el karma. Lo he visto en acción. Soy la prueba viviente de ello. Es por eso que no quiero desaprovechar esta oportunidad única de contarle, aunque sea brevemente, mi historia.

Nací en mil novecientos cincuenta. Eran buenos tiempos. Alcancé la adolescencia al ritmo de música inolvidable y cambios excepcionales. Formé parte de esa generación rebelde y curiosa. Revolucionaria.  Nos opusimos a los cánones de nuestros padres y de nuestros abuelos. No creo haber tenído nunca muy claro que es lo que en realidad queríamos, pero aquello que no queríamos es que todo continuara igual.  Tuve eso si, como todos en mi generación, ideales más allá del “flower power”.

Desde los diesiseis años exploré el mundo, hacia dentro y hacia fuera.

Viajé miles de millas en una destartalada camioneta de esas que llamaban “hippie-van”, decorada por fuera, roida por dentro.

Es una buena analogía de lo que, junto a otros de mi generación, sufrí.

Fallecí una mañana de septiembre de mil novecientos ochenta. Los doctores estaban desconcertados, y yo, aterrada.

No me quejo de la suerte que tuve. Morí junto a las personas que más amé. Sin el miedo ni los estigmas que llegarían muy pronto para quienes compartieron mi destino.

Ahora bien, si es que usted se pregunta por que tardé tanto en volver a este mundo, sólamente le diré que tambien en el más allá existe la burocracia.

Hace tan sólo unos años, he venido de regreso. Con una familia que me quiere, y que en su amor me han hecho pagar de la manera más cruel por mi comportamiento desenfrenado de mi vida anterior.

Así funciona el Karma.

Si has llevado tu vida conforme a lo que de tí se espera, voelverás en una forma superior. Libre de culpas y de recuerdos dolorosos. Una oportunidad de reiniciar de nuevo.

Pero si te degradan, eso es otra historia. Te golpearán donde más te duela. Recordarás tus exesos día a día, y tu sufrimiento tendrá descanso.

A mí, que disfruté de la carne propia y ajena cada día y cada noche, me han hecho regresar en forma de gata.

¿Que no está tan mal? Bueno fuera si viviera yo en la calle. Mis exesos de antaño no serían nada comparados a los de esta vida. Pero así no es como el karma funciona.

Vivo en el piso noveno.  He salido a la calle sólo para ir al veterinario en una jaula siempre cerrada.  Mis padres gastaron una fortuna en quitarme las uñas para que no destruyera la casa, pero no han gastado un centavo en esterilizarme.

Cuando entro en celo, lo cual es muy frecuente, recuerdo cada noche y cada amante de mi vida pasada y lloro contra las paredes.

A la estúpida de la perra, a ella si la han operado. ¡Claro! Como ella pesa ciento veinte libras y yo no más nueve, pues sus manchas los asustaron.

¿Y a mí?

Que me parta un rayo.

Me poso junto a ellos, levantando la cola, ronroneando. Literalmente, dando las nalgas. ¿Qué consigo? Que me encierren en el baño por la noche por que no pueden dormir.

Y se preguntan cómo es que me he ido a mear en el sofá.

En mi desesperación incluso me dejé atrapar por la perra. A estas alturas hasta ella podría ser de utilidad. Pero sólo consegui moretones, rasguños y cero satisfacción.

Aún desde el piso noveno, cuando las noches de primavera invitan a mis padres a abrir las ventanas y dejar que el aire en la casa se renueve, escucho a los otros mininos gritar de gozo desde el callejón y añoro mi vida pasada, maldigo mi suerte y lloro desconsolada.

Mi nombre es Lara y mi castigo es que nunca me den, eso que yo más deseo.

Espero y rezo por que aquello de que los gatos tenemos siete vidas, no sea sino una cruel y mala broma.