Despertando a los sesenta

Por: Diana Beláustegui

Don Julio, allá por los años sesenta, tenía bastante más de sesenta. Para ser más específicos en el sesenta y siete contaba con sesenta y ocho, había enviudado, era recto, tranquilo, observador y poco sociable.

Los viernes a la noche le gustaba sentarse en el comedor y escuchar tangos, o tomar sus libros viejos y releerlos con la admiración que sólo los lectores empedernidos conocen.

Cerraba las ventanas para no escuchar el ruido caótico de los adolescentes que bebían cerveza en la esquina y se reventaban los tímpanos con esa música tan poco relajante, llena de altibajos y melodías rotas que le teñían de rojo la calma.

Pero él amaba su vida, tan apacible y en armonía con lo que había sido siempre.

Esto habría seguido así, si no fuera porque la señora de la limpieza, una tarde de lluvia, se quebrara la pierna al caer por las escaleras. La mujer le propuso a Don Julio enviarle a su sobrina hasta que pudiera caminar. La recomendó, describiéndola como una niña dulce, activa, que cocinaba mejor que ella y aseada como ninguna.

Don Julio acepto.

Y fue así como conoció a Marianita, una tarde  calurosa de octubre.

Se presentó en la casa con la adolescencia rezumando por los poros, con unos pantaloncitos tan anchos como cortos, la remera grande y transparente, las zapatillas de un violeta furioso y la boca en un continuo masticar de chicle, roja como las tardes que se morían bajo la fusta de la noche, sensual como su sexo dormido que pedía a gritos despertar.

Entró a su casa y la limpió entre risitas agudas, le cocinó la cena y dejó las sobras para la mañana siguiente, ordenó la ropa mientras tarareaba una canción extraña y revolucionaba su templanza con la intempestiva de su ser.

A medida que pasaron los días se fue acostumbrando a verla, a olerla cada vez que pasaba de un lado al otro con los patines o sus zapatillas estridentes, a recordarla cada vez que se despedía.

El primer viernes que se sentó junto al equipo para escuchar sus discos de vinilo, ella se acercó asombrada.

-¿Qué estas por escuchar?- le pregunto con la soltura que la caracterizaba.

-Gardel ¿Lo conoces?

-Si, mi vieja lo escucha siempre.

-¿Te gustaría escucharlo conmigo?- le pregunto un tanto ansioso y Marianita lo pensó un momento, antes de sentarse en el suelo cruzando las piernas.

-Yo lo escucho con vos, si después me dejas que traiga un disco y lo escuchas conmigo.

Don Julio entre sonrisas aceptó y se sumergieron en la voz tan singular del Zorzal Criollo, por poco más de media hora.

Fue todo el tiempo que la mujercita logró aguantar hasta que se levantó de un salto.

-No te muevas de aquí, ya vuelvo- gritó mientras corría.

Cuando regresó traía bajo el brazo un disco protegido con una bolsa transparente y una botella de cerveza.

-Yo te voy a enseñar lo que es bueno- sentenció.

El sonido estridente sonó apenas la púa tocó el vinilo.

La muchacha lejos de bajar el volumen lo subió. El aparato vibraba dominado por los sonidos. El viejo se llevó las manos a los oídos y ella entre carcajadas se las sacó.

-Son las satánicas majestades, Julio- le dijo solemne- esto es vida, sentí como se te mete en las venas, escúchala latir en el pecho- proclamó apoyando la mano cerca del corazón del hombre.

-Esta música no sólo se escucha, se saborea y se respeta.

Y subiéndose a la mesa, acompañó con gritos la letra de la canción:

Please allow me to introduce myself

I´m a man of wealth and taste

Por ratos parecía olvidar la letra y tarareaba la música, luego continuaba:

If you meet me, have some courtesy,

Have some sympath, and some taste;

Use all your well-learned politesse,

Or i´ll lay your soul to waste.

Cuando Don Julio se sintió cómodo con la música empezó a sentirla en el pecho, tal como su joven amiga se lo había dicho.

-¿Quiénes son?- preguntó un tanto confundido

-Son sus majestades satánicas, toda concepción de pureza o calma se ve destruida cuando ellos llegan, te muestran que el pecado tiene sabor a fresas y que las batallas se las gana cuando te comes a tu enemigo ¡Julio, no te rías, es lo que siento! Cuando lo escucho cantar me convenzo de que los buenos modales y las costumbres puritanas fueron creadas por cobardes que no podían enfrentarse a la vida desenfundada, a la riqueza de la valentía, al delirio de un porro con una botella de cerveza fría, bajo el control que ejerce la guitarra de Richard

La muchacha a medida que hablaba sufría una metamorfosis, ya no era una chiquilla que corría de un lado al otro con la escoba y las ollas, era ahora una mujer decidida y delirante, atrozmente libre, ¡tanto que podía percibir como quería salir volando!

-No te ahogues en tu soledad, la muerte llegará el día menos pensado y la vida habrá sido un te a las ocho y la cena a las diez con los trinos decadentes de un LP viejo. ¡Viví Julio! ¡Volá Julio! No te amoldes a lo que la sociedad quiere, ¡Despertate Julio!, nunca es tarde para resucitar. Yo lo amo a él, pero así como están las majestades satánicas hay muchos más que te harán perder el control, que te dominarán y a la vez lograran ayudarte a que rompas las cadenas del yugo. Tengo un amigo que es capaz de cortarse las venas con un solo de Jimi Hendrix ¡Es una forma de decir, Julio! No pongas esa cara.

Y sentándose nuevamente en el piso, más tranquila, con el vaso de cerveza a medio terminar, agregó.

-En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. ¡Salud al Dios Mick! Mañana te mostraré a otros.

Al cabo de un mes Don Julio pasó de escuchar Gardel a la potencia del rock de los sesenta que se desataba en el mundo, proclamando paz, sexo y rock and roll. Pasó por los solos del guitarrista negro a la canción visceral de Janis Joplin. Se dejó influenciar por los Beatles y no logró digerir a Bob Dylan.

A los dos meses y medio, se presentó la tía de Marianita para comentarle que hasta que ella terminara de recuperarse enviaría a una amiga, mujer madura, para continuar con las tareas domésticas; y ante la sorpresa del hombre le aclaró que su sobrina estaba embarazada y que la madre la enviaba a Buenos Aires, a la casa de unos parientes, para que tuviera al niño y lo diera en adopción.

La noticia no le sorprendió al hombre que sabía, por la adolescente, de un novio secreto, agregado a esto la fulminante liberación que le corría por las venas.

La extrañó mucho, luego menos y en unos meses el perfume de la niña había desaparecido de todos los rincones del hogar.

Después de cuatro años volvió a verla. Tenía para ese entonces veintiún años y fiel a su estilo de rebeldía había conservado al niño y lo estaba criando sola. Se la veía serena y madura. Se paró unos instantes para saludarlo y conversar un rato.

Marianita se había transformado en Mariana. Los porros y las cervezas eran un buen recuerdo y un mal ejemplo para su hijo.

-Mariana, ¡como has cambiado!- le dijo Don Julio mientras se despedía.

Y ella volteando y sonriendo con los ojos, le aclaró.

-Cambiada siempre, permanecer estático es la muerte, siempre me verás distinta Julio. Pero algunas cosas, sólo algunas, nunca cambian- y levantando la mano y haciéndose la señal de la cruz, terminó- en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. ¡Salud al Dios Mick!