Batman creado por Bob Kane

Por: Julian Silva Puentes

Bob Kane caminaba solitario y pensativo en una fría mañana de invierno.  No caía nieve aún, pero podía sentirse aquella electricidad característica que antecede a los primeros copos de una tormenta blanquecina.  No había mucho en sus bolsillos salvo algunas monedas, una caja vacía de chicles y el aviso de desalojo de la casucha donde vivía.  Corría el año de 1967 y las calles se veían atestadas de criaturas tan estrambóticas como los mutantes que solía integrar en sus comics para batallar contra la creación de su vida, el caballero de la noche, su único amor, el testimonio de su breve paso por el mundo, en fin, ínfulas de inmortalidad.

“Los tiempos cambian” –le dijo un hombre que miraba la televisión desde la calle, junto a él, a través de la vitrina del almacén de electrodomésticos-.

“Sí” –respondió Bob sin adentrarse en el asunto-.

“Ya no puedo comprender a esta gente… la juventud y sus odios, quejándose siempre por algo y quemando banderas en las plazas públicas, me refiero a… ¡A ver! ¿Por qué simplemente no pueden ser felices?”.

“¡El mundo es una mierda!” –dijo Bob sin referirse a nada en particular-.

“¡La juventud! Usted se refiere a la juventud, porque el mundo es el mismo de siempre, pero es esta juventud la que se caga en todo lo que es sagrado, y nosotros los viejos, hombre, los que peleamos contra los Japos y los Nazis ¿ah? ¿Nosotros qué? ¿Acaso nos quejamos? ¡No dijimos nada! Volvimos pues, a lidiar con una vida mal paga, sin mujer y sin trabajo, vagando de un oficio a otro y peleando por unos cuantos centavos para pagar el arriendo, y dígame usted amigo, ¡ande, dígame! ¿Vamos por ahí quemando banderas? ¿Ah?”.

Bob prefería no abrir la boca.  Estaba demasiado ensimismado viendo al saco de tomates podridos aquél, Adam West, moverse de aquí para allá en un disfraz de Batman demasiado apretado para un hombre fofo como él, batallando contra un Joker amanerado y ridículo, ¡su obra completa arruinada para siempre! Ya no era el detective ávido de venganza, misterioso y sombrío que catapultó su carrera como creador en Detective comics por allá en el lejano mayo de 1939.  ¡No! Ahora se trataba de un sub humano que caminaba por la calle como cualquier otro pobre diablo, hablaba con la gente, tomaba el bus e incluso participaba en las elecciones para alcalde de Ciudad Gótica.

“Deberían fusilar a quien inventó tamaña payasada” –dijo el mismo hombre al prestar atención a la TV-.

Bob asintió.  Era cierto.  Se trataba de una payasada.  Todo el misterio que rondara a su obra “inmortal” se consumía en una moda de la cual no podía hacer parte: los hippies, las protestas, las drogas, el Pop art, la “Psicodelia”… Pronto el público se saciaría, podía intuirlo, y luego no quedaría nada de sí mismo para enseñar al mundo excepto unas cuantas revistas y su nombre inteligible al final de los créditos.

“¿Sabe? –habló una vez más el hombre-, me gustaba mucho Batman; solía comprar los comics antes de irme a la guerra, pero después no le vi sentido, usted sabe, luego de ver tantas cosas”.

“Yo inventé a Batman”.

“Y yo a Drácula”.

“No, en serio, mi nombre es Bob Kane, soy el creador de Batman”.

“¿Y? ¡A ver! ¿Qué me puede importar eso a mí? ¿Ah? ¡Creador de Batman! Dígame ¿qué carajos, viendo lo que vi en el pacífico, puede importar que usted sea Batman o el mismo Puto Adolf Hitler con un balazo en la cabeza? En serio, dígame ¿qué me puede importar a mí semejante estupidez?”.

La gente empezó a reunirse en torno a ellos dos habida cuenta de los alaridos del hombre, y Bob, con su gabardina hecha jirones y sus pocas monedas titilando en el bolsillo raído, sintió por primera vez en la vida que su dignidad lo abandonaba, corría lejos de allí la muy ingrata, escapaba para siempre de su lado quién sabe a dónde, tal vez no muy lejos, a los estudios Warner tal vez junto al saco de cebollas podridas de Adam West y el vómito caliente con antifaz de nombre Robín, su ayudante, un adolescente sub desarrollado con cara de niña que no paraba de apuntar en cada situación peligrosa “Santos quebraderos de cabeza, Batman”.

Sí, se sintió solo por primera vez en su vida ahora que no le quedaba ni un gramo de dignidad en el cuerpo, y lo que era peor, un tipejo cualquiera enseñándole al mundo su insignificancia frente a una turba curiosa, gritándole incoherencias que a la larga eran ciertas.

Avergonzado hasta la médula se dio vuelta alejándose de allí dos pasos, pero el hombre se le adelantó agarrándolo del pelo y tirándolo al piso de un puñetazo en el estómago.

“No se preocupen por él –gritó a los curiosos que hacían intentos por acercarse a cuidar de un Bob Kane vapoleado en el piso–.  Es el creador de Batman”.

La gente se miró entre sí, miró el programa de Batman en la TV y luego, sin ponerse de acuerdo, en un solo intento por acabarlo, saltaron sobre él con sus puños y sus zapatos afilados, golpeando de aquí para allá en donde pudieran, empujándose en un intento desesperado por hacerse de la oportunidad de ajusticiar al hombre que permitió al súper héroe número uno de Norteamérica convertirse en un adefesio festivo y amigable a quien el misterio y la deducción propias de su oficio de detective, le tenía sin cuidado.

“¡Quietos todos!”.

Un  policía apuntaba con su arma al grupo de justicieros quienes, contradiciendo su actitud envalentonada y vengativa de hacía unos segundos, corrieron en múltiples direcciones hasta desaparecer en las entrañas de la caótica Nueva York.  Cuando ayudaba a levantar a Bob, el policía, un tanto asqueado por defender a semejante espantajo humano, le preguntó:

“¿Se puede saber qué hizo para que lo apalearan de semejante manera?”.

“Les dije que era Bob Kane, creador de Batman”.

El policía dudó unos segundos y habló como si lo hiciera con el viento:

“Si eso es cierto, si usted inventó a Batman, ¿cómo pudo permitir que le hicieran semejante bestialidad?”.

“Eran muchos”.

“Batman los hubiera hecho pedazos o al menos habría dado batalla”.

Se fue luego de preguntarle si necesitaba un hospital.  Bob le contestó que no eran más que moretones y una pizca de sangre, pero lo cierto era que algo dentro de él cobró vida de repente.  No sabría describirlo pero lo hacía sentir con vida por primera vez en mucho tiempo.  De manera que fue hasta su casa decidido a tomar la iniciativa de su destino.  Entró por la ventana trasera para no encontrarse con el viejo Wilson, el mezquino casero que lo venía atormentando durante meses hasta que finalmente lo echó de la casa.  Tomó una gabardina con capucha larga, unas gafas de sol y una bufanda gruesa para taparse la boca.  Se miró en el espejo: sí, lucía amenazador.  Sin embargo algo le faltaba: un arma.  Recorrió la casa de palmo a palmo hasta encontrar un bate con la insignia de Batman impresa en él mango.  Se trataba de una edición limitada que sacara Detective comics para celebrar los primeros diez años de vida del único personaje de ficción que pudo competir contra la editorial de Sumerman: DC Comics.

Se abrochó la capucha una vez más, escondió el bate dentro de sus ropas y esperó a que fuera de noche para dirigirse a la casa del viejo Wilson. Afortunadamente la puerta no tenía seguro ya que Bob no contaba con la habilidad para forzar cerrojos con un gancho de estaño.  Abrió muy lentamente y caminó de puntitas hasta llegar al cuarto del casero.  Se lo encontró allí, tumbado en la cama en calzoncillos y roncando con la jeta abierta como el chanco tiernón que en el fondo era.  Permaneció un rato pensando en qué hacer.  Se le pasó por la cabeza tomar su billetera y salir corriendo o atarlo a la cama y prenderle fuego a la cocina.  Pero lo cierto era que en ninguna de esas acciones habría justicia, no lograría educar al marrano de Wilson y mucho menos le daría a pensar en las consecuencias de sus acciones.  En esas andaba, pensando sin hacer mayor cosa, hasta que Wilson abrió los ojos y empezó a gritar.  El primer impulso de Bob fue salir corriendo para nunca más regresar; pero cuando cruzaba el umbral de la puerta escuchó al viejo gritarle “¡consiga un trabajo, ladrón!”.  Bob dio un salto tremendo hasta caer sentado en el pecho del viejo, sobre la cama, y empezó a golpearlo con los puños desnudos.

“¡Tome la billetera pero déjeme vivir””.

“No estoy aquí para robarlo.  Vengo a ajusticiarlo”.

Bob se sorprendió del tono de su propia voz.  Era como siempre se imaginó la voz de Batman: ronca, grave y amenazadora.

“¿Justicia de qué? Yo no le he hecho daño a nadie”.

“Usted echa a la gente de sus casas sin importarle que no tengan a dónde ir.  Usted Wilson es un villano y deberá pagar por sus pecados”.

Entonces empezó a llorar como un niño, y lo hizo con mayor fuerza al ver el bate junto a la cama.

“¿Qué va a hacer con eso?” –preguntó Wilson–.

“Le voy a machacar la cabeza hasta que no quede más que una esponja de carne molida y muelas rotas”.

Bob sintió como si alguien más hablara en su lugar.  No sabía de dónde sacó semejantes palabras tan terribles.  Sin embargo sabía que no le haría mayor cosa.  Además, un acto de justicia se veía apañado cuando el villano lloraba como un perrito mojado… eso sin contar la cama meada a consecuencia del susto.

“Está bien Wilson.  Te daré una oportunidad.  Voy a irme ahora mismo.  No tomaré tu vida pero recuerda que lo sé todo y lo veo todo.  No seré tan bueno contigo la próxima vez”.

Cortó el cable del teléfono y saltó sin pensarlo por la ventana.  Era un primer piso pero sintió el crack de su pie derecho al tocar el piso.  Todo le daba vueltas… el dolor era insoportable y tentado estuvo de pedir ayuda, pero de hacerlo, de ceder ante el dolor, tendría a Wilson asomado por la ventana viéndolo cojear como un pobre diablo.  Debía ocultarse cuanto antes en las sombras de la calle para dejar la impresión de su poderío, su inmortalidad y su fuerza mística.  Así y solo así aprendería la lección el viejo casero.  En todo caso sabía que Batman estaría seguro en las sombras y también lo estaría él.  El dolor de un pie roto no era nada en comparación con encontrarse recluido en Arkham Asylum junto a los peores locos de ciudad Gótica incluyendo al Joker y al Pingüino.  Porque era el año turbulento de 1967 y la juventud del mundo se perdía para siempre en Vietnam y en la revolución sangrienta de la América Latina.  Porque los desdichados de la tierra rezaban por un súper héroe así semejante cosa no existiera.  Porque las cosas no cambiarían nunca a menos que se hiciera algo con las propias manos.  Porque su nombre era Bob Kane y había creado a Batman.