Escribir es el camino

“Las musas vienen y van, pero hay una que se empeña, en darme en la boca el pan, una musa madrileña, con acento catalán” – Serrat

¿Y si éste es el camino correcto? Esta pregunta me la vengo haciendo desde hace varios años todas las noches antes de dormir. La he repetido tanto que ya no sé si es pregunta o afirmación, si la pregunta se convirtió en mi afirmación, en mi excusa, en motivación. Y qué, si el verdadero camino al éxito, a la felicidad, es ir en contravía de todo lo que está establecido, ¿Y qué tal que sea cierto? El camino al éxito nace en el inconformismo y se traduce en la escritura.

Y ahora qué lo pienso, a la hora de escribir el arte no es decir mentiras. Tiene razón Vargas Llosa cuando dice que “al igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida”. Es prolongar espacios, crear nuevos escenarios para satisfacción pura de nuestro inconformismo. La escritura es la creación manifiesta de un universo paralelo donde las historias toman vida y color sin tanta fanfarronería y donde la hipocresía padece el descontento de las cosas olvidadas.

Escribir, el placer de escribir, es valorar por completo a la imaginación, es el cansancio manifiesto de lo ocasional, de la rutina, de la vida misma.

En mi caso, sólo como ejemplo, el inconformismo se manifiesta en los finales sin sentido que trae consigo el amor. En mi caso, necesito crear otros finales, darle un desenlace diferente al corazón. Escribo versos felices que difieren de las lágrimas inoportunas, producto de la desolación. Me molesta la pasión inconclusa, el olvido prematuro, el dolor inentendible; es por eso que me refugio en la escritura, que me entrego a un mundo unipersonal donde todo se siente diferente.

Aunque el amor no haga presencia, aunque la persona amada no vuelva, aunque el dolor sea cada vez más real y las heridas más profundas, escribir mejora siempre el panorama. El dolor toma forma de soneto, el dolor se transforma en alegría y la soledad regresa como la mejor compañía.

Escribo porque los finales que me presenta la vida me parecen demasiado conformistas. Escribo porque imagino el mundo de otra manera, escribo porque elegí, en mis días más sensatos, el camino que no estaba hecho. Y hoy, no creo haberme equivocado.

La pregunta pasó a ser mi realidad y la escritura mi refugio. El mundo continua sumergido en la basura de la cotidianidad.