Aquí un relato

Fui a este restaurante italiano hace un par de semanas con mi chica para celebrar nuestro tercer año de noviazgo, ya saben: velas, armonía, besos y promesas de amor eterno.  Sonreíamos, nos dábamos de comer del  plato del otro, tomábamos vino y demás cosas por el estilo, cuando de pronto, tomándome por sorpresa, un grito escapó de su boca.  No fue gran cosa, el grito, pero sí lo suficientemente agudo como para llamar la atención de los demás comensales.  “No pasa nada –dijo ella–, por poco y me atoro”.  “Ya me lo dirá después” –pensé–.  Y como lo que yo tenía era hambre, me dispuse a olvidar cualquier distracción para continuar comiendo sin prestarle más atención.  Pero no me fue posible.  Antes de tomar el primer bocado, gritó nuevamente.  “¿Qué pasó?” –le pregunté–.  Me indicó su plato, escarbó con el tenedor, y lo que me vine a encontrar fue con un ratoncillo diminuto, un bebé seguramente, habida cuenta del incipiente pelaje que cubría su piel desgarrada.

Ambos nos miramos sin decir palabra.  Alejamos la comida y llamamos al mesero.  Mi novia, una chica de un metro con sesenta y cinco centímetros de estatura y 47 kilos de buenas intenciones le exigió al mesero, hablando con ternura, llevarse al ratón de inmediato.  El pobre sujeto no pudo evitar arrugar la nariz al ver a la criatura envuelta en la pasta, y disimulando de la mejor manera posible, hecho un mar de disculpas, se fue a la cocina para volver a los pocos minutos con una botella de vino, dos platillos abundantes y exóticos (los más costosos del menú), entremeses, postre y un “vale” para pedir en el futuro cualquier cosa que quisiéramos sin costo alguno.

Mi chica no dejó de pensar en el ratón y por ende dejó intacto su plato.  Yo en cambio me lo comí todo incluyendo el postre, el vino y los entremeses.  Sin embargo, no dejé de pensar en el “incidente” durante días.  Sí, es verdad, se trató de una asquerosidad pero en el fondo fue una oportunidad para comer gratis en el mejor restaurante de mi ciudad.  Una oportunidad que un publicista sin trabajo como yo no podía desaprovechar.  Una oportunidad como las que aparecen en los libros de mi héroe Chuck Palahniuk.  Y ya se sabe, los héroes no se equivocan: se convierten en mitos y sus aventuras en leyendas.

Me armé de valor un par de días después y me dirigí a otro restaurante dispuesto a conseguir una comida gratis.  Escogí el más costoso que pude encontrar.  Pedí una botella de vino chileno para armarme de valor, ya que para llevar a cabo mi plan requería una ausencia total de vergüenza, dignidad y amor propio.  Pero en todo caso –me repetía para acallar la voz de la conciencia–, he sabido enfrentar todo tipo de humillaciones con mi familia y con el mundo entero por aquello de tener 30 años de edad y no saber qué hacer con mi vida.  Entonces ¿qué puede importar? ¿Qué interesa si alguien decide jugarle una pequeña trampa a la GRAN MAQUINARIA del mundo que rueda sin parar?

Después de un largo trago de vino, con la barriga caliente y la cabeza apaciguada, me dispuse a hurgar en el bolsillo de mi pantalón, y aunque sabía lo que allí había, no pude reprimir un sentimiento de vértigo al notar las patitas afiladas de la cucaracha.  “Valor Fabián –me dije– que la recompensa es grande”.

La deposité con gran disimulo en el plato de Filet Mignon. Viéndola allí, a la cucaracha muerta, me estremecí ante mi audacia e incluso llegué a pensar en mi propia persona como una especie de salvador, un profeta de la nueva palabra que invita a la destrucción de la estabilidad y el confort para adentrarse en los caminos sin rumbo de lo desconocido (o la raponería, tal vez).  Pero lo que no pude imaginar, aquello que pasé por alto y que supuso el fracaso de mi plan, consistió en que las cucarachas, aún después de dárseles por muertas, reviven debido a un misterioso impulso sin importar que las hayas quemado, ahogado o incluso aplastado.  En efecto, no lo sabía cuando llamé al mesero para quejarme, absolutamente indignado, yo, levantando la voz con el fin de obligarlo a comprar mi silencio a cambio de la cuenta y algo extra tal vez: postres, vino, vales, etc.

Me hice notar.  Eso mismo.  Llamé la atención de los demás clientes con mis alaridos para ejercer más presión sobre el restaurante; pero cuando me dispuse a indicarle al mesero el “incidente”, no encontré nada.

Revolví los champiñones y escarbé en la salsa, debajo del filete, la ensalada, en fin.  No hallé al cadáver.  Desapareció simplemente: ¡PUF!

No supe qué decir.  La gente me miraba esperando alguna explicación pero únicamente balbuceaba “Estaba en el plato, lo juro, debajo de un champiñón gigante”.  Sentí cómo enrojecía.  Nadie hacía nada.  Un silencio denso como la salsa de mi comida nos envolvió a todos incluyendo al mesero, quien no sabía si sacarme o dejarme sumido en mi propia vergüenza.  Afortunadamente, mi cuerpo me ayudó a superar tan difícil episodio expulsando un vómito muy curiosillo sobre la mesa y los pantalones del mesero.  La gente empezó a quejarse en voz alta y hubo alguno que vomitó también; sumado a esto, unos niños de la mesa de al lado iniciaron una pequeña guerra de comida en mi contra aprovechando el desorden general.  Alguien se cayó con una bandeja repleta de bebidas calientes.  La cocina se encendió en llamas y el mesero que me atendía fue a dar al piso luego de recibir un salero de plata en la cabeza.  Un atentado fallido en mi contra.  Fui como Kennedy.  Pero Oswald falló.

Todo se fue al carajo.  Cundió el pánico general y las lágrimas brotaron de los más débiles.  Pero yo no lloré ni reí: ¡vomité! El vino y los nervios me enfermaron.  Eso sí, aproveché la caída del mesero para salir corriendo del restaurante no sin antes dar una rápida mirada al suelo en busca de la cucaracha.  Nada.  No la volví a ver.  Ni a ella ni al restaurante al que jamás regresaré.  Tal vez Palahniuk está más loco de lo que deja ver en sus libros o a lo mejor inventó gran parte de las aventuras de sus personajes tal y como yo lo acabo de hacer.  Pero comí gratis.  La mitad de mi filete, una botella de vino, varias rodajas de pan y mi amor propio.  En todo caso no importó demasiado.  La cucaracha vivió.