Noche de Brujas

Si alguien me pregunta cuál fue mi mejor noche de día de las brujas, podría decir que aquella en la cual Martica Navas, la chica más hermosa de mi curso (y la más desarrollada de todas), me besó a la tierna edad de 12.  También podría decir que Martica Navas enloqueció de amor por mí a partir de entonces y no tuve más remedio que perder mi virginidad con ella un año después.

Podría decir esa y muchas otras cosas que al final de cuentas no son ciertas.  Porque la única verdad en todo esto es que Martica Navas, aunque me gustara tanto como era posible, no podía competir con la mejor noche de todas para un niño (sin contar navidad) a quien sus papás dejan salir en bicicleta en medio de la noche mágica usando una máscara y con dinero de sobra para comprar voladores, truenos, gallinas culecas, papeletas, volcanes, petardos etc.

No veía de otra forma el 31 de octubre del año 1992.  Los niños podían salir a las calles a pedir dulces en grupos de a tres sin necesidad de compañía adulta.  No contábamos con sujetos armados secuestrando a menores de edad o futuros “militantes”, violadores en serie y demás monstruosidades que aquejan los terribles días de hoy.  En efecto, en la década de los 90’s existían grandes monstruos capaces de volar la inocencia de la humanidad pulsando un simple botón; pero en el mundo podías encontrar algún lugar donde la gente, al caminar por la calle, te sonriera sin saber quién eras y entregara dulces a los niños sin ninguna pretensión más que la de ver chispas de alegría brincando en sus alocados ojos.

Ha pasado mucho tiempo desde aquel glorioso año de 1992.  Yo era un niño sin grandes aspiraciones.  Mi única ambición era salir en bicicleta junto a mi grupo de tres amigos y bombardear los timbres de las casa con petardos de mediano alcance, orinar en botellas de gaseosa para luego estrellarlas contra los establecimientos de comercio elegantes de la zona rosa, incendiar canecas de la basura, dibujar enormes figuras fálicas en la casa de la profesora de religión y tantas otras actividades de semejante calibre.  Pero ahora todo es diferente.  Un niño promedio de 12 años sabe de la miseria humana tanto como el más cabreado de los existencialistas, y las niñas dejan sus juegos infantiles a un lado para madurar de mala manera imitando a las chicas perdidas de la televisión nacional (en el mejor de los casos, porque en cuanto ven a Paris Hilton haciendo pendejadas en The simple life, se van para siempre).

¿Cuál es el apuro por crecer? ¿Para qué hacerse de las complicaciones de los adultos antes de tiempo? Si supiera lo que sé ahora, me habría tardado más tiempo en besar a Martica Navas aquella noche de Halloween de 1992.  Pero lo cierto es que lo hice, y a partir de esa noche, actuando a la altura del novio de la chica más bella del curso, dejé de andar en bicicleta y abandoné a mis amigos de toda la vida.  Claro está que un mes y medio después, cuando Martica me cambió por un sujeto de último año, mis amigos me recibieron de vuelta.  Ellos eran los mismos de siempre.  Sus corazones permanecían inmaculados en el mundo del hoy, el del presente donde los sueños son todo lo que esperas de la vida.  Pero yo, aunque reconocía que nadie podía competir con la mejor noche del año, ni siquiera Martica Navas, había cambiado sin remedio.  No podía regresar.  No era el mismo.  Mis aspiraciones se concentraron, de ahí en adelante, en conocer a todas las muñecas de la noche que lucieran como el demonio desalmado de Martica.  Sabía lo mal que me había tratado pero quería encontrar de vuelta lo que sea que me arrebató aquella noche cuando probé sus deliciosos labios de fresa.

Para terminar, diré de manera breve que hoy, a mis 30 años de edad, continúo aferrado a ese 31 de octubre de 1992, mientras busco en los ojos de cada muñeca de la noche que se cruza en mi camino una muestra de la inocencia que tanto extraño.  En dos meses cumpliré 30… Tal vez lo consiga. ¿Quién sabe?