La insolencia de los tontos

Algo que me impresionó durante mis primeros días, de ese año maravilloso que viví en Suecia, a principios de este siglo, fue que todo lucía limpio, sin visos de contaminación; el aire, el agua de los arroyos, ríos y lagos, parecían virginales. Y digo que me impresionó, porque, antes de mi arribo a aquellas tierras, imaginaba que me iba a encontrar con un medio ambiente deteriorado, al menos, en las ciudades y sus alrededores, dada la condición que ostenta Suecia de país altamente industrializado.

Entonces pensé que Suecia, seguramente, tendría, en gran medida, controlados los agentes contaminantes. Y con esa premisa le pregunté a un profesor de la clase de Negociaciones Internacionales, con una fuerte dosis de admiración y esperanza, como hacían para producir manteniendo un nivel bajísimo de contaminación, a lo que el profesor, sin el más mínimo gesto de vergüenza me contestó: lo que sucede es que contaminamos en el tercer  mundo y a Suecia sólo llegan las ganancias. Ante semejante respuesta me quedé sin palabras, consumido por el horror.

Han pasado varios años desde aquel momento, donde entendí que una parte de las desgracias que vivimos en nuestros países, alimentan la abundancia que disfrutan los que peyorativamente nos llaman tercer mundo. Basta con ver cómo Colombia está sufriendo el deterioro de su medio ambiente, incluso en lugares estratégicos para la preservación de la vida, como lo son los páramos, debido a una carrera frenética por parte de empresas, en su mayoría multinacionales, que buscan, a través de la explotación de los recursos naturales, abastecer el desbordado apetito de sus clientes.

Por supuesto, la tentación para un país pobre como Colombia, de obtener, a cualquier costo,  ingresos por la explotación de los recursos naturales, es inmensa. Millones de personas claman por tener condiciones básicas para la vida. Y los gobiernos, en medio de la presión social, se ven avocados a permitir toda clase de vejámenes por parte de aquellas empresas que sólo les interesan las utilidades que puedan presentarle a sus dueños al final del año, sin importarles las desgracias que tengan que ocasionar para tal fin.

Es preocupante que los gobiernos de los países que más generan contaminación estén renuentes a tomar medidas contundentes para frenar la destrucción de la vida. Más aun, teniendo en cuenta que ellos mismos han sufrido, en los últimos años, catástrofes naturales ocasionadas por el cambio climático.  Eso hace pensar, que dichos gobiernos están liderados por  personas de sangre fría, que mientras puedan mantener sus lujos poco les duele que el pueblo que los eligió padezca los fuertes estremecimientos de la naturaleza. Ojalá, no llegue el día en que, con la muerte a las patas de sus cómodas camas, esos que hoy gozan la tranquilidad de sentir lejana la tragedia, sean impotentes a la hora de cambiar un rumbo que estuvo en sus manos.