Hola, mi nombre es Mariano

Sería injusto y vergonzoso presentarme ante ustedes, escribiendo sobre algo diferente al amor. Si, el amor, esa mezcla absurda entre la  ignorancia y la genialidad. Mi nombre, Mariano. Mi país, Uruguay. Mi estado, el momento mismo. Soy Mariano y nada más que eso; Mariano Rech.

Uruguayo, criado entre la pampa y el llano. En la nevera vino, coca-cola y algo de queso holandés. Un sureño cualquiera con pasado en otras tierras. Mi madre una rubia ucraniana que se cayó de un barco. Mi padre un cuida puertos uruguayo que se enamoró.

Nueve meses después nace un barón y lo bautizan Mariano. Veintiséis años más tarde él  escribe esta columna. Soy producto de un amor de puerto que nunca terminó.

Poeta soy para algunos  amigos, para el viejo y la vieja, su hijo, enamorado y escritor.

En la pampa, a eso de los diecisiete, entregué mi corazón. Lo puse en manos de una rubia parecida a mi madre, con la salvedad que ésta era uruguaya y con padre español. El romance nos duró algo más de un verano, poco menos de dos. El corazón me lo regresó una tarde lluviosa, pequeños pedazos en papel de colores.  Al dolor lo esquivé enfrentándolo a la distancia; el recuerdo lo maquillé descubriendo otras calles.

Calles nuevas que variaban en carrera y avenida. Algunas con nombre de ciudad importante en un país vecino. En Bogotá me escondí del deseo y el capricho. Me oculté en la noche, fría y oscura, de una gran capital.

Un sábado en la tarde, cansado ya de caminar, la conocí a ella. Alejandra, una rubia imponente con acento color miel y aroma a dulzura. Con pasado cafetero y futuro lejano, Alejandra era estudiante de leyes y coleccionaba pinceles por no decir más.

Y si, fue romance, el más lindo de todos; nos duró poco más de tres años, dos viajes a la tierra de mi madre, que cansada de los cambios de clima, decidió a su tierra regresar. En Kiev encargamos un paquetito, como Kiev no quiere la cosa. El viaje nos terminó saliendo muy caro, incluyendo un cambio de vida y mil cosas más.

Al paquetito lo bautizamos en el consulado Uruguayo con presencia requerida de un diplomático Ucraniano. Por nombre: Martín y nada más que eso. Martin Rech. Perro de raza Europea y criado en las calles criollas.

El día en que Alejandra se quedó sin amor, dejándome de paso sin ella, hacia un sol de verano y lo embriagué con cerveza. Mi corazón, otra vez en pedazos.

//Si el amor se equivoca y nos condena

No sabremos usar ya la intuición

Nos perderemos consumiendo la ilusión

Haciendo más grande, la lista de las penas.//

Alejandra y Martin son juguetes del tiempo. A la madre la veo cada vez que ella quiere y al paquetito cuando el tiempo lo permite.  A él lo hospedo en mi casa, que a la vez fue su casa, dándole la oportunidad de empalagarse con los viejos trastos, como lo hacía la madre hasta hace algunos meses.

Ahora vivo sólo escribiendo poesía y alimentando un desamor. Mi nombre, una vez más, Mariano Rech. Para todos ustedes, desde hoy y en adelante, simplemente, Mariano.