Hablando de revistas

Yo confié, de manera incrédula y ciega, pero confié. No confié una vez, confié una y otras más, pero sólo dos momentos, de aquellos de ciega confianza, han de ser mencionados en esta columna.

Hace poco más de un año se acercó un amigo y me confesó su sueño, él, como todos los artistas, deseaba tener un espacio para compartir su obra. Me confesó que el egoísmo no le corría por las venas y que ese espacio que estaría abierto siempre para él, tendría, además de eso, espacio para todos sus amigos. Y también para los amigos de ellos.

La primera semana del Septiembre del año 2010, envié mi primer escrito para ser publicado en el espacio de mi amigo. El escrito lo titulé “Sexo y Religión” y fue publicado en la primera edición de lo que hoy todos conocemos como Arte Libertino. El sueño de mi amigo se hizo realidad y por consiguiente también el mío. Yo quería, en ese momento y al igual que ahora, escribir sobre aquellas cosas que llevan años corroyéndome la mente e impulsando a la imaginación. Yo quería, soñaba, escribir sobre lo que se me diera la gana y hacerlo a mi manera.

Y así, mes a mes, envié mis columnas para Arte Libertino sin esperar nada a cambio. El pago ya lo habían realizado; no llenaron mis bolsillos con monedas, pero si colmaron mis deseos de escribir y publicar.

Hace dos meses, leyendo uno de mis blogs favoritos, me enteré que alguien más, al otro lado del océano, soñaba también con tener su propio espacio. Me enteré que Hernán Casciari, cansado de publicar sus escritos en los medios más prestigiosos de América y Europa, decidió, en conjunto con su mejor amigo, crear su propia revista y ponerla al alcance de todos sus lectores. Y nació la revista Orsai.

La idea del Chiri y Hernán tenía, inicialmente, más de locura que de sensatez. Los lectores debíamos comprar la revista un mes antes de recibirla, sin tener la menor idea de su contenido. Los lectores, debíamos comprar paquetes de 10 ejemplares y buscar 9 “incrédulos” más que  le apostaran a lo mismo. La revista no tenía un solo precio, tenía muchos. Un precio por cada país. Y se vendió en muchos países.

La revista Orsai no tenía un norte definido, sencillamente porque no lo necesitaba. En Orsai, al igual que en Arte Libertino, el norte lo indicaba el deseo y la velocidad la ponía el talento.

Hoy, 20 de Enero del 2010, día en el que tengo que entregar esta columna para ser publicada en la edición #13 de Arte Libertino, llegó a mis manos el primer ejemplar de la revista Orsai. La revisa, que ahora reposa aquí a mi lado, viajó del viejo continente a un estado nórdico de la pretensiosa América. Desde allí, alguien que confió en el Chiri y en Hernán, la envió a mi casilla de correo, a escasas millas del mar en una ciudad donde apremia el sol. Todo porque yo también confié. No una, sino varias veces.

Al terminar esta columna y enviarla al equipo editorial de Arte Libertino, me pondré en la tarea de devorar página por página la revista Orsai. Hermosa coincidencia pero aún mejor su mensaje: En este mundo de mierda aún está permitido soñar.