El libro negro

Por Carlos Miguel García Jané

Hubo una vez un tiempo incierto en que el pasado era mío. Hablaba continuamente de las cosas que había hecho el fin de semana, de mis proyectos para el futuro, de mis recuerdos del pasado, de los buenos tiempos, de las memorias de la infancia. Por aquel entonces tenía yo veintisiete años. Yo solía decir que si el mundo (o mi mundo) se acabase mañana no me importaba en absoluto que no tuviera un futuro porque por lo menos tenía un pasado. Eso que ya no tengo y que jamás fue mío. Ese pasado es lo único que soy. Ese es el pasado que narro aunque no lo recuerdo como algo distinto o sucedido. Quien trajo el cambio consigo fue Ai, mi amigo imaginario que se vino inesperadamente a vivir conmigo un domingo de abril año 2007 cuando tenía veintisiete años.

Cuando Ai cerró la puerta tras de sí supe inmediatamente que el pasado poco importaba y menos importaría. Supe que el futuro, por lo menos algo llamado mío, mi futuro así jamás sucedería. Lo poco que tenía era un presente en el que nunca estaba solo. Ésto lo explico porque Ai sencillamente me ha abandonado tal y como llegó una tarde lluviosa un sábado de septiembre cuando yo tenía treinta años.

A Ai le gusta/ba el silencio imperturbado y pasar desapercibido. Ai es/era ese tipo esquivo de persona que jamás escoje lo que desea tomar en restaurantes, nunca decide qué película ver en el cine o si prefiere ginebra o vodka. Ai nunca atenta aparejar los calcetines. En situaciones sociales yo me quedaba con el embarazo. En situaciones difíciles era yo quien asumía responsabilidades.

A Ai no le preocupan/ban ni formas ni maneras ni métodos sino ir de A a B, de salto a la caída, de la causa al efecto. Los rodeos le importunaban como un dolor de muelas. Los paseos le aburrían soberanamente. Poco importan/ban el proceso, la operación, el agente, el cambio. De lo dicho al hecho sólo había nada. Para Ai todo eran hechos consumados, tautologías autoevidentes, la palabra y la cosa. Ai era prueba de sí mismo.

Así fue como una mañana de un julio soleado Ai llamó a la puerta y sin previo aviso se mudó conmigo cuando contábamos ambos casi veintinueve años cada uno. Ai colocó sobre la mesa un maletin negro. Lo abrió minuciosamente mientras explicaba que en él sólo había papeles en los que escribía rutinariamente. Me dijo que cuando me apeteciera podía leerlos. Nunca escribió nada. Nunca leí nada suyo o nada de él.

Como es natural en alguien tan indeterminado como yo a mi edad, al principio disfruté distraídamente, siguiendo sus consejos a ciegas, de la compañía de Ai. Me pedía que cocinara pero nunca me dictaba el qué. Yo me sentía libre decidiendo el órden de los ingredientes, el tiempo de cocción, la cantidad de sal y pimienta. Una vez incluso me castigué impunemente sin postre porque no bordé el arroz: un castigo merecidísimo.

Ai y yo, aun siendo jóvenes, salimos a beber y a bailar solo una vez. No importa dónde íbamos, siempre regresábamos solos. Siempre estábamos juntos. Ai solía reiterar que es mejor malo conocido. Jamás me dejó solo un solo momento.

En la maleta negra de Ai también había un libro con encuadernación negra. Ai solía decir que ese libro negro esa su libro favorito y que quizás algún día me permitiría leerlo pero sólo cuando estuviera preparado. Nunca supe y aún no sé si era él quien tenía que estar preparado o era yo quien tenía que estar preparado.

Lo que sí supe instintivamente porque Ai me lo dijo es que Ai es el autor de “El libro negro”. “El libro negro” trata sobre un libro en blanco que debe ser escrito por su autor. Una vez escrito, debe ser guardado en una maleta negra. Sólo cuando se esté preparado debe darse a leer. Ai me explicó también que “El libro negro” refleja bien clara la duda sobre quién debe estar preparado, el autor o el lector, y no ofrece respuesta. Ai piensa/pensaba, como pensamos, dos tiempos, todos, que es el lector indudablemente quien escribe un libro, o por lo menos “El libro negro”, y no su autor. Es por eso que no entiendo el libro porque aunque yo he escrito un “El libro negro” y por lo tanto me reservo el derecho de ser identificado exclusivamente como su autor, el libro no ha sido escrito porque ha sido leído porque, sinceramente, no creo que yo haya nunca estado preparado y mucho menos Ai y a vosotros a penas os conozco aunque viva inevitablemente con vosotros.

Esta es evidentemente una de las razones por las cuales en la profundidad de una madrugada cerrada de otoño desperté de repente con un grito ahogado. Ai estaba conmigo y eso me calmó. Cuando repuse de nuevo la cabeza en la almohada reparé oportunamente en que el sobresalto en mi sueño se debía a que interiormente sospechaba de Ai. Pensé/pienso que quizás tuviera/tiene otros amigos, que quizás no era yo el único recurso de su silencio. Entoncés Ai me silbó al oido melodías deliciosas hasta que de nuevo me rendí a un sueño apacible.

Ai solía colocarse delante del espejo y preguntarme: “¿Qué ves?”. Yo solía responder con negativas, evasivas, excusas para no tener que enfrentarme a él. Con un toque de elegancia sutil, Ai se acercaría mucho al espejo y diría: “Todo lo que ves es todo lo que hay”. Luego me afeitaría, me metería en la ducha e iríamos al trabajo escuchando la misma música, leyendo los mismos libros, repitiéndonos las mismas conversaciones que sabíamos de memoria, rituales cotidianos que odiábamos en el otro.

A Ai le gusta/ba mirar por la ventana, distraerse en el vacío. Entonces yo me acercaría silenciosamente a sus papeles aún sobre la mesa y descubriría que no había en ellos nada escrito. Si intentaba alcanzar el libro negro, y a pesar del subterfugio utilizado, Ai interrupiría su silencio diciendo: “¿Qué ves?”. Yo solía responder afirmando “nada”. Ai entonces me aseguraría: “Todo lo que ves no es todo lo que hay”. Así impediría mi intento de leer el libro negro antes de tiempo.

Una medianoche exacta oscura de enero cuando las luces anaranjadas de las farolas de la calle atravesaban a Ai e iluminaban el cuarto, Ai interrumpió mi silencio sonámbulo para describirme los sueños que soñaría aquella noche. “Todo lo que eres es todo lo que ves”. Me explicó pausadamente que nada queda porque nada hubo. Si nunca visto, nunca habido. Variaciones. Diferencias. Si despiertas el mismo, has muerto. Si despiertas no el mismo, has muerto. No despiertes. Es lo mismo. Nada sucede.

Los días extraños que siguieron esta conversación definitiva una tarde perezosa a la hora de la siesta en mayo son difíciles de narrar por lo rápido de los acontecimientos. En un acto sin precedentes Ai compró billetes para Lisboa. Volamos a los pocos días bien de mañana fresca un jueves de febrero. Al llegar al aeropuerto, Ai alquiló un coche. Ai condujo hacia algún lugar que no había compartido conmigo. Yo no sentí curiosidad de preguntar acerca de ese lugar. No nos dirigimos la palabra, dos tiempos. Nadie nos seguía. No seguíamos/seguimos a nadie.

El coche proyectaba una sombra inequívoca sobre el oeste ese anochecer cálido de agosto de viento tranquilizado y rumor de mar. Salímos del coche. Miré a Ai sin ver nada, sentí todo y salté del acantilado al mar. Ahora que estoy muerto me pregunto, ¿lo hice o no lo hice?

Debo detener la narración ex abrupto porque Ai llama a la puerta, como solía, a la hora de los postres.