El Escenario

Si la gente quiere ver sólo las cosas que puede entender, no tendría que ir al teatro: tendría que ir al baño”.

Bertolt Brench

Definir la misión del actor en un mundo de vodevil como el nuestro, es tan difícil como hablar de la esencia del espíritu humano en un simple párrafo, o comparar la magnitud del océano con la extensión infinita del espacio exterior.  Sin embargo, las batallas que libran los grupos independientes de personas dedicadas a llevar la luz de la cultura a una tierra iluminada por el foco de la tecnocracia y la aceptación de una violencia sistematizada por parte de los entes de control, es una tarea del diario vivir sin respiros o treguas, sangre detrás del telón, máscaras risueñas sobre rostros apesadumbrados, tragedias amorosas en escenarios vírgenes, y cualquier otra representación de una conducta sumida en las turbulencias de nuestra época y de todas las demás que en el último de los casos, es siempre la misma, más nunca indiferente.

Escindirse de la personalidad para adaptar las maneras, conductas y motivaciones de un ser creado en la mente de su autor, es tal vez la única manera de “tocar” a los que nunca nos atrevimos a hurgar en nuestro propio ser para adoptar el alma de alguien más, y todo ello, de manera definitiva, se debe a la cobardía que adoptamos de una sociedad que silencia a sus artistas con la conveniencia del silencio para apoyar otras causas elevadas a “trascendentales”, con el fin de alimentar los egos de poder y control de los “grandes del mundo”.

Por ello, la misión del actor es tan árida como la de un profeta de la verdad que intentar abrir los ojos de los escépticos mediando risas con llantos y, lo que es más difícil (en la gran mayoría de los casos), contando de antemano con el fracaso de sus esfuerzos ante la negativa del mainstream por reconocer su iniciativa emprendedora, ya que, como es bien sabido por todo aquel que se intenta labrar un camino en el mundo del arte, más concretamente en el teatro, en las palabras del Franz Liszt: “Un teatro recibe el reconocimiento a través de su iniciativa”.

En este reconocimiento se estima la apuesta que hacen los grupos experimentales de teatro urbanos; independientes y libres, se dedican no sólo al performance, sino que, como parte de un proyecto pedagógico, imparten talleres de formación en las artes escénicas en diferentes municipios de Colombia para que, aunando fuerzas con la misma población, abran espacios de integración, formación y crecimiento cultural.  Estas batallas, estos “aullidos mudos en la noche de un mundo pintado de hierro”, son los rayos de esperanza que hablan de la existencia del espíritu humano al negar su extinción aun a sabiendas de una civilización elevada más hacia lo comercial que a lo sensual, la frivolidad de nuestros días, la pérdida de los mitos, los falos de hierro y cemento erigidos en torno a las grandes corporaciones que apuntan al cielo, los falsos dioses de carmín y pasarela, bebidas energéticas, cuerpos perfectos y casas prefabricadas, ya que como bien dijo el profeta pagano Hakim Bay, “Solo estoy despierto en lo que amo hasta el punto del terror; todo lo demás no es sino mobiliario amortajado, anestesia cotidiana, cagadas mentales, aburrimiento subreptil de los regímenes totalitarios, censura banal y dolor inútil”.

De manera que ¡tranquilo mundo! Puede que nos hagamos pedazos con los escombros de una humanidad en ruinas, pero en cuanto se oigan los alaridos de batalla de unos cuantos valientes que cuenten lo que sucede sin ninguna otra aspiración que la de reproducir la poesía que hay en la vida, estaremos a salvo, contaremos con la pizca de humanidad que nos diferencia de las máquinas y, tal vez, si contamos con algo de suerte, podremos mantener el rostro en alto para mirar más allá de donde se pierden la luna y las estrellas.