El día que Platón se marchó

Por: Gustavo Bonilla Caballero

El ruido de la televisión rompía mi sueño, sentía como si se quebrara mi cráneo, poco a poco aquellos bramidos escuetos fueron tomando forma, y finalmente se convirtieron en palabras…no podía asimilarlas, no podía creerlo, pero en la televisión lo anunciaban, o al menos eso fue lo que noté cuando pude despertar. – Platón ha decidido irse- esa era la noticia que despertaba a los trabajadores, y la que estremecía a los vagos bellos durmientes.

En la tele, un prospecto de caricatura con un vestido digno de un títere de piñata barata daba los pormenores de la noticia, con más yerros gramaticales que aciertos periodísticos.

– A eso de las cinco de la madrugada se ha visto salir al señor Platón de su edificio de residencia con rumbo indeterminado y desconocido- reí, no me percataba de la gravedad de la noticia, solo disfrutaba de aquella atmosfera tan ridícula que imbuía al títere-caricato, era hermoso como un grupo de ancianos bailando Joropo o algún ritmo vernáculo.

La cabeza funciona muy lento un lunes en la mañana, mucho más si no tenías pronosticado levantarte, es horrible sentir como Dionisio quiere llevarse la fiesta de tu cabeza y reemplazarla por un montón de damas estoicas que lloran en tu cráneo – horripilante pléyade de beatas-.

Mas adelante se acercó el celador del edifico de  Platón, era mucho más hermoso que el primer títere, podría decir que era perfecto, estaba listo para poner en una parrilla y disfrutar de su aroma cautivadora; sus yerros eran más contundentes y a la vez más osados con respecto a los del periodista mediocre; sentía él, que de su presencia ante las cámaras dependía el orden mundial, era el reflejo de millares de libros expuestos al sol y vendidos por una bagatela, era la emulación de los programas dominicales… era un hueso de Marrano echo apoteosis.

Respondía a todas la preguntas del títere número uno con un “correctamente”. Fue extensa la entrevista, sin embargo, lo único que se podría extraer de esta era que Platón había salido muy temprano de su casa con un par de maletas sin avisar a con que destino ni a donde iría.

Empecé a preocuparme, la caricatura periodística ya llevaba un buen tiempo, y parecía que le estaban proporcionando un grado muy alto de transcendencia a la noticia. La última vez que había visto un cubrimiento así se trataba de una efemérides tremendamente importante, la realización de la butifarra más grande del mundo en Córdoba.

No Platón, por favor, tu no Platón, cruel destino, por todos los dioses, que esto no sea cierto, oh Platón eres mi vida; toda mi existencia  se ha cimentado en ti, pese a que somos pocos los que  escuchamos  tus sabios designios, no puede ser eso razón para dejarnos abandonados en un mundo frio, estéril, lleno de penumbras ; al menos.. ¿Podrías haber acariciado al celador del edificio? … era difícil encontrarte, sin embargo la osadía nos llevaba a buscarte, en la radio, en la tele… en las encías sucias de un campesino…. Donde fuera.

Al día siguiente después de saber de la partida de Platón tuve un monologo muy extenso… la metamorfosis era algo imposible de evitar…

-       No creo que hayan pasado si quiera veinte horas después de tu partida, ya te necesito, no sé distinguir entre el azul y el rojo, siento como su tuviera fiebre… ¿moriré?… qué es esto. Platón maestro, maestro, ya lo siento llegar, ahora entiendo a Gregorio Samsa, mi cuerpo cada vez está más y más cálido, ayúdame Platón, temo saber que sucederá.

-Mi libido se activa y mis hormonas se agudizan, la fiebre empieza a excitar mi cuerpo, sin embargo intento mantener mi mente en blanco ; – no querido Platón, no querido Platón, escúchame por favor.

La percepción se hizo lenta, no quería saber nada, absolutamente nada, solo blanco y blanco en la mente, aunque mi cuerpo ardía en deseos carnales externos.

De repente, el blanco dejó de existir en mi cabeza, solo veía dos muslos generosos y cálidos, mi sexo estaba a punto de estallar, tanto así que empecé a tocarlo, acto seguido vi unos senos enormes adornados con una flor tatuada; solo pensaba en carne, mucha carne en el piso, cruda y sucia, pisoteada y escupida, y eso me excitaba mas y más.

Fue ahí cuando descubrí que me gustaba Marbelle, pero no fue mi culpa, todo fue culpa de Platón por abandonarnos.