Candida y su hijo

Por: Diana Belaustegui

A la puerta la tiraron de una patada, llevándole al acto, cierto aire dramático hollywoodense. Los policías que entraron, que fueron nueve en total, corrieron por toda la casa, armados hasta los talones, cubiertos con chalecos antibalas, protegiéndose unos a otros, revisando habitación por habitación ¡Tampoco era que fuera muy grande la casa! En la tercera lo encontraron. ¿Estaba tan absorto en su ritual que no los había escuchado? ¿Cabía esa posibilidad? Andrés, de cuclillas, con un cuchillo carnicero de grandes dimensiones había cortado todo el músculo abdominal de su víctima y antes de comenzar a masticarlo parecía que se lo había pasado por todo el rostro y el cuello. Estaba rojo de sangre. Se lo detuvo inmediatamente. El alienado fue reducido con crudeza, rudeza, con fiera agresión… como se merecía un animal absurdo como él. Las voces, los sonidos de asombro llegaron unos segundos después cuando se percataron que el cuerpo parcialmente consumido era el de un niño. Andrés no hacía otra cosa que sonreír, la cara roja y pegajosa, la falta de un diente y su incipiente calvicie no le daban un mejor aspecto. Entre miradas se confabularon. Uno salió hacia el pasillo y con un ademán le indicó al policía de la entrada que dejara de cuidar el ingreso de la gente.

El pueblo entero entró ardiendo en ira, la impotencia por los adolescentes perdidos se les escapaban por las uñas en una extraña ceremonia de venganza, actuaban unidos y parecía ensayado. La coreografía perfecta de vindicación.

Andrés fue linchado por los padres de hijos desaparecidos en los últimos dos años.

Lo que quedó de él se levantó y fue entregado a su madre.

Cándida Leónidas Díaz recibió los restos de su infortunado hijo un doce de octubre a las dieciocho horas, a cajón cerrado.

Lo veló sola en su casa, ninguna sala velatoria quiso recibir el cuerpo de esa aberración.

Se sentó al lado de su cajón, con su cuerpo marchito por la vejez, por el sufrimiento de ver a su hijo sumido en la esquizofrenia, por las dudas de lo que hacía, por la confirmación luego, por el intento de dar con él antes que la policía, por lo arrebatado.

Lo recordó.  Sólo eso le quedaba y nadie podía impedírselo. Sacó las fotos y las puso por todo el féretro. De recién nacido, rubito y regordete. De lactante, sonriente e ingenuo. Sus pasos por la escuela, sus notas elevadas, su delantal blanco impoluto, su cuerpecito creciendo.

Con las fotos en el pecho recordó cada detalle: su espalda ancha, sus hombros altos, sus manos perfectas, su lunar en el labio, sus ojos marrones.

Las fotos de la adolescencia mostraban un rostro cambiado, una mirada perdida, la boca en un rictus temeroso… su mente ya se perdía por ratos, eso lo recordaba bien. Su niño adorado. La sociedad ya se había pagado lo que él hiciera, ahora descansaba en paz. Ya nadie tenía derecho a nombrarlo y maldecir su nombre porque todos los errores estaban saldados y se habían apropiado de más también.

-Vete tranquilo hijo, recorre otros caminos mi niño- gimió Cándida Leónidas Díaz y se durmió junto a él.

Cuando despertó tenía la seguridad de haber transitado por ese lugar en otras ocasiones, se levantó de un salto, casi como una niña, sin que los huesos le dolieran, pero nada de esto le llamó la atención. Caminó sin dirección, pero sin miedo o duda, se cruzó con gente que creía haber conocido en algún momento. Era un lugar especial, sabía que había pasto porque lo pisaba, lo sentía entre sus dedos, más la espesa bruma le impedía verlo. Los árboles eran tan altos, antiguos y densos que tapaban el cielo (¡si es que lo había!) y no dejaban penetrar la luz del sol (¡si es que allí existía!). Algunas personas estaban sentadas esperando. Otros caminaban con el rostro serio y casi sin expresión, lánguidos.

Pero ella buscaba a alguien (¿A quién?).

Tenía que recordarlo antes de que se fuera más lejos (¿Hacia donde?).

Tenía que hallarlo antes que se perdiera en la oscuridad (¿Cual?)

Se tomó de la cabeza e intentó recordar, estaba allí por una razón.

Ella había roto todas las cláusulas pre-establecidas, todo lo convenido, lo señalado le importo una mierda, había transgredido todas las leyes de la naturaleza y había escapado hacia esa zona para buscarlo a él.

¡Sí!

¡A él!

¡Buscaba a un hombre! Pero aun no recordaba a quien, supuso que si encontraba ese rostro lo reconocería y caminó durante mucho tiempo (si es que el tiempo existía ahí). Las personas que cruzó murmuraban solas. Algunos tenían los rostros tan tristes que parecía que se doblegarían ante la tristeza en cualquier momento y otros sonreían, satisfechos, plenos.

En seguida escuchó el llanto, ¿como es que a nadie le importaba? Lo buscó con la mirada, no lo encontró, pero siguió el sonido de los quejidos que por ratos se convertían en aullidos dolorosos.

A un costado de un árbol, por entre la bruma sobresalía una cabeza, estaba en cuclillas, abrazándose las rodillas, hundiendo el rostro, llorando como un niño. Era él. Se acercó para investigar porque lo buscaba y mientras se agachaba le toco la cabeza, él levantó el rostro y la miró.

Un agudo dolor le atravesó el pecho, recordó su panza enorme, las risas, la alegría, el dolor, el cuerpo abriéndose en un perfecto tributo a la vida, el niño, sus pechos: aljibes de leche, el amor, la vida, el perfume de la felicidad que la extasiaba, la sensación de sentirse mujer plena. Luego el desenfreno, la enfermedad, la ausencia, su hijo perdido… su hijo muerto. ¡Su hijo!

-Andrés- chilló reconociéndolo. Lo abrazó con fuerza, besándole el rostro. Cuando él se movió confundido escuchó el ruido metálico y lo miró. Estaba encadenado al árbol. Le tomo el rostro con las manos, acariciándolo.

-Aquí está mamá- le dijo llorosa

Él mostró una sonrisa extraña dejando entrever pequeños y afilados colmillos, de su cráneo habían empezado a surgir dos protuberancias muy similares a cuernos, su hijo perdía la fisonomía que conociera, se iba convirtiendo en un monstruo grisáceo, encadenado a un árbol, esperando vaya a saber que destino.

-¡Pero ya lo has pagado!- le gritó llorando

Él se movía inquieto, tocándole los hombros, como queriendo consolarla, como queriendo abrazarla… ¡la había reconocido!, o al menos sabía que entre sus brazos él estaría seguro. Lanzaba quejidos guturales y se frotaba el rostro en el pecho de la mujer que sentía conocer.

De la nada apareció una mano que inyecto algo en el pecho de la mujer, seguido de un choque de electricidad.

-Nadie te seguirá haciendo daño- gritó furiosa y confundida- nadie más tocará a mi hijo. ¡Nadie! – sentenció y tirándose sobre él, lo cubrió con su cuerpo.

En la sala de emergencia Doña Cándida Leónidas Díaz volvió a la vida después de una ardua tarea de resucitación por parte de los médicos.

Intentaba sonreír. No podía, le dolía todo el cuerpo, ¡pero estaba viva!

Internamente se propuso nunca más agradecer nada a Dios y les dio la mano a los doctores que se mostraron satisfechos por haberla salvado.

Después de unas horas, cuando se sintió tranquila y creyó que podía caminar, le pidió a una enfermera que la acompañara al baño. Cerró la puerta tras ella y se miró en el espejo complacida, acompañada, plena: los ojos marrones, una incipiente calva, los dientes puntiagudos y filosos. Sonrió feliz. Y dulcificando la voz le pidió a la ayudante de enfermera, una tierna adolescente, que entrara al baño para ayudarla…

FIN