Alonso Mercado Emiliani

Pese a que ya nos presentábamos como amigos desde hace algún tiempo, puedo decir que comencé a conocer al maestro Alonso Mercado Emiliani, cuando por admiración literaria recorrí los pasos de Raúl Gómez Jattin en Cereté.

Estando en la Universidad de Córdoba, y sabiendo de la gran amistad que tuvo con Gómez Jattin, le pregunté al Maestro Alonso, si algún día podíamos hablar de Raúl. Él, con la generosa actitud que lo caracteriza, me dijo: claro, llégate al patio y conversamos. ¿El patio? – Le pregunté. Sí, es mi taller de creación. Total, en una tarde calurosa de invierno, de esas que producen tal sopor que sólo provoca una limonada helada estando acostado en una hamaca debajo de un palo de mango, arrancamos para el patio con un trío de jóvenes y amigos literatos que hoy lo acompañan en sus proyectos que se pueden llamar teatro, cine, radio, o simplemente, vuelo, luz.

A nuestro arribo al patio, una casa a medio construir, en la mitad de la naturaleza silvestre, comencé a adentrarme en un aire, de esos que poco se encuentran, o más bien, rara vez se dan, donde las corrientes tienen un alto grado de iluminación.  De las paredes colgaban pinturas inspiradas en el fuego de sus sueños. El piso, la mesa, la mecedora eran el descanso para unos versos de fuerza desbordada.

Sacó las mecedoras y sonriendo activó la granada que segundos después explotó en los recuerdos de lo que un día fue su gran amistad con Raúl, o como el mismo lo llama, “El descomunal”.

Entre la tormenta y el jolgorio, sacó varios escritos que le hizo a Raúl. Era la primera vez que leía al maestro Mercado y quedé alucinado. Entre los filos de la intimidad encontré apartes como: “La voz de Raúl era estentórea, era brutal, pantagruélica: cuando se trataba de llorar era una mula, la angustia que babea, cuando se trataba de reír se le dislocaba la quijada, como al rey Lear.”

En nuestros siguientes encuentros, cada vez era menos frecuente que Raúl bajara del pedestal que habita en la inmortalidad. Ahora era la mano prodigiosa del maestro Alonso la que estremecía los cimientos del patio. Versos iban y venían en medio de profundas reflexiones sobre la humanidad.

Alonso Mercado escribe para construir, así como lo hacen los pensadores.

Casi siempre estoy llorando

Si no fuera por las lágrimas

Nadie lo sabría el dolor me alimenta

Madura en mis huesos tu ausencia

A veces llovía y sólo yo me daba cuenta

¿Si te dijera que mis manos arden

Me creerías? Hoy podría curar a los enfermos

Donde haya cenizas sembraría geranios

Donde silencio sembraría ilusiones

Una sed de amor me quema la garganta

Me matan unas ganas de morirme

Una ausencia lejana un abismo el corazón

Las mañanas ilusorias de la bahía de las ánimas

El oro de los duendes al final del arco iris

Mantenerse de pie sin hacer otra cosa

Que adorarte no es fácil alcanzar la transparencia

No te aventures hermano a transitar por el barrio

Sin estas palabras mágicas es preciso que sepas lo hondo

Que soy lo desconocido sería la última persona

La luna rompe el silencio

Como un disparo deja un hoyo

En la pared del cielo unos resplandores

Huidizos cual Ángeles malevos

Se asen a las raíces otros dorados

Abandonan el sendero

En las aguas oscuras los peces del misterio

Me siento en la silla de Van Gogh

Con los pies untados de sueño

Mientras escucho

Los latidos de mi corazón

Se mueve la araña en su casa de hilo

Barco loco baila con las aguas

El viento suelta pájaros negros

Hubo un día en que las torres cantaban

Flores y amores bugambilias y besos

El río cuesta abajo se desliza

Por altos precipicios y aullidos de lobo

Cada planta tiene aquí su asiento cada zeta

Cada flor su gusano cada cucaracha su antena

En la casa del pensamiento bajo los truenos

Se dobla uno la mañana se despierta

Todo se vuelve al revés como una media

Mientras escribo se rajas las paredes

Huyen las esquinas por aquí se llega a todas

Partes por acá a ninguna

No tienes que saludar con hambre