La presa

Por Juan Gabriel Tormo

Húlgar no podía creer su suerte. ¡Había atrapado un hada!

Apenas unos minutos antes, escuchaba el sonido frenético de sus pájaros y había regresado al lugar donde guardaba sus presas. El joven era un trampero. Colocaba toda clase de artilugios en el bosque del monte Fahal. Cada mañana los revisaba en busca de presas para vender en el mercado. En esas estaba cuando escuchó el alboroto y regresó al punto donde retenía sus aves.

Cuando se acercó vio al pequeño ser que ya había roto una de las jaulas e intentaba forzar la segunda cerradura. Con el alboroto que los pájaros hacían, jamás escuchó los pasos del muchacho. Una vez en su prisión sus gritos y sus forcejeos no cesaron pon un buen rato.

Húlgar se preparaba para partir. Ya tenía las jaulas debidamente amarradas. Fue en ese momento que notó que el bichejo ya no hacía más sonidos, por lo que volteó a verle.

-¿Ya me vas a dejar salir? –preguntó el hada con enfado.

El trampero lanzó una carcajada al escuchar semejante pregunta.

-¡Tú te vienes conmigo! ¿Liberaste algunas tórtolas y petirrojos? Poco importa. Voy a conseguir cien veces, mil veces, más por tí.

Ahora fue el turno del diminuto ser de lanzar carcajadas.

-¡No tienes idea de lo que has atrapado! No conseguirás nada por mí. ¡Nada!

-Eres un hada. Los señores de Ursum han pagado hasta un derim de plata por buenas aves. Imagínate lo que me pagarán por algo como tú.

-Eres un idiota. ¡Un idiota ignorante!

La expresión en la cara del muchacho era de total desconcierto.

-No soy un hada. Soy una sílfide –agregó con talante orgulloso- Mi nombre es Ulmiscel. Si me llevas al pueblo me convertiré en cenizas cuando nos alejemos del roble que debo cuidar.

Una mueca cruzó la cara del muchacho.

-¿Cuánto crees que obtendrás por un puñado de ceniza?

Húlgar miraba fijamente a Ulmiscel. Desde pequeño le habían repetido desconfiar de la palabra de los seres del bosque.

-Mientes… Todos ustedes son unos mentirosos. No te creo nada.

-Mira muchacho. No tengo ningún valor para ti. ¿Me matarás por la pura curiosidad de ver si digo la verdad?

El trampero no supo que contestar a esta pregunta. Miraba al ser con codicia y molestia. Esto amenazaba con convertirse en un auténtico dolor de cabeza. Se quedó callado y dando la espalda continuó con los preparativos para regresar a Ursum.

-Te propongo algo. ¿Cien derimes conseguirás por mí? Te ofrezco más por mi libertad.

Por fin el hada decía algo que sonaba interesante. Dio la espalda de nuevo a sus pertenencias y mantuvo la mirada sobre su prisionera.

-¿Qué tiene una sílfide del bosque que valga tanto?

-Nada. Nada poseo porque no doy valor a esas cosas. Pero sé donde hallarlas.

-¡Habla!

-¿Has oído hablar de los altos Elfos de la casa del Rhium? –El joven negó con la cabeza.

- Por generaciones vivieron en las laderas del monte, hasta que la guerra con los seres del norte empezó. Ellos huyeron antes de que los demonios y los dragones llegaran, pero antes escondieron por todo el lugar aquello que no podían llevarse con ellos.

-¿Y tú sabes dónde está ese tesoro? –interrumpió Húlgar.

Ulsmiscel sintió un aguijonazo de satisfacción. Finalmente el trampero parecía estar genuinamente interesado en un trato.

-No, pero sé donde está un poco. Si me dejas libre, te llevaré hasta él.

El joven sonrió al notar las intenciones de su pequeña presa. No era tan ingenuo.

-Si te dejo libre, jamás te volveré a ver. –La cara de Ulmiscel se oscureció con las palabras de Húlgar

- Llévame ahí. Si no me has mentido, te dejaré en libertad.

Ulmiscel titubeó antes de contestar. Desde su posición era difícil intentar obtener un poco más. Paseó sus ojos entre el follaje y los troncos de los robles y abedules.

-Si te llevo a donde está todo eso, regresas y dejas libres a todas tus aves.

El muchacho volteó a ver sus jaulas medio vacías.

-De acuerdo. Si el rescate que ofreces es tan bueno como dices, las dejaré ir.

Tomando la jaula donde se encontraba presa Ulsmiscel, Húlgar comenzó a caminar por la ladera, entre los grandes árboles. No fue un viaje sencillo ni corto, pero al cabo una hora larga de camino, llegaron a un claro en el bosque, una hondonada rodeada de pinos, tan cerca unos de los otros que era imposible ver entre ellos. En medio de todo eso, un tronco cortado rodeado de hojarasca. El sol aún no se levantaba del todo y su luz no penetraba la tupida vegetación. El silencio se imponía y el único sonido era el de sus propios pasos sobre las hojas secas del inicio de la estación fría.

-Aquí es-, dijo con voz cansada Ulmiscel.

-No veo nada- Los ojos de Húlgar se paseaban de un lado al otro sin distinguir algo no fuera madera, hojas, bosque y más bosque.

-En el tronco–, agregó desde su jaula la sílfide apuntando con su diminuta mano en dirección al árbol muerto – Levanta el pedazo de corteza suelto, el que está junto a esa rama.

El muchacho puso la jaula en el suelo y al acercarse al tronco vio brillar un objeto sobre las hojas muertas. Con asombro cogió una moneda que jamás había visto, tan grande como un derim, hecha de oro. Volteó a ver de nueva cuenta la jaula donde la sílfide sonreía.

-¿Ahora me crees?

Levantó la corteza y un agujero apenas más grande que su propia mano apareció. A través de éste, vio más monedas en el interior del tronco. Con una enorme sonrisa introdujo su mano en él y sacó algunas. No pudo contener la risa, ¡era rico! Volvió a meter la mano para tomar más riquezas y un dolor intenso lo recorrió. Por más que tiró con todas sus fuerzas no pudo sacar su brazo.

Una vez más volteó a ver hacía donde había dejado la jaula con Ulmsicel y la encontró vacía.

En lo alto de la loma, en el mismo sendero desde el cuál viniera con el hada, un grupo de gnomos, de mirada sucia y perversa lo observaban. Entre ellos, un duende, delgado y con una barba larga y tupida fue quien habló.

-Húlgar de Ursum, has sido juzgado y se te encuentra culpable por tus actos en contra del bosque y sus criaturas. Tu castigo tomará lugar de forma inmediata.

Desde todos los árboles y todas las ramas, aves de todo tipo batían sus alas y graznaban de forma desenfrenada. El trampero intentó hablar para defenderse, pero sus palabras quedaron ahogadas por el sonido infernal. Al mirar hacia el ser horrendo que lo condenaba, vio sobre su hombro la figura inconfundible de Ulsmiscel, con sus alas doradas y su sonrisa maliciosa.

Los pájaros se lanzaron sobre él. En cuestión de segundos, una nube de plumas, garras y picos lo ocultó de la vista de sus jueces.

El gnomo volteó la mirada hacia la sílfide.

-Ya tenemos al cazador y al trampero. ¿Quién sigue?

Sin despegar la vista de la hondonada, la pérfida sílfide sonrió con satisfacción antes de contestar.

-El siguiente es el leñador.