La alegría de ser niño

Creo que muchos adultos no toman seriamente a los escritores infantiles; creo que muchos de aquellos no-niños no saben qué es lo verdaderamente serio e importante en la vida.

El pasado 30 de agosto falleció en Bogotá Jairo Aníbal Niño, uno de los escritores infantiles colombianos más sobresalientes del ámbito latinoamericano contemporáneo. Ahora que me siento a escribir esta columna tengo que esforzarme para no dejar que la emoción tome control de mis lágrimas, como nunca lo ha conseguido la muerte natural de algún personaje famoso. Es que para mí, han dejado el planeta Tierra un corazón puro, una mente clara y un alma llena de vida y capacidad de asombro. Ha dejado de caminar un maestro y uno de los moldes en los que me gustaría encajar repetidamente por el resto de mi vida.

La primera vez que leí a Jairo Aníbal Niño tenía quince años. La alegría de querer llegó a mis manos a través de un tío muy querido. Tanto él como yo ya no cumplíamos el requisito físico de ser niños; pero tanto a él como a mí sus poemas nos atraparon, sin importarnos su simpleza, porque exactamente así es el idioma del corazón.

Si se leen sus escritos con atención, se encuentran entre las páginas fórmulas para la vida llenas de sabiduría. No hace mal revisarlas de cuando en cuando para no perder el norte en la búsqueda de aquello que es fundamental.

“¿1×1?

—Uno.
¿1×2?
—Todo.
¿Todo?

—Sí; si los dos se

tienen cariño”[1]

Tuve la fortuna de entrevistarlo muchos años atrás y descubrí un hombre lleno de magia, cuyas palabras atravesaban las fronteras del mundo de la fantasía sin problemas. Me reafirmó la duda de que aquello que imaginamos no es tan irreal, me confirmó que había conocido a la hermana de El Principito y me contó cómo, cuando era pequeño, su papá había dado refugio a Sinbad, entre muchos otros viajeros.

También encontré a un pensador y, sobre todo, a un educador de aquellos de verdad, de los que no gustan de seguir normas establecidas que puedan aplacar el espíritu creador.

En sus palabras, él no eligió ser un autor infantil, los pequeños lo quisieron así. Supe que esta afinidad era posible porque leí en sus ojos que aún llevaba en el alma la alegría de ser niño, de darle importancia y de amar hasta la más sencilla de las cosas de la vida.

Jamás olvidaré aquello que me dijo al despedirse después de la entrevista: “no dejes nunca que te corten las alas”. Aún hoy intento que así sea.

Probablemente ahora está en la dimensión a donde van los maestros después de abandonar este planeta. Quizá esté flotando en el espacio como en su sueño, el de coger un cohete, hacer como Neil Armstrong y ver la Tierra, pequeñita y a la vez magnánima, en compañía de otros astros.

Me quedo con sus palabras sabias para recurrir a ellas cuando me olvide del camino. Desafortunadamente también me quedo con el pesar de no haber cumplido la promesa de enviarle aquella entrevista matizada, pensando que siempre hay tiempo para mostrarles a las personas cuánto valen. Me equivoque. Ahora tal vez, desde ese plano magistral, él pueda hurgar entre mis cajones y leerla. Que sepa que tiene mi permiso.


[1] Niño, Jairo Aníbal. La alegría de querer