El manzano

Por: Erika Maya

Solía perderse en su habitación cargado de dulces en los bolsillos. Con especial destreza ubicaba la mitad de sus azucarados tesoros en una esquina de la ventana justo enfrente de un manzano. Rojos frutos despedían aromas mágicos como si el mismísimo Dios descendiera para impregnar el aire de refrescantes olores.

“Luisito ojos de miel”, decía cada vez que traía los dulces.  Mi hijo reía a carcajadas cuando parafraseaba eso.

Nos contaba que un pequeño ser dormía en lo alto del manzano, en su casita de hojas con ventanales rojos y verdes y que un pájaro con alas enormes lo cobijaba cada noche e iluminaba su hogar con sus grandes ojos que prendían y apagaban hasta el amanecer. Al despuntar el día el rocío tocaba su casa en una abismal cascada de gotitas.

Lo veíamos treparse en las tardes, conversaba con su, para nosotros invisible, ser. Bajaba con su cabecita coronada de flores y mariposas que posaban detenidas cual calcomanía. Cierto día lo vimos bajando y dos colibríes asomaban sus volátiles alas por el cuello de su camisa, el reía contándonos que Luisito le había mostrado cómo volar.

Así mismo iluminado, cual halo dorado lo cubriese, nos habló de cómo se derretían los helados de vainilla de la abuela en el filo de un rayo solar.

En las noches cuando toda la casa dormía, trozos de chocolate y galleta envueltos en celofán eran reemplazados por los dulces, dispuestos a ser lanzados hasta la copa.  “Luisito ojos de miel, duerme bien con las aves y los grillos, que mañana te espero para cazar lagartijos”.

Al llegar el sol, el pequeño se internaba en el patio, le veíamos la cabellera riza asomarse por entre las piedras. Con lapicitos de color dibujaba caravanas de gusanos y un lagarto naranjado con piloto y copiloto halado.

Creció mi niño y para entonces advertimos el manzano, y aunque no viéramos al invisible camarada teníamos la certeza que en infantil inocencia mi hijo era seducido por la magia. Incluimos en la alacena muchos dulces y galletas.

¡Creció mi niño y a su manzano rindió ritual!

Se despidió de su infancia para emprender el viaje de ser un hombre. Nos burlábamos de su tristeza, ¿cómo era que un adulto aún llamara a Luisito Ojos de Miel para darle sus deliciosos regalos?

Nos desconcertaba la seguridad con que nos hablaba y hasta dudamos de su cordura. Pasaba horas contándonos que Luisito era diminuto y peludo, conocedor de cada flor; especialmente de las pequeñas hadas que tenían por casa sus corazones polinizados, que en la enredadera se cambiaban de ropaje cada noche y cerraban las cortinas de pétalos para esperar a la luna. Decía que el agua no era sino un puñado de damitas vestidas de amarillo que se deleitaban río abajo, pero para los incrédulos que no aceptaban lo sublime, no era más que una composición entre hidrógeno y oxígeno.

Él encontraba lo perdido, aquello que los humanos archivaban en los baúles de la memoria. En el día se hacía invisible y trepaba mariposas púrpuras que a las ocho y media, todos los días, visitaban a Dios, al mismo que nosotros olvidamos y al que le pasamos desapercibidos a cada rato, ese hacedor de milagros.

Cuando mi hijo partió, escribió un epitafio en el rincón de la ventana que decía: “¡Qué triste cuando los duendes tienen que dejar ir al niño que cuidan!”.

A partir de ahí, pedacitos de galletas y dulces hacen camino desde la cocina hasta el manzano, a las ocho y media se desnuda de frutos echándolos al azar. Cientos de colibríes elevan su vuelo y las flores del patio abren y cierran danzando, un destello púrpura asoma en la ventana de mi hijo mientras al misterioso manzano le llueven doncellas color amarillo.