Editorial

Han pasado nueve años desde el ataque terrorista a las Torres Gemelas y parece que el mundo sigue sin entender que la esencia de la felicidad es el amor y la tranquilidad que éste genera. Los odios siguen aflorando como una plaga que arrasa por doquier a las semillas de vida.

Lamentablemente, las noticias previas a este triste aniversario estuvieron relacionadas con la campaña organizada en una pequeña comunidad religiosa de un pueblo estadounidense para quemar el Koran, libro sagrado de los musulmanes; manifestaciones anti-occidentales por parte de algunas comunidades musulmanas; la expulsión de los gitanos de Francia, entre otras. Esto únicamente denota una peligrosa intolerancia entre los habitantes del planeta.

El presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, desde que llegó a la Casa Blanca, ha manifestado la importancia de respetar los diferentes matices que componen la comunidad mundial. Sin embargo, no ha avanzado en propiciar acciones para impulsar la capacidad del hombre de ser libre para elegir en qué creer y la condición que esto supone de tolerar y, sobre todo, respetar a aquellos que escogen caminos diferentes. Hoy, el Internet ha permitido que los seres humanos lleguen a conocerse y comprenderse como nunca antes. Aún así, seguimos matándonos porque no aceptamos al vecino como quiere ser.

El político y académico colombiano Antanas Mockus logró fomentar de manera exitosa una cultura de respeto por las libertades humanas en Bogotá, una de las ciudades más intolerantes a principios de los años noventas del siglo pasado, porque sus palabras eran el reflejo de sus hechos. Si los Estados Unidos y su presidente quieren respeto por los derechos humanos, deben ser los primeros en respetarlos. Lo mismo se aplica a tantos temas que le reclaman al mundo y que en su accionar son incoherentes, como lo son la protección del medio ambiente y el libre comercio.

Estamos pisando los terrenos más escabrosos de nuestra historia. Hemos enfermado gravemente a la naturaleza, la cual necesitamos para vivir; además, nuestro poder de matar está al nivel de un cataclismo. Si le bajamos la temperatura a nuestras vanidades, los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 llegarán a ser un punto de reflexión para la construcción de una sociedad amable, y no lo que hoy parecen: una señal de que lo peor está por venir.