Cebollas con queso

Por Julián Silva Puentes

¿Recuerdas despertar en la madrugada en plena lluvia, acurrucado bajo las sábanas, sintiendo que alguien o algo jalaba tus pies? La tía Victoria le llamaba “La visita del duende” y por eso dormía siempre con las rodillas pegadas al pecho. Además, me amarraba un par de cebollas con tiras de queso en cada pie ya que, según ella, era lo único que espantaba a los malos espíritus.

En las noches, durmiendo junto a ella, me imaginaba a los duendes esos, enanos deformes de un metro veinte de estatura con cabellos rojizos de irlandés y miles de pecas diminutas pintando a modo de chispero una cara colorada y redonda. No entendía su miedo. Un irlandés enano, feo y cabezón puede hacer tanto daño como una gata en celo totalmente cabreada luego de una violenta penetración. Pese a todo, saber a la tía Victoria espantada ante la amenaza de un ser semejante me producía un terror y paranoia indescriptibles. Era un niño, por tanto me impresionaba con mayor facilidad que ahora, y su miedo me contagiaba a medida que pasábamos las noches con ramilletes de cebollas y queso amarrados a las piernas.

Ya la veía llorar en las noches, a la tía Victoria. Se apretaba contra mí hasta asfixiarme. Yo intentaba soltarme para agarrar un poco de aire cargado con una semana de cebollas podridas y queso rancio escondidos bajo las sábanas. Ambos gritábamos allí, en la cama, con las almohadas tapando nuestras cabezas para no alertar a mamá porque de lo contrario, sin contentarse con mandarme a dormir solo a mi cama, me obligaría a salir del repelente de los duendecillos: las cebollas y el queso.

Después de la primera semana pasando la noche de semejante manera, mi cara se convirtió en una masa pálida y enfermiza. Llevaba sin dormir más de cinco días y todo por un enano malicioso que según ella, luego de tirarte de la cama, te llevaba hasta su guarida secreta en el cañón del Chicamocha para violarte sin parar durante dos días y dos noches. Luego, una vez se vaciaba por completo dentro de ti, te abandonaba a tu suerte con un engendro creciéndote en la barriga. No importaba si eras hombre o mujer, si te daba por delante o por detrás, igual, resultabas preñado.

Sin embargo, haciendo a un lado el terror de las noches, en el día todo estaba bien. Cada uno con sus obligaciones ya fuera en el colegio o en el trabajo, pero luego de ver La dimensión desconocida en la TV, a eso de las diez y media, todo empezaba de nuevo, y más cuando al entrar al cuarto nos daba de lleno el hedor insoportable del amuleto.

− Con este olor no van a querer violar a nadie –decía la tía Victoria–.

Yo asentía. Toda la sabiduría del mundo reposaba en sus labios. Si ella lo decía, era cierto. Sin embargo, algo pasó una noche que puso en duda la veracidad de sus palabras. Desperté luego de escuchar un gruñido perruno. -¡El duende!–, pensé–. Empecé a tirar de la manga de la tía Victoria para despertarla.

− ¡Tía, tía, el duende, tía, ya llegó, ya está aquí!

Ella se encogió en medio de la noche, sumida en un mar de putrefacción, gruñendo aun con más fuerza.

No veía nada. El mundo se hallaba sumido en las sombras terroríficas de la noche, pero reconocí sus gemidos de dolor, y aunque la negrura lo devorara todo, supe al duende ahí mismo, en la cama, violando a la tía Victoria con todo y podredumbre.

Quise encender la luz para espantarlo pero temí por lo que podría haber bajo la cama y lo que me sucedería si llegara a caer en el poder de unas manos subterráneas venidas desde el mismísimo infierno. En todo caso, debía hacer algo o de lo contrarío la embarazaría el duende, ¡eso como mínimo! A lo mejor, si le llegaba a gustar en verdad mi tía, podría llevársela a su escondite secreto y nunca más volvería a saber de ella.

De modo que empecé a lanzar manotazos en la dirección que fuera con el fin de golpear al duende. Una lluvia de diminutos golpes infantiles caían sobre ella con la potencia de mil aguijones de avispa negra a la vez que la tía gritaba sin importarle lo que mamá o cualquiera pudiera pensar. Pero en un momento dado sus aullidos se convirtieron en palabras de súplica y me pidió detener mi poderosa venganza.

Se levantó de la cama para encender la luz. Cuando recobré la vista luego del primer chispazo, la noté a ella sola, arrodillada en la mitad del cuarto sin ningún irlandés enetrándola desde las entras del infierno. Se encontraba llorando, apretándose la barriga, repitiendo: − Martín… Martín, estoy enferma…-

La llevé al baño. Se sentó en la tasa, pálida como una hoja de papel, empujando con fuerza, gimiendo, llorando quedamente. Intenté zafarme de su mano para ir donde madre a pedirle ayuda, pero me tenía agarrado con tanta fuerza que no pude soltarme. Yo decía: − Tía, Tía, ¿dónde está el duende?

No respondía. Apretaba los ojos y pujaba. Apretaba los ojos, rechinaba los dientes y gemía. Yo miraba a todos lados, especialmente bajo la cama esperando ver al duende salir. En todo caso –pensé–, ya atrapó a la tía. No creo que tenga fuerzas suficientes para mí.

De un momento a otro, luego de pasar un par de horas en el baño, se escuchó un objeto pesado cayendo dentro del inodoro. La tía se desplomó al piso. De sus piernas bajaban hilillos de sangre. En el agua, flotando inerte, se hallaba una bola de carne del tamaño de un puño adulto. Era rosada y tenía venitas azules. Parecía un cerebro o tal vez un corazón lleno de pliegues deformes. En todo caso no supe qué era. Tampoco me respondió la tía cuando le pregunté si se trataba del duende. Pero sea como fuere, la ayudé a llegar a la cama, donde la arropé hasta el cuello. Se durmió al instante. No abrió los ojos en un par de días. Permaneció echada en la cama todo ese tiempo. Yo la alimenté, cambié e incluso la llevé al baño cuando sus fuerzas se lo impidieron.

No fui al colegio mientras la tía estuvo encamada. Permanecí a su lado leyéndole mis comics de Druidas vampiros, dibujando, hablándole, en fin. Hasta que una tarde se levantó, fue hasta el baño y entró en la regadera. Tardó un par de horas bañándose. Cuando salió su rostro sonreía, todo en ella sonreía. Me miró y dijo así sin más:

− Desde hoy puedes dormir en tu cuarto mi niño.

Me puse pálido, estoy seguro, porque se acercó, me besó la cabeza y continuó:

− No te preocupes Martín. Te tiene miedo después de la paliza que le diste. No va a volver más a esta casa. Te lo juro.

Terminó de cambiarse. Recogió su pelo brillante en una especie de bola sobre la cabeza. Parecía llevar un cerebro de pelos en la coronilla a modo de sombrero. Me besó nuevamente, esta vez en los labios, sonrió en el umbral de la puerta y salió a la calle.

A partir de esa noche y hasta el día de hoy he dormido solo, boca arriba, con las piernas recogidas y un ramillete de cebollas con tiras de queso verde en cada tobillo. Al irlandés ese, al desollador del ojete, no lo he vuelto a encontrar. Debe ser mi amuleto secreto y el recuerdo de mi grandiosa defensa la noche del incidente con la tía, la del aborto, lo que lo mantiene alejado. O eso creo yo. Vaya uno a saber.