Las cosas que me molestan

A la hora de enumerar aquellas cosas que nos molestan en la vida nos damos cuenta la clase de persona que somos y el mundo en el que vivimos. Hace sólo unos días, por motivos de trabajo, me trasladé fuera de mi ciudad de residencia para cumplir con los compromisos que había adquirido al hacerme socia de una pequeña empresa y responsabilizarme por varios aspectos de la misma.

Estando en mi nueva “oficina” descubrí que uno de mis mayores placeres es la bien llamada libertad. Aquí, rodeada de jóvenes llenos de talento, pero desconocidos para mí, he pasado tal vez los peores días laborales que recuerde en mi vida.

A pesar de tener varios gustos en común con muchos de estos jóvenes, no pude, bajo ningún pretexto, dejar atrás muchas de las costumbres adquiridas en lo profundo de mi soledad.

Hoy, justo cuando siento una enorme necesidad por entregar esta columna y por cumplir con varias de mis obligaciones literarias, descubrí lo importante que es para mí y para el futuro de todos mis proyectos, el poder trabajar bajo mis propias reglas y con la libertad necesaria para hacer, sin prejuicios, todo lo que se me venga en gana.

Bajo las luces azules y negras de mi apartamento no existe ningún tipo de restricción o cohibición. El vino y el porro son tan fundamentales como la musa y el lápiz. La música se cuela entre las paredes y la cerveza nunca deja de ser una opción. Mi libertad no entiende de prohibiciones, mi voluntad no acepta coacciones y yo me siento morir cuando no puedo hacer lo que se me viene en gana.

Aún cuando dos porros reposan en el cajón de mi nuevo escritorio al momento de escribir esta columna, me encuentro en un país donde la marihuana es mal de muchos pero crimen para todos. A mi diestra alcanzo a divisar la estación de policía más grande que he visto en la vida; a mi siniestra una de las calles más concurridas de la ciudad. No hay parques cercanos, no cuento con la facilidad de un auto propio al no ser este mi país de residencia y los pocos amigos que comparten mis gustos bohemios se encuentran justo al otro lado del mar.

La poca música que escucho sale de mi computador y llega a mi por medio de dos auriculares que de “speakers” tienen más bien poco; los teléfonos en la oficina no dejan de sonar y yo estoy a horas no más de mandar todo a la mierda si las cosas siguen igual.

En solo unos minutos me iré a “almorzar”, me quedaré en la calle más de lo debido y caminaré sin norte alguno hasta encontrar un lugar sin nombre donde pueda ser quien realmente soy, aunque sea sólo por un par de horas. Me tomaré algunas cervezas antes de terminada la tarde y volveré a la oficina a terminar aquellas cosas que no se pueden hacer usando como escritorio la mesa de un bar cualquiera.

Volveré a la realidad, mi realidad, reconociendo que si algo me molesta es la necesidad imperiosa que siente la gente de guardar las apariencias, la necesidad absurda de parecer oficinista y las leyes irracionales que se inventan los gobernantes para prohibirnos aquellas cosas que ellos ya hicieron y que de seguro hoy hacen sus hijos.

Si por mi fuera me fumaría los porros entre letra y letra de este artículo, pediría un par de cervezas en el comercio de la esquina y escucharía estas mismas canciones a un nivel mucho más alto. Lo que no quiero, bajo ninguna circunstancia, es terminar en la cárcel de mujeres de un país sin norte, juzgada por el hecho de ser Mariana Frey y no una sumisa más con el título de ciudadana del común.