Hadastra verde

Por: Armin Sattler

El  alcohol y el arte. ¿No será una buena idea para un relato?  Existe una relación entre estas dos palabras que comienzan por a. Pero la verdad es que no sé mucho sobre las artes. Dicen que hay por lo menos siete, teniendo en cuenta que al embeleco llamado cine le tocó ese número. Imagino que entre las otras están la pintura y la literatura. De manera que por ahí va mi cuento: alcohol y literatura.

Ya es un punto. La historia está llena de escritores borrachos. Nada más fácil que coger a un odre de esos y encajarlo en un argumento que parezca tener alguna moraleja sin moralina. Que al terminar de leer el lector piense algo del estilo: “Beber es bueno para escribir aunque sea malo para la vida. Este señor Bukowski (o Williams o Capote – sólo se me ocurren gringos) sacrificó su hígado en el altar del arte literario”.  Así que me invento un Hemingway de papel y lo pongo a emborracharse por ahí, durante unas ciento cincuenta palabras. Pero  hasta aquí me llega el impulso. Estoy con Vallejo (el de antes) y siento que me sale espuma por todos lados, y mi Hemingway termina ahogándose en la espuma. Borro todo presionando una tecla. Pruebo con otros: Chandler, Scott Fitzgerald, Poe, Thompson (siempre gringos) y todos terminan nadando en babas.

Decido salir a la noche para ver si me llega eso que dicen que se llama inspiración. Voy a estudiar el problema en su esencia. Me armo de valor, de una libretita Moleskine (claro, de las de escritor gringo), un esfero y ¡a la noche! Es miércoles. Llueve. La calle está casi vacía. Sin embargo me doy ánimos diciéndome que estoy investigando para un relato literario. “No necesito gente”, me digo. “Necesito licor y mi libreta”, me digo. “Para ver si pasa”, me digo. Me meto en un taxi y aparezco en el bar de siempre, que ofrece un variado surtido de licores. Al sentarme, saco de inmediato la libreta, la abro y me dispongo a retomar mi gesta con una frase de Faulkner acerca del escritor y el prostíbulo. La acabo de recordar en el taxi.  Le quito la tapa al kilométrico, pero ¡ojo!, algo me hace falta, ¿qué será? Pues elíxir del diablo, lubricante social, jugo de la verdad. Pido un mojito y me lo tomo de dos tragos. De regreso al papel, pues. Anoto: “Faulkner dijo…” y hasta ahí llego.  ¿Qué carajos fue lo que dijo el tal Faulkner?

La consigna del escritor: no desesperar. Si no funcionó el mojito, quizá con absenta pueda lubricar la fantasía. Llamo a John, el mesero, y le pido que me sirva algo del licor de los románticos. Mi cuento, acabo de decidirlo, va a transcurrir en la Europa del siglo XIX. “¡Qué maravilla!” pienso pensando en mi nueva idea. “¿Qué cosa?” me pregunta John.” El hada verde” le explico a John. Nada. No me entiende.”Absenta”, repito. “Seguro tienen por ahí”, insisto, y él se va, mirándome por encima del hombro. Quizá piense que yo ya me enloquecí, más temprano que de costumbre. Lo veo moverse detrás de la barra, se agacha. Vuelve. Trae una botella en la mano. “Lo único verde que tenemos es licor de menta”, explica. “Bueno, será” me digo. “Por lo menos da la sensación”, me digo, y le pido que deje la botella y que me traiga la copa más exótica que encuentre.

Vuelvo a mi Moleskine. Me sirvo el licor de menta. Cierro por un momento los ojos. Me imagino en París, me imagino en Villa Dodiati, me imagino en Weimar. Tomo licor de menta. A mi chaqueta le crecen los faldones hasta ser levita. Apoyo la punta de mi esfero en la página blanca. Tomo licor de menta. Aspiro con fuerza. El pelo me crece y se ensortija como el de un poeta maldito. Otro trago de menta. Ya viene, ya está, aquí está el relato, la del romántico que se embriaga y escribe poemas y se enamora y lo pierde todo por amor y termina suicidándose y…

Nada que hacer. La libreta se manchó cuando derramé el contenido de la décima copa. Siento una punzada en un costado y todo me da vueltas. Creo que voy a vomitar. Con seguridad amaneceré enfermo. Licor de menta en lugar de absenta. Arte y literatura.  ¿En qué estaba pensando?