El trabajo

Tengo un par de cosas para decir con respecto al trabajo y algunas experiencias en particular. Para empezar, a modo de introducción, afirmaré que ningún trabajo me enseñó nada acerca del carácter, la disciplina o el hecho de convertirme en un sujeto ahorrador. ¡Ni cerca! Si lo hice, si trabajé, se debió únicamente a que el dinero en mi casa se acabó y debí cubrir mis estudios y demás gastos de manutención por mi propia cuenta. Como consecuencia, y de manera tonta, lo sé, adquirí esta aversión a las personas que con tanto gusto se entregaban a una tarea aburrida y mecánica, apasionados incluso, como si acaso fuera muy divertido quebrarse la espalda con tal de comer y pagarse un techo bajo el cual la loquilla de tu novia se sienta cómoda a la hora de mostrarte los calzones.

Ahora bien, algo que saqué en limpio de todas mis experiencias laborales fue que de ningún trabajo requerí otra cosa que no fuera la paga. Nada más me importaba. Sin embargo, en algunos lugares exigen una gran actitud de tu parte: sonrisas a la hora de trabajar hasta tarde por el mero capricho de tu jefe, u ofrecerse a colaborar con la empresa un sábado en la mañana ya que el pendejo de contabilidad no fue capaz de terminar el famoso informe bimestral de gastos. En pocas palabras, para resumir, y esto es algo reciente, un término del manejo empresarial de la nueva era, algo muy zen y hasta místico: debía convertirme en una persona “proactiva”.

¿Cómo así? ¿Proactivo? ¿Qué quieren decir con esto? Pues bien, semejante término se refiere a la iniciativa que tenga el trabajador a la hora de entregarse en cuerpo y alma a la empresa, llegando al extremo de llamar a los compañeros de cubículo e incluso al mismo jefe “su familia lejos de casa”. Y es que justamente esa es la idea del manejo empresarial de hoy en día: hacer que el “obrero” se sienta parte de algo grande, una pandilla, un equipo, algo así como una secta de adeptos impresionables cuyo dios es el logo de una multinacional en la que pierden su alma sin tan siquiera darse cuenta.

De manera que yo, Julián Silva, nunca fui proactivo. Más bien todo lo contrario, un tanto resentido además de perezoso. Eso sí, me esforcé en no demostrar ni lo uno ni lo otro. Sonreía mucho y permanecía hasta tarde en la empresa frente al computador, siempre aparentando que trabajaba muy duro cuando lo que en realidad hacía era escribir cuanta cosa me pasara por la cabeza.

Cayeron redondos, puedo jurarlo. Y en efecto, según las pruebas, era yo un sujeto proactivo, una buena adición a la familia que éramos todos los esclavos en conjunto. Pero todo en esta vida tiende a terminarse. Cuando lo que tú haces, tu coartada, finalmente se descubre, conoces las recriminaciones de un jefe que en un principio te tenía en tan buena estima:

− No entiendo Silva, se la pasa frente al computador todo el día, ¿cómo es que no ha hecho nada en todo el mes?

Listo. Así de sencillo fue. Hasta ahí llegó mi reinado. Pasé de ser uno de los grandes favoritos, la joven promesa de la empresa, al cretinillo sobre el cual el jefe se descargaba cuando le iban mal las cosas en la oficina o en la casa. Llegaba incluso a gritarme de una manera demente frente a la gente del piso, alaridos infrahumanos con lágrimas de sangre por añadidura. Era algo terrible, la humillación máxima, y más cuando luego de llamarme mediocre e inepto lo miraba a los ojos aceptando la veracidad de sus palabras.

Debo decir, a modo de defensa y en honor a la verdad, que parte de mis errores, independientemente de mi pereza y reticencia a la hora de hacer las cosas que me encomendaban, se debían al asunto por el cual se le reconocía a primera vista, a mi jefe: aquella violenta gingivitis tan suya como lo es la noche de la luna y la luz del sol.

De cuando en cuando, al hablarte de cerca, podías notar los hilillos sanguinolentos supurar de sus encías podridas. ¡Hombre! ¿Cómo alguien podía concentrarse a la hora de recibir sus instrucciones? Por lo menos, yo no. Y era debido a eso, aquel elemento distractor y repugnante, que resultaba cometiendo los errores idiotas por los que recibí semejante vomitona de su parte. Bueno, no del todo, pero casi siempre se debió a ello. Definitivamente era un loco furioso mi jefe, y de ser militar, seguramente general, se daría gusto fusilando a diestra y siniestra alegando delitos ridículos como la cobardía  la falta de carácter o, en su defecto, la carencia de proactividad.

Me iba hartando poco a poco, eso es seguro. Y más cuando sin haber cometido falta alguna, decidía tomarme de tonto para animarle la tarde a todos haciendo chistes cerca de mis medias desiguales o cualquier imbecilidad por el estilo. Yo lo aguantaba. Sonreía como el imbécil que era a cada embestida. En efecto, si no podía acomodarme  las exigencias de la oficina convirtiéndome en un sujeto proactivo, debía aportar al menos eso, las risas de la oficina, un destello de alegría a mis expensas. Era esto o ser despedido. Y para la época, un año atrás, recibir aquel maldito cheque a final de mes era la razón misma de la existencia.

Una mañana mientras me servía un pocillo de tinto en la cafetería, mi jefe, el señor Malavera, me pidió que le sirviera uno a él y de paso al par de amigos que lo visitaban, unos conocidos de mi familia. De manera que llegué con una bandejita muy hacendoso, yo, sonriendo y sirviendo a los allí presentes mientras mi jefe les decía “él es Julián, ya lo conocen, el multiusos de la empresa”.

Me molestó, no voy a decir que no, pero lo aguanté como lo hacía con todo, hasta que claro, mi jefe derramó accidentalmente el café sobre mi camisa nueva, tan blanca como la nieve, a la vez que decía “¡carajo, Julián, recoja ese reguero y sírvame otro!”. Ahí fue ¡zas! Ese justo momento, el despertar de mi letargo, cuando decidí que me vengaría de los dos años de humillaciones y desplantes. ¡Eso era! La suerte estaba echada. Ya lo verían, así sin más, lo que haría.

De modo que me levanté a la mañana siguiente muy temprano, decidido a mear la enorme greca del café, ya que aparte de humillarme, mi jefe, no hacía más que beber café. Con eso tendría, mi venganza perfecta, pero con lo que no conté fue con que la aseadora se encontraba en el piso conmigo en el momento preciso, y lo que es peor, viéndome liberar el chorro de orina dentro del recipiente.En cuanto noté su presencia me puse pálido e intenté buscar alguna excusa, pero me calmó al decirme que pensó en hacer lo mismo infinidad de veces durante años por las mismas razones que yo: venganza. Le sonreí pues, asegurándole que ya tendría lo suyo el viejo pelón, instándola también a ella, Albita, a contribuir con la causa escupiendo en el tinto contaminado. Y así lo hizo, con todo el gusto del mundo: soltó un escupitajo viscoso y verde, inmolado con el rencor de varios años de abuso.Hicimos lo mismo cada mañana durante dos semanas. Madrugaba únicamente con el fin de contaminar con Albita la bebida de todas las personas de la oficina. No teníamos nada en contra de los demás trabajadores, pero eran tan culpables como el mismo jefe por no tomar medidas por su propia cuenta. Pero toda medida extrema, ya se sabe, lleva consecuencias extremas. Y así sucedió cuando Malavera faltó una semana al trabajo aquejado de una infección en la boca. Tan violento fue el mal que perdió tres dientes y debió alimentarse con sonda en virtud de las encías inflamadas. Nos sentimos culpables, lo juro. Nos creímos los autores de la infección por aquello de su gingivitis, condición extrema que lo hacía vulnerable a nuestras deposiciones envenenadas. En todo caso, estuviéramos seguros o no, decidimos poner un alto a nuestra venganza personal. Obtuvimos más de lo que quisimos y no debíamos tentar al destino ambicionando mayores males. Pero eso sí, cuando regresó a la oficina con sus nuevas prótesis dentales brillantes y perfectas, burlándose de mis medias de colores y gritándonos por cualquier cosa, se nos pasó por la cabeza hacerle algo aún peor, alguna cosa maligna que le enseñara para siempre lo que era recibir la miseria de alguien más.

Afortunadamente (ahora lo veo así), ya cuando fraguábamos la manera de dañar su matrimonio inventándole una amante ficticia, mi contrato llegó a su fin. Así, perdí  interés y me largué en cuanto recibí la liquidación. Me figure que si no estaba bajo el cargo de Malavera, poco me importaba lo que fuera de su vida. Bien podía atorarse con la sangre purulenta de sus encías o convertirse en el presidente de la empresa, no tenía que ver conmigo. Al menos nunca más.

En cuanto a Albita, permaneció unos meses más laborando hasta el día en que fue descubierta acomodando una cucaracha muerta en la ensalada del Gerente General. Todo se debió, su perfecto acto de retribución, a que el muy gusano la presionó para permanecer en la oficina tres horas más después de la hora de salida porque le pareció que se antojaría de la dichosa ensalada en cuanto saliera de la reunión. Desde luego, no podía servírsela personalmente. No señor. Era él mismo, el Gerente General, tan inútil como una cucaracha muerta sobre un trozo de lechuga rociada con aderezo.

Me agradó que así lo hicieran, despedirla por un acto voluntario de rebeldía. Ignoro qué ha pasado con ella desde entonces. Tal vez se encuentra desempleada al igual que yo, o quizás trabaja para algún otro banco y continúe ejecutando a la vez sus venganzas personales. De ser así, te saludo Albita donde quiera que te encuentres. Dudo mucho que ese par de marranos corporativos se lleven algo a la boca sin antes recordar la última humillación perpetrada de manera mezquina a algún pobre diablo como nosotros. Lo reprochable aquí no es el acto en sí, sino lo poco que hacen para contenerse.

Para ustedes, partida de miserables, jefes del mundo, aborticos de humanidades laceradas: témanle a la venganza silenciosa de un trabajador amputado en su orgullo propio. Porque nunca sabrán con seguridad cuántas veces beberán agua del inodoro sin tan siquiera notarlo.