De Tragos

Por: Julian Silva

Si hubieras conocido al loco Santa (tal y como yo lo hice), de lo primero que te darías cuenta, tras encontrarlo con un par de tragos en la cabeza, sería de su predilección por los problemas, su verdadero vicio, la única razón de su existencia.

Era un imán, el loco Santa, para las complicaciones.  No importaba en dónde se encontrara.  Bien podía ser un bar o durante un día de campo; total, siempre se las arreglaba para arruinar la velada, siempre, sin excepción.  Como aquella ocasión en el funeral del tío Miguel por allá en el año 83.  Déjame decirte cómo sucedió todo, a ver, déjame contarte con detalle el asunto. Todos, la concurrencia, los buitres, estaban hasta los ojos de moscatel, nada raro en una familia de ganaderos santandereanos cuando la ocasión requiere lidiar con la muerte de un ser amado, eso lo sabe cualquiera.  Pero el loco Santa lo estaba más que todos, flotaba por los aires en una nube de vapor, y sus ojos grises, debiste verlos, echaban chispas de candela.  Todo en él, su entera humanidad, irradiaba un caos contagioso que resultaba implicando tanto a culpables como a inocentes, no importaba quién fuera, nunca discriminaba.

-        Tráiganme a la mujer de Miguel, ¡carajo! –gritó en un momento dado–.

Nadie lo escuchaba porque se sabía lo pesado que se ponía cuando tomaba.  Además, la esposa del difunto era conocida por su fama de puta y de maniaca.  Ella y el loco Santa se llevaban de maravilla.  Ambos una desgracia como seres humanos además de viciosos.  Pero aún y con todo, la viuda se mostró inusualmente respetable.  Todos la veíamos allí sentada junto al ataúd con su traje negro de ocasión y un sombrero de playa teñido con el color de la muerte.  No derramaba ni una sola lágrima.  Pero sus ojos colorados denotaban una sobredosis reciente de llanto.  Se notaba que sufría, cualquiera podía decirlo pese a la tranquilidad que demostraba en los momentos de velación.  Eso sí, se debía a los antidepresivos, claro, aquella sonrisa perdida y el remanente blanco de saliva en los labios daban fe de ello.  Además, como prueba irrefutable, no hacía caso del llamado del rey de los borrachos, el mismo de siempre, el loco Santa, tan festivo y brutal en la misma velada.

Eran amigos, buenos amigos, el tío Miguel y el loco Santa.  Lo eran de toda la vida. Juntos prestaron servicio en el ejército, viajaron como ayudantes de maquinista en un barco alrededor del mundo y se pelearon por la misma mujer. Por poco y se acaba la amistad, así de sencillo, por una mujer, la novia de El Loco, al escaparse ésta con el tío Miguel después de visualizar su futuro junto al loco Santa: una borrachera constante y bebés con el buche repleto de vino. Tal vez ni eso, estéril sería de tanto beber, o quizá no, pero de que sería algo serio, ¡hombre!, nadie lo dudaba y mucho menos aquellos que lo conocían tan bien.

Recuerdo el escándalo en mi casa la noche en que se supo todo: el loco entrando en la madrugada con un revolver en la mano preguntando irónicamente por su “mejor” amigo, echando las mismas chispas de siempre por los ojos y bebiendo de la botella con la avidez del tísico.  Es una imagen que mantengo conmigo desde entonces: un hombre grande, en esa época joven, con los mismos ojos grises de los lobos, atravesando las paredes y las conciencias de todos en la casa.

“Nadie engaña al diablo, ¡no joda! Y yo soy el diablo, así que cuidado conmigo, ¡cuidado con mentirle al diablo!” – decía con el cacho apuntando a cada uno de nosotros–.  Por eso nos miraba a los ojos gruñendo y rayando las paredes con las uñas.  Tan demente estaría, eso es seguro, que después de salir de la casa aparentemente satisfecho con nuestras negativas, entró por la puerta principal con el monstruo ese, su Harley Davidson del año 37, volteando mesas y espantando a los gatos de la abuela Carmen.  Más de uno fue al baño ahí mismo, donde estaba, con la pijama puesta, de pie y apretando el orto para evitar mayores fugas involuntarias.  Tanto así estábamos de asustados (¡qué digo!, ¡espantados!), pero en el fondo sabíamos que no le haría daño a nadie.  Lo conocíamos demasiado bien.  Hacía semejante escándalo no porque tuviera el corazón roto, no señor, su motivación era sencillamente la de limpiar su orgullo, nada más que eso, una muestra de su hombría, el macho cabrío, Batman, Superman e incluso el Capitán Centella.  Listo, pare de contar.

Pero al final (no contaré los detalles de su reencuentro porque los ignoro), supieron solucionar el problema, era de esperarse, con una borrachera titánica en Cartagena, el tío Miguel y el loco Santa, en donde permanecieron un par de semanas sirviendo de traductores a los extranjeros hasta que ellos mismos se convirtieron en extranjeros al embarcarse, como cuando eran jóvenes, en un viaje que les duró poco más de un año.  No tuvieron la delicadeza de avisarle a nadie de sus planes.  Si lo supimos fue por la postal que llegó a la casa proveniente de algún lugar en el medio oriente, dos meses después de su partida, no recuerdo dónde, firmada por un par de borrachos, el tío y el loco, ambos garabateando su nombre de mala gana y con el afán tan propio del borracho curtido de puerto.

Pero todo esto pasó hace mucho.  Ahora el tío Miguel se nos fue y nos quedó en su lugar el loco Santa, el grandísimo moscardón, quien soltó algo así como un discurso en plena velación:

-        Cuando me abandonó la mujer que más tarde sería la esposa del difunto, creí que nunca jamás podría perdonarlos, especialmente a mi mejor amigo, aquel alacrán traicionero, Miguel.  Pero el vaivén de las olas, el pasar del tiempo, me enseñó que nada debía cambiar: podíamos seguir siendo hermanos, Miguel y yo, llevarnos de maravilla, viajar de vez en cuando y beber de la misma botella cuando la ocasión lo ameritara.  Todo eso junto a su mujer, a quien compartíamos sin egoísmos. Buenos amigos éramos los tres, especialmente ella, Mauricia, tan alegre y generosa con su cuerpo como lo fue siempre.

Mis abuelos y los demás viejos, todos provenientes de la caótica zona de Burgos, empezaron a gritar y a aventar sus vasos en dirección al loco Santa.  Pero él no se inmutó, al contrario, le dio por treparse en el ataúd del tío Miguel y con el trago en alto gritó:

-        Brindo por el amigo más generoso y valiente que haya vivido en el mundo, ¡brindo por los muertos que están más vivos que los vivos! ¡No joda! Brindo por Miguel y los hijos que me dio su mujer, dos de los cinco que parieron, ¡mírenlos! A esos dos, ¡igualitos a mí! Tan generoso sería, Miguel, que los crió como si fueran suyos aún a sabiendas de la verdad. ¡Salud!

Una botella fue a dar en medio de los ojos del loco tirándolo de culo al piso con todo y cajón.  Los niños nos hicimos detrás del sofá donde podíamos verlo todo sin recibir regaños: a ellos, a los adultos, peleando entre sí, la familia de la viuda contra mi familia, unos llorando y otros lanzando puños y patadas.  Y el loco Santa, ¿a qué no adivinas? Se levantó como si nada, sonriendo, siempre enseñando esos dientes blancos y brillantes como perlas, inclinó su cara dentro del cajón entreabierto para despedirse de mi tío, lo besó en la frente, muy cariñoso él, y se fue como si nada dejando tras de sí un torbellino de bocas rotas y vestidos rasgados.  La tía Mauricia, la viuda, no se enteró de nada.  Continuó allí sentada, junto al ataúd roto, con la mirada perdida quién sabe dónde y aquella sonrisa imbécil tan propia de los dementes sedados.

Me pregunto cuánto tiempo fingió su viaje farmacológico para evitar las recriminaciones de sus familiares.  Tal vez lo hizo hasta el entierro del tío Miguel o quizás duró un par de años más.  El caso es que la tía Mauricia, después de un tiempo, volvió a ser la misma de antes; un tanto más loca y puta quizás, así lo creo yo, debido a la ausencia del hombre de su vida.  Todavía se junta con el loco Santa. Son algo así como novios, una pareja jodida en verdad, siempre tambaleándose en la calle y armando pelea por ahí.  Pero son graciosos de ver, puedo jurarlo, tanto como lo fueron la tarde del funeral del tío Miguel.