Son las tres de la tarde.

Por Carlos Miguel García Jané.

-¿Te acuerdas del pasado? – preguntó el hermano menor.

-No recuerdo nada de lo ocurrido – respondió el hermano mayor.

-No hablo de sucesos. No hablo de lo que pasaba. Hablo de lo que eras, de cómo éramos.

-No sé cómo éramos, mas echo de menos sentirme así. Y ahora, ¿qué somos? Fumo un cigarro en una punta del sofá, brazos cruzados. Sorbes café en la otra punta, piernas cruzadas.

-Y miramos la tele.

-La tele está encendida. Apágala si no quieres verla.

-La miraríamos de todas formas aunque estuviese apagada.

-Sospecho que no estamos obligados a mirar la tele.

El hermano mayor y el hermano menor miraron la tele durante un rato. Uno acabó un cigarro, luego otro. Uno se bebió el café. Luego el hermano menor dijo:

-Éramos del verano y de la playa y de las mañanas de sol alargadas sin distinción hasta la noche.

-Éramos de arena en el pelo y algas, y espuma de agua y sal en boca sin distinción hasta la noche.

-Y en la noche, todas las ventanas abiertas, el arrullo de las olas sobre la pura sábana, solo.

-En la noche, todas las ventanas abiertas, el susurro de la brisa bajo la almohada, acallado.

-El rumor de las olas en la noche.

-El vaivén de las olas en la noche.

-Y tu sudor.

-Y tu sudor.

El menor se levantó a preparar más café. El mayor encendió otro cigarro. Dejaron que la tele hablara. Al regresar, el menor dijo:

-El primero en levantarse despertaba al otro.

-Nos olvidábamos de desayunar. Nos estirábamos en el sofá delante de la tele. Era todavía muy pronto. No queríamos ser los primeros en llegar a la playa.

-Nos estirábamos en el sofá a ver la tele. Nos abrazábamos enredados uno en el otro jugando a ser algas enmarañadas como en los dedos de los pies. Intentábamos deshacernos uno en el otro.

-Hacía demasiado calor. Los meses de verano nos abolillábamos en el sofá delante de la tele y nos disolvíamos en una batalla que inexorablemente resolvíamos tras un beso en la mejilla de madre y un portazo con una carrera hasta el mar con tan sólo un bañador puesto y en ocasiones sin ni siquiera toalla.

-Y nos sentábamos en la arena y mirábamos el mar sin decirnos nada. Y mirábamos las olas romperse en espuma como si nos rompiéramos las piernas complicadas en las del otro, como deshaciéndose en lenguas que no nos hablaban para que no entendiéramos nada.

-Compartíamos una toalla o una camiseta sobre la arena, sobre una roca. Nos estirábamos abrazados fingiendo una contienda, una pelea de arena en los ojos, de arena en las orejas, despidiendo la sal de la lengua con los labios, de los labios con la lengua.

-Y nunca mirábamos atrás. Escuchábamos el tren al pasar, el traqueteo en los raíles. Las palmeras en el paseo, la gente comiendo helado, una autopista y coches en una dirección, una ciudad gris como el fin de emisión al final de la noche.

-Pero en el mar no había vías. En el mar no hay caminos. Nos acercábamos al agua evitando el rastro de los otros. Nadie existía salvo tú. Abríamos un camino entre las piedras del espigón donde estamos destinados a acabar.

-Aguantábamos la respiración con la esperanza de obtener un erizo de mar de entre las piedras o un cangrejo.

-Y siempre regresábamos a la superficie, a tu cara de cobre y tu sonrisa de perlas y tus ojos azul del cielo.

-Y siempre volvíamos atrás, a tu rostro de bronce y tu sonrisa de algodón y tus ojos de miel.

-Y nos secábamos al sol sobre una roca.

-Y regresábamos a casa, arrugados, cansados, a abrazarnos en el sofá. Nos olvidábamos de comer.

El hermano mayor apagó un último cigarro. El hermano menor dejó caer al suelo la cuchara del café. El hermano mayor dijo entonces:

-Día tras día. El mismo sol. Tú tenías ocho y yo diez. Tú nueve y yo once. Tú diez y yo doce. Cada día. Nos queríamos tanto sin saberlo. Y nunca nos cansamos.

-Fue entonces cuando sentimos frío. El final del verano. Ya no quedaban niños que gritaran en el parque. Sacamos manga larga del armario.

-Fue entonces cuando encendimos la tele.