De T.V

Por Julian Silva Puentes

Cuando papá se fue de la casa, lo único que dejó tras de sí fue la nevera, el comedor, una cama grande y la vieja TV.  Eran los últimos días del histórico año de 1989, diciembre para ser exactos, la navidad, Drácula, el Niño Dios, Batman, el ratón Pérez, papá Noel y cuanta cosa se quiera.

No había mucho para hacer aquella mañana del adiós final, excepto llorar y maldecir al mundo por semejante suerte tan jodida. Eso sí, la televisión se encontraba aún con nosotros, intacta para mi consuelo, porque olvidar, entregarse al mutismo de la pantalla resplandeciente, era el único alivio disponible para un niño de nueve años que siente el sabor amargo del fracaso de su padre por primera vez en su vida.

En la calle el escándalo, indiscutiblemente, iba dirigido hacia nosotros; y los vecinos, una partida de vampiros sedientos de la humillación ajena, participaban del espectáculo supervisando cada movimiento del tullido Benigno, una criatura deforme y hedionda que se ganaba la vida como mandadero de la plaza de mercado, entregando pedidos a las familias de la vecindad.  Benigno, el mugroso aquel, no era ningún extraño.  Conocía a mi mamá de toda la vida.  En navidad le entregábamos regalos, usualmente un par de zapatos nuevos o la ropa vieja de papá.  Era algo así como un amigo de la casa.  Todos lo queríamos mucho. Incluso nos reíamos de sus chistes tarados y lo acompañábamos a tomar el bus con sombrilla en mano cuando llovía demasiado fuerte.

Sí señor, ese era el mismo Benigno que hacía temblar los cimientos de la casa exigiendo el pago de su miserable trabajo.  En la calle nadie optaba por hacer algo.  Tampoco al interior de mi casa.  Mi mamá chillaba como una hiena, nada más hacía eso, junto con mis hermanas, en algún rincón de la cocina.  Yo, por mi parte, me encontraba viendo en la TV, con el volumen al máximo, al A-Team hacer pedazos a un contingente militar en una de sus famosas escapadas a bordo de la famosa GMC Van.  Pero los gritos furiosos de Benigno eran más poderosos que cualquier aparato de sonido conocido por el hombre; sobrenaturales creo yo, o tal vez demoníacos, vaya uno a saber, pero de que eran potentes, ¡dios Chivo! Cualquiera puede decirlo, los vecinos, ellos más que nadie, y el mismo Benigno, claro, claro está, el mismo Benigno.

Tanto él como los vecinos sabían de la ausencia de mi viejo.  Para nadie era un secreto, total, el loco Santa, desde que el pueblo tenía memoria, se la pasaba escapando de los cobradores.  Pero en esta ocasión se trataba del hampa, sus perseguidores, quienes luego de varias deudas sin pagar, lo obligaron a dejar el pueblo no sin antes cobrarse con las escrituras de las fincas cafeteras, nuestra única herencia, a cambio de respetar la vida de su mujer e hijos y obviamente, lo adeudado.  Esa era la razón, ¡la única! Por la cual le daba a la puerta con semejante saña, Benigno, el miserable cabrón. De encontrarse papá en la casa le partiría la madre en un dos por tres, así de sencillo, sin preguntas o disculpas, fíjate, así, ¡zas! Hasta el fin de mundo sin miramientos, un poco más lejos tal vez, hasta el centro de la tierra, eso es, eso mismo.

Aún y con todo, la TV me ayudaba a desaparecer del mundo durante unos cuantos minutos cuando las cosas se ponían difíciles.  Podía ser junto a Michael Knight y KITT en Knight Rider, o viajando a través el tiempo con una brújula como lo hacían Phineas Bogg y Jeffrey Jones en Voyagers.  Ahora bien, el problema, el verdadero problema con la ciencia ficción radica en que las personas y su incontable serie de bajezas continuarán allí afuera, asechándote sin cuartel: Benigno cobrando lo del mercado, Satanás regentando el banco que eventualmente rematará tu casa, y el viejo, tu pobre viejo, tan perdido como siempre en los abismos de la vida, continuará ausente, desaparecido sin importar lo que hagas.  Es cuestión de tiempo.  Eventualmente te agarrará por el cuello, el mundo real, tan crudo como siempre lo conociste.

Pero de cuando en cuando sucede algo inesperado, un milagro, un acto del Dios Chivo.  En mi caso sucedió de la siguiente manera.  Cuando Benigno se disponía a llamar a la policía para acelerar el pago del mercado, la voz de papá retumbó en la calle como un trueno: – ¡HEY, HEY, HEY! – De inmediato corrí a mi cuarto para dar parte desde la ventana.  Y a que no adivinas, era él, el loco Santa, llegado desde los confines del universo para partirle el culo al tullido.  El maldito miserable, debiste verlo, el “cara de tumor”, hacía lo posible con sus patitas deformes para escapar de mi papá, el Loco Santa, vengativo hasta la médula y temible cuando alguien lo humillaba, a él o a su familia.  Mamá lo escuchó también.  Ella y mis hermanas corrieron a la puerta cuando papá consideró la afrenta resuelta.  Yo continué en la ventana de mi cuarto viendo cómo lo abrazaban y besaban.  Quería ir con él, deseaba unirme a ellas, pero antes de poder hacer algo, cualquier cosa, se dirigió hasta su mesa de noche sin notarme siquiera.  Permaneció así un buen rato, esculcando el cajón, hasta que finalmente, miró en mi dirección.  No dijimos gran cosa.  De hecho, no dijimos nada.  Un ademán con la cabeza cuando mucho.  Listo.  Eso fue todo.  Salió de la casa para siempre.

Benigno resultó con una costilla fracturada, la cabeza rota y una fea cicatriz en la frente.  Quienes hablaban de su fealdad, los expertos, no tenían duda alguna en cuanto a los límites de la estética, rebasados por él desde siempre, pero debieron mirarlo dos veces, a su nuevo yo, antes de asegurar lo mismo:  “un aborto con personalidad”, fue el veredicto.  Así de feo quedó, puedo jurarlo, aunque a decir la verdad, nunca volví a verlo.  Ni a él o al loco Santa.