¿Por qué dejar de hacerlo en cualquier momento?

A mediados de los años 80, cuando la revolución del rock en español se tomó España y América Latina, Hombres G se las arregló para ser uno de los abanderados de este movimiento, cautivando a la juventud de habla hispana de alrededor del mundo y también a algunos más pequeños – como yo -, que admiraban a sus hermanos mayores y gustaban de las mismas bandas sólo por agradarlos.

Fue así como casi 20 años después de mi primer encuentro con las canciones del grupo español, me hallé emocionada en un pequeño teatro de Londres preparada para oír su música. Cuando sonaron los primeros acordes acompañando “Voy a pasármelo bien”, no pude evitar sonreír al ver al público que en general era mayor que yo, unos 10 años de más y quizá ya padres, cantando con una fuerza que afirmaba que en las dos siguientes horas de su vida iban a tener el mejor rato posible.

Mi sonrisa no se debía a la calidad del espectáculo, sino a que cuando miré a mi alrededor, en medio de la multitud, pude ver en muchos de los ojos, recuerdos. Los párpados muy abiertos, las pupilas dilatadas y los iris brillantes como si reflejaran las luces, contaban historias de amores adolescents y aventuras con amigos en donde la osadía y las risas eran el motor principal de acción.

Me transporté a un tiempo atrás y me encontré de ocho años viendo a mi hermana con mi prima o amigas oyendo a los Hombres G, compartiendo una tras otra anécdotas y varios secretos a los que muchas veces tuve negado el acceso por el fastidioso estatus de hermana menor. Ahora sé que la magia de esas tardes era más que historias y confidencias, era la vida que había; la misma que encontré recordada con melancolía anhelante en el público, el que también había viajado al pasado, reflejándolo en sus ojos.

Esa no fue la única vez en la que he visto esto, ha sucedido anteriormente dejándome la misma sensación. Sin embargo, en esta ocasión, el sentimiento no tuvo tiempo de escaparse ya que fue retenido en la misma semana por la mirada de un señor que, al hablar de los libros de la editorial Penguin de los años 70, se llenó de orgullo melancólico por la juventud pensante de la que hizo parte, la cual apreciaba el poder de tener un libro de precio accessible, lleno de ideas que los ayudarían a cambiar el mundo. – Una revolución -, la llamó él, mientras sentía en sus palabras y en sus gestos la misma emoción que el recuerdo le estaba generando.

Pensé que es triste crecer y dejar estas cosas atrás, sólo haciéndolas presentes con la memoria. Pensé que la compulsiva idealización actual de la juventud está malentendida: no es la piel rozagante y las ansias de libertad irresponsible lo que en realidad se añora; es la capacidad de VIVIR la vida, desde la más pequeña de sus manifestaciones.

Me pregunté: ¿por qué dejar de hacerlo en cualquier momento?