Elementos inherentes a la conducta humana

Por: Alba Casanovas

Michelle ha cambiado sus hábitos. Ahora, cuando llega de trabajar se sienta en el orejero de su salón. Lo reorienta hacia a las vistas que ofrece su ático, ha dejado de lado la televisión para leer un libro.

Desde hace un tiempo evita tener contacto directo con los medios de comunicación porque, como ella dice, las noticias que ofrecen son deprimentes. Michelle siempre se había aferrado al sensacionalismo mediático que reina en la comunicación para no entender las noticias que abren los telediarios, las portadas de los periódicos y los programas radiofónicos. El tiempo dedicado a catástrofes es escalofriante; lo piensa ella y es patente. Hasta hace bien poco podía cambiar el canal. En la actualidad, esta dinámica se ha extendido a todos los medios porque es la realidad de esta sociedad, y Michelle no puede hacer nada al respecto para evitarlo. Lo único que podría hacer, para no sentir inquietudes innecesarias, sería mirar hacia otro lado. En gran medida lo hace, pero no puede evitar sentir curiosidad por conocer y entender las bases del por qué de la destrucción de la humanidad.

La naturaleza sigue su curso. Chile, Haití y Groenlandia son sus últimas víctimas. El ser humano, con más o menos responsabilidad, ha sido y es un mero espectador y un perjudicado impotente. Agua, tierra, fuego y aire, y sus posibles combinaciones, pueden ser las causantes de la destrucción del planeta. Pero como lee ella en un ensayo desde su sillón, los cuatro elementos de la naturaleza pueden ser aplicables a la conducta humana y a su consecuente decadencia. Leerlo le es difícil, pasa las páginas lentamente, se entretiene con cada una de ellas e incluso subraya frases y tiene un diccionario en su mano derecha. El cansancio del día obstaculiza la labor, por lo que decide hacer ahora lo que acostumbra a hacer todas las mañanas, ir al mercado de Arnaud Bernard a comer un buen cruasán francés.

A su costumbre le ha añadido el llevar una libreta donde escribe sus sensaciones al observar a los ciudadanos de Toulouse en su día a día. Sentada en una terraza y mientras acompaña al cruasán con un zumo de naranja, ve cómo el egoísmo se palpa en el ambiente.  Se propaga a la velocidad del viento, llegando a todos los rincones de la ciudad. La esporádica escritora no profetiza con su pluma. Los individuos van por su cuenta, reina el individualismo y se mueven por el interés. La codicia arde por el interior de las personas, las corroe a favor de la búsqueda de una riqueza que es posible que nunca llegue. Y si llega, será tarde. La codicia es un fuego que quema todo lo que hay al alrededor de los individuos, creando un vacio interior y social imposible de reconducir. Es decir, una vanidad se apodera de la sociedad, se convierte en una característica inherente al ser humano, como el agua. El problema es que no se puede tomar más de lo necesario porque hay el riesgo de colapsar, de ahogarse.

En definitiva, Michelle anota en su libreta llena de tachones que muestran la desconfianza a escribir la verdad: que poner los pies en la tierra resulta difícil cuando ésta está rota y no resquebrajada. Los elementos se combinan de tal manera que una chispa enciende la hipocresía que reside en un rincón de todos los individuos. Hay un momento en que ya no se puede volver atrás, donde la sociedad ya no quiere sino que pide. El miedo a recuperar la verdad, que no sea como era cuando se abandonó, o el temor a no mentir provocan que la condición humana se pudra. Michelle, a diferencia de lo que ve, se niega a sumarse inconscientemente a esa corriente llena de indiferencia, que pide que se le distraiga para poderse dejar llevar y no volver atrás.

Michelle, desde el sillón de su casa, tanto en una dirección como en otra, ve cómo la realidad converge en un punto: tanto la naturaleza como la humanidad están llevando a la Tierra a su fin. Sin embargo, ella no se deja llevar por esa corriente de destrucción y guía su vida hacia la plenitud personal.