El ojo del mundo

Por: Julian Silva

Cuando Anath me mira su expresión, denota repugnancia y hastío.  Sé que no le agrado.  Se encuentra aquí, junto a mí, en este preciso lugar, porque no hay ningún otro sitio en el cañón del Chicamocha donde pueda beber lo que le dé la gana.

-  Anath, hoy es el día, ¡por fin nos llegó el turno!

No creo que me escuche.  Lleva tendido en la misma silla reclinable tres días seguidos.  Únicamente se levanta para soltarse detrás de algún árbol, no muy lejos de mí, tal vez demasiado cerca.

También yo he permanecido bebiendo y esperando a que el mundo se acuerde finalmente de nosotros.

-  Anath, el mundo, hombre, ¡el mundo!

-  ¿Qué pasa con el mundo?

-  ¡Pues qué va a ser! El mundo se acabó, finito, nada: ¡BUM!

Represento con mis manos la forma de un hongo apocalíptico como el de Hiroshima y Nagasaki, tú sabes, para darle más dramatismo a mis palabras.

Anath se levanta de la silla, estira las piernas y los brazos, tose, escupe, toma otro trago y vuelve a sentarse.  Me mira con sus ojos colorados, aspira y dice:

-  Ah, sí, la tierra, el fin del mundo, sí, nos jodimos, eso mismo.

Son las 9:30 AM.  No hay nadie más con nosotros.  Estamos absolutamente solos aquí, en el cañón del Chicamocha, en la finca de mis abuelos, ahogando los recuerdos con un poco de ron, vodka, tequila e incluso algo de éter.

-  Anath, ¿se acuerda de esa canción de Billy Joel? Usted sabe, la del bar y el piano y…

-  ¡Piano man!

-  Eso, eso: Piano man.

-  ¿Qué pasa con ella?

-  Nada.  Me gustaría escucharla antes de la ola, simplemente eso.

-  ¿Ah?

-  La ola, Anath, ¡la ola!

Anath no es el mismo de antes.  Al menos no desde que su mujer e hija, una pequeña de ojos rasgados y brillantes, murieran en el tsunami de Tokio tres meses atrás.  Pobre hombre.  Las primeras vacaciones fuera de Colombia y mira tú, se las vino a tragar nada menos que un tsunami.

-       Pude haber ido por ellas –me dice–.  Puede haber brincado al agua para intentar salvarlas.

-  Se habría ahogado.

-  ¿Y qué? ¿ah? Dígame, qué diferencia hay con lo que hacemos usted y yo aquí, a ver, ¡dígame!

Anath preferiría haber muerto con su familia.  De esa manera, no sentiría tanto dolor.

-  ¡Anath, Anath, llegará en cualquier momento, fíjese!

Indico en dirección norte donde las nubes engordan hasta casi reventar, negras, hinchadas, amenazadoras de muerte.  Son ellas las mensajeras del estruendo, lo sabemos ya, pasó antes, en Asia y Europa, luego en África y finalmente pasará aquí.  No es ningún secreto.

-  ¡Anath, Anath, la veo venir!

Me mira con una expresión de asco.  Se revuelca un rato en su puesto, abre de par en par sus ojos lagañosos y dice:

-  Pero a ver, ¿cuál es su emoción? O es que qué, ¿lo están esperando al final de un gran túnel? ¿Es eso? Su mujer, un puñado de familiares muertos y la mascota infantil, un perro llamado “Pegaso”, ¿ah? ¿Es eso? ¡Sí, claro! Pues espere sentado pendejo, espere con los ojos cerrados que ya se esforzarán en encontrarlo.

Mi chica y Anath pensaban de la misma manera.  Ella creía que después de esta vida no había nada.  Punto.  Fin.  Un gran vacío de nada.  Por eso me convenció, hace una semana, de montarnos en el jeep con varios litros de vodka, ron, brandy e incluso éter, para recibir el final de los tiempos totalmente desnudos y borrachos, con una sonrisa boba en los labios.

-  Si todo se acaba –me dijo ella– ¿qué más da? ¡Salgamos por la puerta grande con los pies mirando al frente!

Antes de responderle, lo recuerdo bien, pellizqué su mejilla y pensé “hombre, qué buen fin de semana pasaremos”.  Y fue ahí, justo en ese momento, cuando el cerdo aquél, el del camión rojo, nos dio de frente.  Apareció de la nada con las luces apagadas, moviéndose en zigzag, borracho tal vez, conduciendo a 150 kilómetros por hora en la carretera desierta para recibir su cuota de muerte con algo de privacidad, en la cima de alguna montaña, justo como mi chica y yo quisimos hacer.

Anath se levanta de la silla, estira las piernas, eructa, toma un brutal sorbo de vodka que lo deja momentáneamente ahogado y dice:

-  Hombre, Martín, gracias por los tragos, lo pasé muy bien.

Se sienta de nuevo, así, sin más, medio tonto, medio borracho, tranquilo como un caracol, mirando al frente, siempre hacia al frente.  No le presta atención a la ola.  Tampoco a mí.  Su mirada va mucho más allá, sabrá el Dios Chivo hacia dónde.  Sonríe para sí mismo, algo fugaz y tenue.  También yo sonrío sin saber por qué, y segundos antes de que todo acabe, cierro los ojos para deleitarme con el olor a tierra mojada que antecede a cualquier llovizna en cualquier lugar del mundo y a cualquier hora del día.