Editorial

Tener religión es como tener partido político o equipo de futbol. Es una elección y por lo tanto debemos respetarla, de la misma forma que respetamos al que no le gusta el futbol o no cree en los políticos.

Tener religión es una elección, un acto personal y privado que no debe afectar, bajo ningún pretexto, la visión que el mundo pueda tener  de nosotros y menos aun la capacidad de aceptación de todos los que nos rodean. Desde el principio de los tiempos los humanos hemos gastado la vida buscando una explicación a nuestro existir. ¿De dónde venimos? ¿Quién nos creó? Y muchas de las respuestas que hemos tratado de creer ciertas las hemos “evangelizado” con el único fin de darles más validez.

Al final somos nosotros quienes elegimos en que religión y/o creencia nos matriculamos, así lo hicieron los católicos, los cristianos, los musulmanes, los budistas, los ateos, los hindúes; ¡todos! Todas las religiones fueron creadas por el hombre en su afán de encontrarse a sí mismo. Luego muchos la heredamos y hasta el final del mundo lo seguiremos haciendo, le pasaremos nuestras creencias, cualquiera que ellas sean, a nuestros hijos y ellos harán lo mismo hasta que mueran.

Seguirán existiendo aquellos que se rebelan a la “doctrina que sus padres le inculcaron” y buscan en otros libros y otras gentes lo que no encontraron en el calor de su cuna. ¡Eso está bien! Es como cambiar de colegio o de universidad, de barrio o de amigos. Existen también aquellos que no creen en nada y no quieren creer. Esto no los hace menos ni peores.

Debemos entender, de una vez por todas, que la religión es una elección, un acto individual y privado que no debe afectar a quienes nos rodean. No pretendamos cambiarle la religión al mundo, hacerlo más creyente o más agnóstico. No, dejemos que el mundo viva en paz y que ponga sus problemas, su fe y sus pesares en manos de seres que no existen aunque les cambiemos el nombre y la historia donde nacen las fronteras; o que no las ponga en manos de nadie.

Respetemos, solo eso. Respetemos a los que creen y también a los que no creen. A quien ya eligió su Dios y a los que lo siguen buscando. A los que creen que nunca lo encontraran. A los que no les interesa encontrarlo. Como “hermanos que somos” debemos aprender a convivir con gente que piensa diferente.

Dejemos ya, de una vez por todas, de golpear la puerta del vecino para pedirle que crea en nuestro dios. Dejemos ya de repartir revistas que hagan mejores nuestras creencias, dejemos ya de controvertir la fe del mundo, dejemos ya de sentirnos más porque creemos en Dios o porque no creemos. Porque al final, a la hora de los fanatismos, religiosos y agnósticos son igual de fastidiosos. Tal vez más los segundos que los primeros; y va a ser así hasta que encuentren el colegio de su elección y se matriculen, como los hijos de Dios en las iglesias.

Somos seres únicos e individuales; así nos hizo el creador o así evolucionamos. De esta forma nacimos y de esta forma nos morimos: diferentes. Respeto señores, solo eso. Respeto.