Don Benjamín tuvo profundas dudas

Por: Armin Sattler

Don Benjamín cayó dormido y el Monstruo de Espagueti Volador le reveló: agua, agua bendita. Agua santificada. Cuando empezó a brotar espontáneamente de la pileta que quedaba al fondo de aquella iglesia, los pobladores del pueblo de aquel país remoto gritaron: ¡milagro!, y atestaron las tres naves del templo, la plaza y las calles. Pronto llegaron los periodistas de la capital y el asunto pasó a las noticias. Enterado, el señor arzobispo primado se pronunció con cautela: “El Vaticano dirá”,  opinó con voz de travesti.  En Roma, el señor Papa puso mala cara: “Descarte cualquier explicación científica”, bufó al cardenal al que encomendó la seria investigación. Cuando el purpurado, luego de largo viaje, finalmente se abrió paso entre los peregrinos, el agua seguía fluyendo. ¡Milagro!, juzgó. Y el prodigio, con esto,  fue oficial.

El señor Papa, enterado por teléfono, gruñó: “Fluye porque nuestra religión es la vera religión”. Inmediatamente, los señores jerarcas de las demás religiones supieron cómo salir al mal paso: “Si fluye, fluye por obra de algún demonio” opinaron casi en coro. Y el señor arzobispo primado del país del prodigio se sintió muy ofendido. Alzándose la falda, corrió hasta el vecino palacio de gobierno y le susurró al presidente algo al oído. Éste convocó a una rueda de prensa de carácter urgente: “Sean varones y no nieguen tan vera verdad”, e invitó en vivo y en directo a los señores jerarcas escépticos. La reacción de éstos no se hizo esperar. Arreglándose los tocados, echándose las togas al hombro o jugando con sus trenzas, pegaron sendos carrerones hasta el lugar donde se encontraban los líderes de gobierno más próximos. Susurro fue, susurro vino. Y los líderes mundiales decidieron convocar una conferencia mundial para que el mundo decidiera si el agua manaba por obra de la suprema verdad o por obra del oscuro mal.

El señor Papa y los demás señores jerarcas acudieron a la cita. Por supuesto también los jefes de estado, en compañía de sus engolados generales. Hasta el señor arzobispo primado asistió a las sesiones. Se conferenció con intensidad. Al estrado subieron laicos y religiosos, intentando convencerse mutuamente de sus puntos de vista. Más de uno quedó ronco. Y los medios globales pronto informaron del surgimiento de dos bandos enfrentados. En un ejercicio de ecuanimidad periodística a uno le llamaron bando de los “justos” y al otro el de los “malvados”, sin precisar nunca quiénes se pertenecían  a uno y al otro lado. Y el agua de la pila -bendita o maldita- de la iglesia del pueblo del país remoto, entre tanto, siguió fluyendo.

Los hechos pronto tomaron otro cariz. Los señores jerarcas dejaron de arengar  y poco se les vio en el salón azul donde sesionaba la conferencia mundial. Sólo los muy atentos lograban oír el retintín de sus joyas o el frufrú de sus vestidos cuando se movían por los pasillos más escondidos del edificio. Y sólo aquellos que eran más atentos que los más atentos pudieron oír el retintín y el frufrú mezclarse con otros sonidos: ruidos de sables y alfanjes y de dagas y de cimitarras y de catanas. Por eso fue una sorpresa para muchos cuando cientos de generales aparecieron en otros tantos medios de comunicación: “Dios está con nosotros, no con ellos” dijeron en un precipitado cánon y, acto seguido, declararon la guerra total a favor y en contra de la autenticidad del milagro del agua que no paraba de manar en un país lejano.

La guerra es cruel. La guerra es terrible. Pero si la guerra es santa, es santa. El señor Papa sonrió por primera vez. Los señores jerarcas se frotaron las manos. Los jefes de estado se remangaron. El señor arzobispo primado se alzó la falda hasta la cintura. Todos convocaron a sus feligreses y ciudadanos: “Duro con los del otro bando, para que reconozcan cuál es la vera verísima verdad”, arengaron por la radio y la televisión, por twitter también. Allá fueron feligreses y ciudadanos. Sin verduguillos, machetes o bracamantes. Con kalashnikovs, comanches y eurofighters. Partieron cantando, hombres y mujeres, a defender las fronteras de la fe, aunque al principio no supieron dónde quedaba eso.

Siete días con sus noches se enfrentaron por el agua bendita. Los bandos, que eran dos, rápidamente se dividieron en dos más y estos dos en otros dos, y así dos veces veintidós. Cuando la situación se tornó confusa, los jefes de estado sobrevivientes quisieron establecer alianzas, pero ya era muy tarde. La guerra -crudelísima, terrídibile- había pasado la cuenta: el señor Papa colgaba de la columna trajana seriamente muerto, y la mayoría de generales y jerarcas compartían la vida de ultratumba en un paraíso dividido por secciones. Ni hablar de feligreses y ciudadanos. Ni del Cardenal investigador. Ni del señor Arzobispo primado. Ni de las ciudades, ni de los mares, ni de los bosques.

¿Fue el fin de todo? -le preguntó Don Benjamín al Monstruo de Espagueti Volador.

Quedó en pie un solo pueblo, con su plaza, sus calles y su iglesia con una pila que manaba agua bendita. El único sobreviviente fue el plomero, quien finalmente recordó que tenía que reparar un tubo roto.